Omar Garzón Pinto

OmarGarzonPinto2016C(Bogotá, Colombia, 1990). Sus poemas han sido publicados en antologías, periódicos y revistas especializadas de España, Guinea Ecuatorial y varios países de Latinoamérica. Entre los años 2008 y 2016 trabajó como profesor de Geografía, Historia y Literatura, principalmente, en varias instituciones educativas de Bogotá, y como tallerista literario, promotor y difusor cultural de varios colectivos artísticos y fundaciones de la misma ciudad. Autor de los libros de poesía Faro desnudo (Liga Latinoamericana de Artistas, Bogotá, 2011), Flores para un ocaso (Liga Latinoamericana de Artistas, Bogotá, 2013) y Un poeta es un satélite en constante caída (Senderos Editores, Bogotá, 2015). Dirige el blog farodesnudo.blogspot.com
 
 
 

POEMAS DE OMAR GARZÓN PINTO

 
 
 
Dylan Thomas en la otra mesa
 
Esconde el hombre en su sombra muchos nombres.
Se pierde en la niebla, la anda, se esfuma, pero siempre vuelve.
Caben en sus brazos todas las sombras, incluso las de ayer.
Conocen sus manos el resguardo intangible de la Luna.
Señala de memoria cada gota que se oculta en el rocío.
No se inmuta cuando escucha atento el secreto de la lluvia
hasta que sonríe y con los brazos abiertos la recibe.
Esconde el hombre en su sombra muchos nombres.
En la noche atiende un canto de borrachos en la calle
lo pinta con un baile de dedos plagados en la mesa
y siete copas de algún elixir le salen al encuentro. Ríe.
Se pierde en la niebla, la anda, se esfuma, pero siempre vuelve.
La hoja entre el suelo y la planta de sus pies es la música.
De todos los mundos posibles, optó por sus mismos labios.
De todos los mundos visibles, escogió su propia ausencia.
Caben en sus brazos todas las sombras, incluso las de ayer
y su puerta más oscura es la que más luz le proporciona.
Escogió el poeta el silencio a manera de profundo grito.
 
 
 
Roque Dalton «Gar-CIA»
 
Tengo un país que me nace en cada herida,
/que me duele en todo el cuerpo.
Miro al cielo y lo reconozco en mis ojos.
Un país que un día me abandonó
pero que me acompaña en cada paso.
Su recuerdo se hace cicatriz sobre mi piel.
¿Lo podías sentir, amor, lo podías tocar
/cuando rosabas mis labios con tus dedos?
No, no podías. Te pasaba lo mismo que a mí:
Estiro mis brazos, le llamo, pero él se va.
Es su soledad la que me pesa.
Tengo un país que me duele en todo el cuerpo
un país que después de golpearme varias veces
hoy por fin me mata.
 
 
 
Juana María y su arenga en el Tiempo
 
La única certeza que poseo es que mi cuerpo también es sal
y como sal tendrá que deshacerse algún día en el silencio.
Mi piel será la ausencia, mi hueso el rumor de la sangre que se seca.
Mi palabra: Polvo de Luna que fragmenta balas
el paso del viento entre las ramas.

A Delfina Góchez Fernández, in memoriam

 
 
 
El fuego da la consistencia
 
Hubo un tiempo en que todo era sombra, yo también lo era.
Ella dijo mi nombre.
Fui palabra nueva, cuerpo deseado.
Hubo días en que todo era adverbio sustancial
/hasta que llegó también el adjetivo.
Los días acabaron y llegaron las desoladas noches
la profunda tristeza, la efímera risa, el silencio constante…
Hay momentos en que soy la palabra no dicha
como este poema exiliado que el mundo no oyó
como ese punto final que me niego a poner
y que tal vez muchos marchantes pongan por mí
algunos lustros arriba.
Habrá tardes en que mi nombre será la palabra
/que brota del prado
cuando la sombra del árbol sin hojas domine
sobre el camino que esconde la huella de la niña sangrante…
De cualquier forma, en cualquier boca, por cualquier medio
como sonido profundo que se llevan los vientos
o símbolo tallado que se oxida en la arena, eso soy:
La clave cifrada que unos pocos entienden
la placa de mármol tallada en las lenguas
que el mundo no escucha
Eso soy: El jarrón agrietado que se humedeció
/con el llanto y se forjó entre las bombas
la palabra que descubre las ruinas y que perdura
/en el ocaso del tiempo
las olas del mar como voces forjadas susurrando
/tu nombre a los hijos del viento.
Eso soy: La patria milenaria que todas las noches agoniza
/que todas las mañanas se levanta.

A Mahmud Darwish

 
 
 
Más grande que el río es el hombre
 
Sí, lo sé. Llegará el momento en que mi voz no tenga asidero.
Mis dedos flotarán a la deriva desnudando a los náufragos
y mis huesos tratarán de hacerse luz de Luna entre los ríos.
Faltará mi cuerpo, faltará mi sombra en el paso de las horas
pero mis palabras ya sin carne, sin angustias, prevalecerán.

A Javier Heraud

 
 
 
Un poeta es un satélite en constante caída
 
Sé que caeré y también sé que mi cuerpo
se convertirá en ausencia derrotada.
Aun así, estoy tirado en el suelo
intentando unas líneas victoriosas que se unirán
al reclamo irremediable de una muchedumbre
en una plaza.
 
Habré ganado entonces
porque caí como cualquiera
pero nunca me callé
nunca habitó silencio en mí
menos hoy que como última victoria
le grito tu nombre
a las paredes agujereadas
y mucho menos hoy que como última conquista humedezco
mi agitado pecho
con el rojo de tus labios y mi garganta
con el invisible néctar de tu lengua.
 
Mueren dos veces aquellos que no dicen nada
al momento de su siembra
y aquellos que no pudieron caer boca arriba
para encontrarse con tu rostro
antes que el frío
 
abrazo de la muerte en la espalda.

A Leonel Rugama

 
 
 
El reflejo de Ian Curtis
 
Vino de la eterna noche de Mánchester.
Un día, caminando por la calle
se encontró con que el mundo cabía
en un charco al lado de la acera
y que su alma excedía los bordes de su sombra.
Tomó una piedra, la arrojó al charco
y se quedó quieto observando
el efecto del agua en su cabeza.
Retrocedió dos pasos hasta que su sombra
se encontró con el dominio de la noche:
El eco de la piedra contra el charco
aún retumba en mis oídos.
El agua no ha dejado de moverse.
 
 
 
Carta de amor a Cuscatlán
 
País mío: Si algún día te acuerdas de mí
te espero en el verso que no fue escrito
en ese que se oculta en los dedos que no te señalan
en el que susurré a tus oídos y que el viento conoce
en ese que escribe la arena en la playa y que las olas se llevan
en ese que recitamos un día y que se oculta en la lluvia tardía.
Te espero, país mío, mi hijo
en el poema donde me nombras
en el exilio.

A la memoria de Mauricio Vallejo

 
 
 
Confesiones en enero
 
1.
(cosovei)
¿Acaso se puede escribir un solo verso sin la agonizante
pero nunca faltante esperanza de verse reflejado en el poema?
 
14.
(gelman)
Cada palabra que decimos nos desnuda.
Cada palabra que nos nace nos rescata de la muerte.
 
23.
(fonz)
Mírame, poeta: aquí cuelga la estrella viajera
que encontró la refrescante sombra en la aridez del desierto.
 
26.
(pacheco)
Se tiene la lucha, se tiene el desierto, se tiene la incertidumbre. En fin, el mundo.
Es necesario el oasis: Si no hay versos, no podremos dar un paso más.
 
28.
(loo)
Todo poeta es una promesa mientras vive.
El camino se encargará de decirnos qué tan falsa era cada promesa.
 
 
 
Vengo del silencio de las hojas, de la ausencia de los ríos, del lugar olvidado por los hombres donde sólo habita la sombra de los árboles. Vengo de la estancia donde el zumbido de las ramas es nuestra memoria, nuestro ruego a la Luna. Vengo de la más profunda entraña de esa tierra que se traga los habitantes a su paso: No hay tiempo para llorar en el campo cuando la única arma es el arado.
Crecimos con las plantas y la higuera no da frutos. Nuestros nombres están escritos en los peñascos y nadie nos recuerda. La lluvia, que nos arrulló tantas veces, no da testimonio de nosotros, ni siquiera una gota de rocío se posa en nuestra huella. La única esperanza es arar, arar, arar una tierra que no nos merece.
Vengo del lugar donde las manos son el testimonio de la vida: Gramo a gramo las cosechas dieron forma a nuestra piel y las aves son la voz de los que partieron volando entre bramidos.
Recuerdo a la abuela diciéndome: «Esas son las lágrimas de Dios cuando caen al suelo». Tengo pocos años y menos heridas que las que tenía papá cuando lo enterramos, pero sé muy bien que las lágrimas no son destellos de fuego entre cortinas de noches y cenizas y cuerpos al viento. Las lágrimas de Dios no pueden ser ese mismo vacío que son las nuestras.
 
Vengo del silencio de las hojas, de la ausencia de los ríos. No sé para donde voy. Antes de ir al cielo, mamá me dijo cuándo pasar el semáforo cuando estuviera solo, pero no recuerdo cómo hacerlo.
 
 
 
Camino para el olvido
 
Que venga la muerte
y toque la puerta
Que venga en la tarde
en la noche en el día
no importa estaremos
bañando las flores
preparando café
durmiendo a los niños
Que venga y pregunte
el día de la siega
el nombre del pueblo
de los campesinos
y pase revista
en el parque central
Que venga y se burle
de éstos nuestros miedos
Que nos forme a todos
uno junto al otro
apuntando nuestras
frentes nuestro pecho
nuestro pie embarrado
Que venga y nos pegue
que todos pondremos
esta otra mejilla.
 
Que venga la muerte
y nos rasgue la piel
nos quite los dedos
nos cierre los ojos
nos rompa los dientes
nos bote a la brisa
y nos abandone
en esta intemperie
en donde los buitres
nos abran los poros
nos chupen la sangre
nos quiebren los huesos
nos piquen las sienes
mientras nos tragamos
la lengua tratando
de no sentir nada
y de no esculpir más
sonrisas oscuras
en nuestros fríos párpados
 
Que venga sin afán
que venga silente
y como una fiera
nos ponga en su boca
con sus garras de hiel
y cave profundo
cubriendo nuestra voz
hasta que no seamos
más que un vago sueño
más que un gris murmullo
una hoja seca en el
camino olvidado
una plasta verde
de mierda asoleada
 
Que venga sin temor
que nuestra venganza
nuestro grito ardiente y
nuestra espada serán
estas letras tenues
de hambre exiliada
estas simples líneas
de errante cansado
líneas que de pronto
ningún hombre leerá.

A las víctimas de la masacre de El Salado

 
 
 
Hay caminos
 
Hay caminos, caminos de herradura,
caminos de semilla, caminos florecidos,
caminos de la siega, caminos de lluvia,
caminos de alegría, caminos escondidos,
caminos iluminados por la Luna,
caminos asaltados por ocultas fieras,
caminos húmedos de llanto,
caminos cubiertos por locura,
por sonrisas –sólo a veces por sonrisas–
muy cortas, fugaces…
Hay caminos de flores muertas
y hombres que penden de sus hojas;
Caminos techados por ramas que se tejen en el cielo;
Caminos soñados con escaleras a las nubes,
caminos dibujados por abuelos taciturnos que aún caminan;
Caminos que duelen en los dedos de los pies
y pululan en el rostro, en las manos,
en la cabeza que voltea, en el pelo, en la ropa
que sin causa y sin remedio
suda y suda entre pasos que pintan piedras
de rojo, de llanto y de lengua seca…
Hay caminos de jadeos como abismos,
caminos de incertidumbre,
caminos sin resguardo,
caminos que parecen iguales –cada uno esconde
tras de sí su único misterio–;
Caminos de selva, de cólera y malaria;
caminos sin espejo, ni siquiera aguas cristalinas
ni turbios riachuelos que destiñan nuestros rostros.
Caminos con piedras milenarias.
Caminos con cometas ocultos en la tierra,
caminos para escoger a la hora de la huida,
caminos con paisajes desolados,
caminos de abrazos, de saludos
y palmadas en la espalda
cuando pesan nuestros huesos, nuestras ira
y nuestra casa en estos hombros.
Caminos de fantasmas que nadie mira.
Caminos de huellas borradas por la lluvia
porque ni siquiera se acercaron los hombres a taparlas.
Caminos de voces, de murmullos
y rumores lejanos sobre hombres de ojos blancos
que caen como sombras en la lejanía.
Voces de llamados que viajan con nosotros,
que se aferran a los troncos y gritan
al paso de las caravanas de los mercaderes
que no escuchan porque sus monedas, sus monedas…
Caminos de cartuchos, de sierra y de segueta
levantadas al alba, descargadas en los cuerpos
junto a los lechos fríos que no verán esta noche
el brazo, ni la pierna, ni el sexo descubierto,
ni el rostro deforme de sus dueños.
No escucharán el canto de los gallos
una vez más de madrugada;
El Sol ya no será el milagro de sus vidas
y sólo el prado les servirá de vestido.
 
Hay caminos de seres que respiran otra niebla,
caminos cegados por hollín,
caminos tan oscuros, tan grises y calientes
como si el infierno nos hubiera alcanzado
en este lugar en donde no somos noticia,
ni siquiera susurro o sombra de mañana…
Caminos, miles de caminos.
Todos nos ofrecen la esperanza,
la única esperanza,
la triste esperanza de seguir andando
sin importar que todos ellos nos lleven
al mismo punto: ser los testigos de nuestra ceniza
que se sienta sobre el suelo despojado;
Ceniza que todos pisan, que nadie ve
y, sin embargo, seguimos andando muy despacio,
como cavando nuestra tumba.
 
 
 

Yo no hablo de venganzas ni perdones,
el olvido es la única venganza y el único perdón.

Jorge Luis Borges

Ellos eligieron ser la grieta del violín,
la pluma que cae de un gorrión en pleno vuelo,
la sombra que vino de ninguna parte y a ninguna parte fue.
Cayeron aquellas moscas que se posaban sobre los cuerpos
creyendo que construían un imperio para siempre.
 
Yo elegí ser el verso que se pasea con la brisa,
ese que no dice sus nombres,
ese que no los entierra porque nunca supo de ellos
y hace polvo cada uno de sus pasos con un poema;
Yo elegí ser ese:
El que no describe ni siquiera el más pequeño de sus dedos,
el que con estas líneas los olvida.

A la memoria del poeta Julio Daniel Chaparro

 
 
 
Uno se encuentra la muerte en una taza de café,
en el afán del cielo por caerse a centelladas,
en el encuentro sorpresivo de un avión con un pájaro volando,
en los movimientos tempestivos de la tierra cuando uno menos se lo espera,
en la lectura de tratados filosóficos que demuestran lo imbéciles que somos,
en los gobiernos corruptos que se sacan el dinero del seguro
/contra las enfermedades más absurdas
y en los chicos que se sacan el sexito para jugar con las chicas
/al papá y a la mamá y entonces el sida.
Uno se encuentra la muerte en el ojo de una aguja,
en la picadura de una abeja, también en la de un águila
/y más si es un águila negra;
En la puerta de un hospital, y más si uno es pobre y el hospital es del Estado;
En los ojos de un psicópata con insomnio;
En las variantes del azar sobre el amor y el desamor;
En un libro de Shakespeare, en una espina de pescado.
Uno, que solo es un parroquiano de este bar,
un simple transeúnte delirante, artista, obrero, ama de casa, estudiante,
se encuentra la muerte en cualquier parte.
Y se muere uno y qué se saca: El que fue poeta, a lo sumo y con algo de suerte,
una tumba decente, unas vísceras ruinosas, una fama de bicho raro
o el nombre en algún colegio si se fue amigo de un presidente.
O, por bien que le vaya, un verso memorable que lo resucitará de vez en cuando
en boca de algún lector desprevenido que no estaba buscando,
precisamente, un poema que lo trajera a uno de nuevo a la vida.
 
 
 
Lo que me salva es la noche lenta donde nace el verso
 
Aquí estoy de nuevo, aferrado a este árbol que nace entre raíces de cal; a este que detenta en cada hoja la pupila de mis ojos; a este que da nacimiento a mi canto entre vientos de la noche. Aquí estoy, con el rostro en las rodillas, pensando en otra ruta, buscando otra salida.
Aún deseo escribir: Observo la figura de los astros con un hilo de preguntas en cada pestaña; trato de esculpir la inmensidad del universo con algunas líneas; dibujo el mensaje de las nubes con unos pocos versos. Apenas, si puedo, me pongo de pie y saludo desde este tronco a una migración de aves, pero no puedo mentirme, no puedo engañarme –me digo ahora que amanece–:
Alguien que da vida a un árbol, que acaricia cada uno de sus frutos y encuentra refugio al abrigo de su sombra, no puede colgarse de sus ramas.

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