Víctor Gaviria

Víctor GaviriaVíctor Gaviria (Medellín, Colombia, 1955). Director de cine, guionista, escritor, poeta. Homenajeado por el XXIII Festival Internacional de Poesía de Bogotá. Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus 1978 y Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia por La luna y la ducha fría. En 2009 fue homenajeado en el Festival de Cine de Guadalajara por su trayectoria y su aporte al cine colombiano y latinoamericano. Obra literaria: Con los que viajo, sueño (poesía, 1978), La luna y la ducha fría (poesía, 1979), El campo al fin de cuentas no es tan verde (crónica, 1983), El pulso del cartógrafo (antología, 1986), Lo que digo se refleja en el agua (poesía, 1987), El pelaíto que no duró nada (crónica, 1992), El rey de los espantos (poesía, 1992), Los días del olvidadizo (poesía, 1998), La mañana del tiempo (poesía, 2003). Largometrajes: Rodrigo D: No futuro (1990, premio guion de Focine, selección oficial del Festival de Cannes), La vendedora de rosas (1998, selección oficial del Festival de Cannes), Sumas y restas (2004), La mujer del animal (2015). Cortometrajes y documentales: Buscando tréboles (1979), La lupa del fin del mundo (1980), Sueño sobre un mantel vacío (1981), El vagón rojo (1982), Los habitantes de la noche (Premio Focine 1983, 1985), Primavera sobre José Asunción Silva (1983), La vieja guardia (1984), Que pase el aserrador (1985), El tren de las niñas (1985), Los músicos (1986), Historias de Aranjuez (1990), Los polizones de la nueva colonia (1991, Premio Simón Bolívar de Periodismo), Simón el Mago (1992).

 

 

POEMAS DE VÍCTOR GAVIRIA

A ustedes llamo e invoco,
corrientes de vida :
no me olviden en las curvas y meandros de sus rutas secretas,
yo, que las he visto tendido aquí en el puente,
mirando más allá de los árboles que parecen de Navidad por el
cielo de estrellas que brilla entre las hojas.
Corrientes de vida, no me olviden,
corrientes de estrellas, Vía Láctea, corrientes
de viento, corrientes de olor,
corrientes de hojas escupidas de pronto por el día caliente,
corrientes de hormigas, corrientes de musgo y líquenes
sobre las rocas,
corrientes de pensamiento, que me acercan y me alejan
de mis amores, corrientes y remolinos del río Cauca,
no me olviden,
llévenme y tráiganme como un traje prestado
que la brisa hace sensual y hermoso.
Escóndanme, días necios, escóndanme, días perdidos,
escóndanme como a monedas viejas, como a fotos de aniversario
o de infancia.
Escóndanme para que la oscuridad me enseñe
qué amor puede tener una llave escondida por una puerta
cualquiera.
Cúbranme con algo tan espeso como la tierra,
cúbranme de sueño y alejamiento, escóndanme
como al cuerpo de una desgracia, guárdenme
de este tiempo inútil que no aprovecho,
esperen que crezca mi corazón y que las sombras
le enseñen la fuerza y la humedad de la luz,
el paraíso indecible de estos días.
Terminar con este sueño de estar falsamente despierto,
de caminar dormido,
desperdiciando el tiempo fugaz.
Conocer la última rama de la familia,
para pronunciar sus nombres como si se tratara de gentes
de otro país,
y estar bajo su techo como bajo un hermoso sombrero
de tierra.
Revolotear como una enamorada
mariposa ciega,
alrededor de una persona,
cualquiera sea ella,
pues toda persona es una lámpara poderosa
que llena las paredes de imágenes,
Y ver al fondo del hueco
un tesoro,
monedas, algunas balas, cabellos
de recuerdo,
en la penumbra del sótano de una vieja casona,
cosas que hagan volar
el pensamiento…
Y la presencia del cráneo misterioso.
Y al final pediría un poco de magia
para atravesar una delgada pared,
el tabique de cartón que me esconde la imagen
de algún desconocido
a quien necesito conocer…
A ustedes pensamientos, agradezco
que no me hayan traicionado,
y que se hayan escondido tan hondo
detrás de mi cara,
que yo haya estado con tanta gente
en las fiestas y en la reuniones de trabajo,
y ustedes hayan permanecido silenciosos,
sin hacer huír a nadie de mí,
y no hayan hecho ruido involuntario como
lo hacen algunos vasos o sillas que se caen
de extraña inquietud…

A ustedes, pensamientos, agradezco
haber esperado tanto tiempo en la última pieza honda
de mi vida,
sobre todo porque han hecho que me algunos me amen
por escucharlos sin decirles nada,
por estar ahí como una compañía
que tanto necesitan las cosas,
por estar ahí en las largas noches
en que no éramos nadie,
y el viento nos barría…

 

 

Otra infancia

Las calles como brazos de un magnífico prestidigitador
de hermosos dedos y mangas relucientes
El niño caminando el mapa de este barrio
con una atmósfera tan pura
como la del más remoto lugar
Extrañado y amigo
de otros niños y del seco
olor de prados que a nada compromete
Vuelvo a salir con mi hermano
una fiesta tranquila es todo esto
y en este aire florece el más tímido gesto
Salimos el alma misma a pasear
para mi hermano y yo ( reímos)
los arbustos de esta calle las palabras
que decimos y las horas son nuestro padre
Nuestro queridísimo padre es la hierba
y el bello muro
olvidado y todo esto

 

 

Yo que soy un hombre frágil

Yo que soy un hombre frágil de niño
tuve años buenos
me sentaba en el quicio de la casa y veía pasar la gente
con una fuerza terrible veía pasar la gente
y me enamoraba de las ventanas encendidas en los edificios cercanos
Había sitio para todos
Nada era mejor que otra cosa Esa es la infancia
que como un hombre religioso cada uno debe esforzarse por traer
Como un sastre que es mago y poeta a la vez
cada cual debe pulir ese traje que se llama paraíso

 

 

Días de Navidad

Qué difícil para el que
todo el año
se la pasó sin tiempo http://remoandaluz.es/servicio-medico/sin-receta-viagra extra,
y se ejercitó una y otra vez
en llamar a aquellos que necesitaba,
sólo a ellos,
para pedirles un favor o pedirles
algunos pesos, o para citarlos
a reuniones urgentes,
o preguntarles una dirección o el número
de un teléfono…
Qué difícil para el que todo el año utilizó
sus largos doces meses para
indicar o dar instrucciones, citar
y convocar a reuniones
de trabajo,
y marcó teléfonos interesadamente,
o a veces con necesidades verdaderas…
Qué hará ahora en estos días de navidad,
en estos días de diciembre azules y brisados,
dónde hallará las palabras y los gestos,
dónde improvisará los abrazos y las frases
que no llevan a ninguna parte,
las llamadas sin objeto, sólo para hacer
sonar el tiempo
de fin de año,
que es un teléfono sonoro de hojas y brisas de
montes!…
Por favor, viento, pino y
abejitas de los matorrales,
ayúdale a llamar por su nombre
a alguna persona, así, sin objeto,
como suena una campanita de balcón
en este verano de fin de año..!

 

 

Año nuevo

Como cualquier adulto, no recibió regalos
del niño Dios,
y atravesó los días de diciembre lejos de las vitrinas,
lejos del ruido,
concentrado en sí mismo como en cualquier otro mes
del año, julio o septiembre, bajo los dedos
de la brisa que no sabe de comienzos
ni finales,
hasta que la noche del treinta y uno,
bajo el sombrero antiguo y estrellado del cielo,
recibió el globo dorado de una idea que había buscado
inútilmente en los días pasados… Fue repentina
como un pestañeo,
como cuando se abren y se cierran los ojos por el estallido
de la pólvora que te dice: “aprovecha: cambia de vida!”…
Y al cruzar la frontera del año,
la idea se hizo
valiosa como un secreto,
como una luz lejana que proyecta sombras
de cosas que no vemos..!
He oído la noticia de que la carretera
hacia el pueblo de mi padre, Liborina, será
asfaltada en el próximo año:
fue para mí como si se me borraran de golpe
todas las letras y todas las palabras
que mi padre me dicta
a través del polvo blanco que levantan los autos
al pasar,
como si nunca más mi padre me volviera a escribir
sus cartas del pasado,
en las páginas que sólo yo entiendo,
en donde dan altas voces de alegría y secreto
las clavellinas y los pastos del verano,
en donde yo duermo y muero muchos días antes
de morir…

 

 

Memoria de los muertos

Me enteré de que los muertos olvidan muy rápido a los vivos.
Una vez muertos, piensan muy poco en ellos, no gritan,
no se tiran al suelo desmayados por el dolor de la separación,
ni los enceguece la pena de no volverse a ver.
¡Qué poca falta les hacen los vivos! Se olvidan de ellos,
como si estuvieran enfermos de ingratitud
o no recordarán nada, o no les importara haber estado vivos,
como nos importa a nosotros,
que somos los novios de los días fugaces.
Sólo algunos de ellos, muy pocos,
se demoran en darse cuenta de que están muertos, y vuelven
a la casa, a la cama, a la ropa
inolvidable del cuerpo,
y siguen conversando con las mujeres vivas más hermosas:
qué espigadas están de pie, qué fuerza las impulsa hacia arriba,
ninguna belleza del agua o del aire
se parece a sus gestos de estar sentadas
con la barbilla en la mano abandonada.
Sin darse cuenta
espantan a los vivos, los rodean de fantasmas
que entran hasta el fondo del pensamiento.
Entre tanto los demás muertos no tienen nostalgias
ni embellecen sus años de vivos,
no sienten haber perdido nada valioso hasta las lágrimas,
viaje que alguien hace dormido
en un bus durante la noche.
Cuando un vivo piensa en ellos sin cesar,
por remordimiento o por amor,
ellos lo miran simplemente,
sin sentimiento ni intención,
y le hablan en sueños: pero cuando dicen “sí”
en el sueño se traduce como “no”, y cuando dicen “bailar”
se nos aparece como quietud, y todo es tan al revés
que nadie entiende nada, y entre los vivos y los muertos
hay una pared gruesa de tierra olorosa
que distorsiona todo: gritos de ayuda por gemidos de amor,
susurros por golpes de piedra.
Sólo el dolor de los vivos llama su atención,
dolor incierto que no enseña nada, dolor
que no abre ningún camino. ¡Que oscuro es para ellos
el mundo de los vivos, qué negros los paisajes!

 

 

Parábola de los dos hermanos

Había una vez dos hermanos que negociaban
con ganado robado, vaya a saber sus razones.
Descontento de cuentas, el menor se peleó
con su hermano mayor,
y contrató unos hombres para que lo mataran.
Un niño, como siempre, fue testigo del crimen,
y los hombres fueron descubiertos.
El hermano menor huyó de su casa,
los asesinos de su hermano huyeron también, rastreando su pista,
hasta hallarlo en otra vereda cercana, tan mísera
y tan próspera como la anterior.
Pidieron plata por su silencio,
él les envió dinero en un sobre. La lengua
les picaba y les daba vuelta en la boca
por decir el hecho escandaloso,
entonces el hermano menor contrató a otros hombres
para que mataran a los primeros hombres.
Los asesinos fueron a su vez asesinados,
sorprendidos por los segundos hombres cuando menos
lo esperaban.
El hermano menor descansó aliviado,
pero los segundos asesinos eran todavía más pobres
y más despiadados,
y pidieron dinero por su doble silencio.
Entonces el hermano buscó entre la gente
a otros hombres peores,
habló de paso con ellos,
pero los segundos hombres desconfiaron a tiempo
y lo mataron frente a su casa,
la que era apenas su casa transitoria,
y fue hallado su cuerpo entre el rastrojo,
frío y tieso como un palo.
Los segundos hombres se dispersaron en el acto
y se disolvieron entre la gente.
Los terceros hombres son cualquiera, nosotros,
los justos,
todavía más pobres y más despiadados.

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