El legado poético de José Emilio Pacheco en Iberoamérica

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JoseEmilioPacheco-C(Ciudad de México, 1939-2014). Considerado uno de los poetas fundamentales del siglo xx, su obra se caracteriza por la depuración extrema de elementos ornamentales y por su comprensión y enaltecimiento de la condición humana a través de la poesía. Entre sus libros de poemas destacan: Los elementos de la noche (1963), No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Irás y no volverás (1973), Los trabajos del mar (1984), Miro la tierra (1986), Ciudad de la memoria (1989), Siglo pasado (2000) y Como la lluvia (2009). Entre los galardones que se le otorgaron se cuentan: Premio José Asunción Silva (1996), Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y ensayo (2003), Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2004), Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2005), Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009) y el Premio Miguel de Cervantes (2009). Las IX Jornadas Universitarias de Poesía Ciudad de Bogotá hacen parte del creciente reconocimiento al legado de su poesía.

POEMAS DE JOSÉ EMILIO PACHECO

 

De algún tiempo a esta parte

What can I hold you with?

Jorge Luis Borges «Two English Poems»

5

De algún tiempo a esta parte las cosas tienen para ti el sabor acre de lo que muere y de lo que comienza. Áspero triunfo de tu misma derrota, viviste cada día en la madeja de la irrealidad. El año enfermo te dejó en rehenes algunas fechas que te cercan y humillan, algunas horas que no volverán pero viven en confusión en la memoria. Empezaste a morir y a darte cuenta de que el misterio no va a extenuarse nunca.

El despertar es un bosque donde se recupera lo perdido y se destruye lo ganado. Y el día futuro, una miseria que te encuentra a solas con tus pobres palabras. Mírate extraño y solo, de algún tiempo a esta parte.

 

Aceleración de la historia

Escribo unas palabras
y al minuto
ya dicen otra cosa,
significan
una intención distinta,
se hacen dóciles
al Carbono catorce:
Criptogramas
de un pueblo remotísimo
que busca
la escritura en tinieblas.

 

No me preguntes cómo pasa el tiempo

En el polvo del mundo se pierden ya mis huellas;
me alejo sin cesar.
No me preguntes cómo pasa el tiempo.

Li Kiu Ling, traducido por Marcela de Juan

Al lugar que fue nuestro llega el invierno
y cruzan por el aire las bandadas que emigran.
Después renacerá la primavera,
revivirán las flores que sembraste.
Pero en cambio nosotros
ya nunca más veremos
la casa entre la niebla.

 

«Those were the days»

Como una canción que cada vez se escucha menos
y en menos estaciones y lugares;
como un modelo apenas atrasado que tan sólo se encuentra
en cementerios de automóviles,
nuestros mejores días han pasado de moda.
Y ahora son
escarnio del bazar, comidilla del polvo en cualquier sótano.

 

Dificultades para decir la verdad

Practican el amor debidamente.
Hacen versos de fuego y los envían
a sus destinatarias del convento.
Y cuando el Santo Oficio los sorprende
hablan de la levitación
y la Unión Mística
entre Cristo y la Iglesia.

 

Legítima defensa

6
(Sabor de época)

Todo poema es un ser vivo:
envejece.
7
(A los poetas que vendrán)

Hay que ser implacables.
(No tengan, pues, clemencia con mis errores.)
Nuestra debilidad les dará fuerza
y acertarán en donde fracasamos.
Pero una vez borrados
(si nos recuerdan)
ojalá piensen
en que la perfección
es para siempre ajena a todo intento humano.

 

Los amores
(Estudio y profanación de Pierre Ronsard)

2

¿Qué harás todos los días
desde que no te veo?

7

Al dejarme creíste ganar algo, muchacha.
Ahora, pasado el tiempo, hablas de mí con otro.
Dices que sólo valgo cuando empaño
la blancura insondable de una página.
Y crees que la poesía va a preservar mi nombre.

Te agradezco esa última, esa inútil
manera de quererme.
Te equivocas
(lo digo sin dolor y sin desprecio a nada):
mis versos vivirán menos que tu belleza.

 

Contraelegía

Mi único tema es lo que ya no está.
Sólo parezco hablar de lo perdido.
Mi punzante estribillo es nunca más.
Y sin embargo amo este cambio perpetuo,
este variar segundo tras segundo,
porque sin él lo que llamamos vida
sería de piedra.

 

A quien pueda interesar

Otros hagan aún el gran poema,
los libros unitarios, las rotundas
obras que sean espejo de armonía.
A mí solo me importa el testimonio
del momento inasible, las palabras
que dicta en su fluir el tiempo en vuelo.
La poesía anhelada es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.

 

Escrito con tinta roja

La poesía es la sombra de la memoria
pero será materia del olvido.
No la estela erigida en la honda selva
para durar entres sus corrupciones,
sino la hierba que estremece el prado
por un instante
y luego es brizna, polvo,
menos que nada ante el eterno viento.

 

Caverna

Es verdad que los muertos tampoco duran.
Ni siquiera la muerte permanece.
Todo vuelve a ser polvo.

Pero esta cueva preservó su entierro.
Aquí están alineados,
cada uno con su ofrenda,
los huesos dueños de una historia secreta.

Aquí sabemos a qué sabe la muerte.
Aquí sabemos lo que sabe la muerte.
La piedra le dio vida a esta muerte.
La piedra se hizo lava de muerte.

Todo está muerto.
En esta cueva ni siquiera vive la muerte.

 

«Los demasiados libros»

A cambio de las horas que no regresan
se acumulan los libros,
cajas de sueños, esperanzas, cóleras
que (es muy probable)
no leeremos nunca.

Por todas partes libros en desorden,
objetos de ansiedad, mudo reproche
de no haberlos abierto.

Miedo a morirse
sin hojearlos siquiera.

Con qué cinismo,
con cuánta desvergüenza o qué locura,
después de todo esto nos ponemos
a escribir otro libro.

 

Desde entonces

Hubo una edad (siglos atrás, nadie lo recuerda)
en que estuvimos juntos meses enteros,
desde el amanecer hasta la medianoche.
Hablamos todo lo que había que hablar.
Hicimos todo lo que había que hacer.
Nos llenamos
de plenitudes y fracasos.
En poco tiempo
incineramos los contados días.
Se hizo imposible
sobrevivir a lo que unidos fuimos.
Y desde entonces la eternidad
me dio un gastado vocabulario muy breve:
«ausencia», «olvido», «desamor», «lejanía».
Y nunca más, nunca más, nunca, nunca.

 

Obra maestra

Cuántos adjetivos podría acumular mi orgullo ante la obra maestra recién salida de mis manos: tersa irisada plena perfecta incomparable, avanza por el aire hasta chocar con invisibles arrecifes y hacerse añicos de nada. Tal es la historia crítica, el génesis y el apocalipsis de la pompa de jabón que, tras varias décadas de intento y error, fue mi única e irrepetible obra maestra.

 

Jardín de niños

11

Si nada sobra, nada falta: hay comida,
tienes un lecho, ropa limpia,
cuadernos de dibujo, libros, juguetes.
Por un azar incomprensible te tocó en suerte nacer
del otro lado de la muralla, en los márgenes.
Pero de cualquier modo no te baña la lluvia,
no sufres de hambre,
cuando te enfermas hay un médico; eres querido
y te esperaron en el mundo.
Son muchos
los privilegios que te cercan y das
por descontados. Sería imposible
pensar que otros no los tienen.
Y un día
te sale al paso la miseria. La observas
y no puedes creer que existan niños
sin pan, sin ropa, sin cuadernos, sin padre.
Te vuelves y preguntas por qué hay pobres.
Descubres
que está mal hecho el mundo.

 

Las ruinas de México
(Elegía del retorno)

I

10

Sólo cuando nos falta se aprecia el aire,
cuando quedamos como el pez atrapados
en la red de la asfixia. No hay agujeros
para volver al mar que era el oxígeno
en que nos desplazamos y fuimos libres.
El doble peso del horror y el terror
nos ha puesto
fuera del agua de la vida.

Sólo en el confinamiento entendemos
que vivir es tener espacio.
Hubo un tiempo
feliz en que podíamos movernos,
salir, entrar y ponernos de pie o sentarnos.
Ahora todo cayó. Ha cerrado
el mundo sus accesos y ventanas.
Hoy entendemos lo que significa
una expresión terrible:
sepultados en vida.

III

10

Las fotos más terribles de la catástrofe
no son fotos de muertos. Hemos visto
ya demasiadas. Éste es el siglo
de los muertos. Nunca hubo tantos
muertos sobre la tierra. ¿Qué es un periódico
sino un recuento de muertos
y objetos de consumo para gastar
la vida y el dinero y ocultarnos tras ellos
contra la omnipotencia de la muerte?

No: las fotos más atroces de la catástrofe
son esos cuadros en color donde aparecen muñecas
indiferentes o sonrientes, sin mengua, sin tacha,
entre las ruinas que aún oprimen
los cadáveres de sus dueñas, la frágil vida
de la carne que como hierba ya fue cortada.

Invulnerabilidad de los plásticos que en este caso
tuvieron nombre
y existencia de alguna forma.
Acompañaron, consolaron, representaron la dicha
de aquellas niñas que intolerablemente nacieron
para ver desplomarse su futuro
en el fragor de este fin de mundo.

 

Lamentaciones

«Yo» con mayúscula

En inglés «yo», es decir «I»,
se escribe siempre con mayúscula.
En español la lleva pero invisible.

«Yo» por delante
y las demás personas del verbo
disminuidas siempre.

Por eso qué presunción decirle al mundo:
«Yo soy poeta.»
Falso: «yo» no soy nada.
Soy el que canta el cuento de la tribu
y como «yo» hay muchísimos.

Ocupamos el puesto en el mercado
que dejó el saltimbanqui muerto.
Y pronto nos iremos y otros vendrán
como su «yo» por delante.

 

Retorno a Sísifo

Rodó la piedra y otra vez como antes
la empujaré, la empujaré cuestarriba
para verla rodar de nuevo.

Comienza la batalla que he librado mil veces
contra la piedra y Sísifo y mí mismo.

Piedra que nunca te detendrás en la cima:
te doy las gracias por rodar cuestabajo.
Sin este drama inútil sería inútil la vida.

 

Horas contadas

¿Veis a la mosca horrenda? Alabadla. Antes
de ser mosca fue el gusano que alimentó a un
cadáver. Sin ella, sin su labor que roe todas las
vanidades, la tierra sería un inmenso pudridero,
agobiado por la carroña de quienes nos han
precedido.

Padre Antonio Olivera,
sermón del 2 de noviembre de
1691 en la Ciudad de México

Es la mosca que acaba de nacer.
El huevecillo de donde salió
tiene historia y estirpe.
Lo abandonó su madre en la cripta imperial.
Antes de convertirse en mosca anónima
fue el gusano
que devoró los párpados del rey
y el sexo inaccesible de la joven princesa.

Así pues, en la cuna bebió la tradición.
Su cuerpo está forjado por esa herencia impecable.
Tiene veinticuatro horas para vivir su existencia entera.

Siente el poder inmenso de volar.
Deja la sombra, su dominio es el aire.
Lucha con otras moscas por su trocito de mierda.
Obtiene la victoria. Saborea su alimento.
Busca a la hembra más bella de su enjambre fugaz.
La sigue y la corteja con el vibrar de sus alas.
Qué hondo placer
la unión de sus dos cuerpo en la letrina sagrada.

Ella parte al encuentro de algún cadáver.
Han cumplido con el deber
de perpetuar la existencia absurda.

Y ahora él se enfrenta a la profusión de venenos,
el matamoscas y la cinta engomada,
los infiernos humanos de su especie.

Se ha salvado y no importa porque se acerca su plazo.
Y va a morir. Está muriéndose. Cae
en el río de la muerte que se lleva consigo
a las generaciones de las moscas.

Veinticuatro horas. Una guerra. Un amor.
Miles de huevecillos que serán moscas,
efímeras y eternas como sus padres.

Y él se pregunta al terminar su siglo y su ciclo:
—De verdad ¿eso fue todo?

 

La aguja

Sólo la forma del huevo
iguala en perfección a la anatomía
de la aguja esbelta y redonda.
Herramienta leve, inhallable
en un pajar o en el caos doméstico.
Tan femenina como fálica,
hermafrodita, andrógina, unisex, polimorfa
en su diseño aerodinámico.

La aguja servicial puede ser amnistiada
de su delito irremediable.
Su enemigo, el dedal, posee un sistema de huecos
para atajar las embestidas,
aunque no siempre salva.

Cuando se harta de su mansedumbre
la aguja es como la ardilla libre
que convierte el rencor en dentelladas
contra la adoración que le tenemos.

También la aguja muerde aquella mano
que le da de comer.
La hace temible
la creencia de que si penetra una vena
se deja ir por la corriente sanguínea,
va directo hasta el corazón
y habla a la tejedora que está jugando
con el hilo precario de nuestra vida.

 

Cosas

A la memoria de José Donoso

Ternura
de los objetos mudos que se irán.
Me acompañaron
cuatro meses o cincuenta años
y no volveré a verlos.
Se encaminan
al basurero en que se anularán como sombras.

Nadie nunca podrá rehacer
los momentos que han zozobrado.
El taco de los días sobre las cosas,
la corriente feroz en la superficie
en donde el polvo dice:
«Nada más yo
estoy aquí para siempre.»

 

Ritos funerarios

Le dice al muerto lo que siempre se dice:
«Amigo, hermano mío, te adelantaste.
Nos reuniremos muy pronto.
Y te juro que no voy a olvidarte.»

Pero él lo observa desde el ataúd.
Sabe que por muy breve tiempo fueron amigos.
Poco después se odiaron como se odian,
desde Caín y Abel, todos los hermanos.

Sabe que a su pesar lo regocija
no usurparle el sitio de honor
en esta ceremonia de la fugacidad compartida.
Sabe que nunca habrán de verse en el otro mundo
(no hay otro mundo).

Y que al salir del entierro
no volverá a pensar en él hasta que le toque
ser a su vez objeto de un culto fugaz
en que siempre se dice lo de siempre.

 

El árbol del rencor

Vigilo el crecimiento del rencor
como quien cuida un bonsái que se muere
si uno lo deja solo un solo día.

Mi arbolito de furia,
mi guillotina sin sangre,
el altar
a la mala persona que somos todos.

En la calma chicha
reverberación del ojo por ojo al acecho,
cuerpo deforme del resentimiento,
cuervo posado en la rama del ciprés funerario,
esperando
el cruel instante feliz en que estaremos a mano.

 

Contra Harold Bloom

Al doctor Harold Bloom lamento decirle
que repudio lo que él llamó «la ansiedad de las influencias».
Yo no quiero matar a López Velarde ni a Gorostiza ni a Paz ni a Sabines.
Por el contrario,
no podría escribir ni sabría qué hacer
en el caso imposible de que no existieran
Zozobra, Muerte sin fin, Piedra de Sol, Recuento de poemas.

 

Despedida

Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.

 

El gran ayer

La foto de ese joven de antes de ayer
Al que todos conocen sólo de viejo…

Extraño nieto de sus propios hijos,
Tiene el vestuario
De un presente fugaz como este ahora mismo.

Duro nos mira desde su juventud,
No de verdad sino sólo imagen.
Su hoy es ya fue
En camino al abismo que espera a todos.

No representa su mayor edad
Sino lo relativo de mundo y tiempo.

Allá en la foto
Él se desnace, crece al revés
En su enjuvenecimiento exagerado.

Pronto los dos
–El de allá, el de aquí–
Serán parte del gran ayer,
Imagen doble
De otro más entre sus fantasmas.

 

La mayoría de edad

La mayoría de edad
No se alcanza por fecha de nacimiento
Ni consta en los archivos oficiales.

Nos graduamos de adultos nada más
Cuando alguien nos deja.

En plena juventud llega de pronto
El sabor de la muerte.

 

Despoblación

Herida de hallar entre papeles destruibles una agenda remota: archivo muerto de los muertos, necrópolis de las ausencias y los afectos perdidos. La deshabitan personas de otras épocas y otros lugares. Unas cuantas siguen aquí a la distancia de algunas calles, un número telefónico o una dirección de Internet –pero en sitios que no volveré a ver, recintos adonde
no hay retorno posible.

Entre tanta destrucción queda una parte edificante. En el zafarrancho general de la vida, en la guerra perpetua y la separación interminable, sobreviven, y nada puede ya borrarlos, el segundo de amor, el minuto de acuerdo, el instante de amistad. Basta para vivir agradecidos con esos nombres que no volveremos nunca a pronunciar.

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