José Javier Villarreal

JJVillarreal-C(Tijuana, Baja California. 1959). Poeta, traductor, ensayista y editor. Doctor en Literatura. Obtuvo el Premio de Ensayo Ángela Figuera, el Premio de Poesía Aguascalientes, el Premio Nacional de Poesía Alfonso Reyes, el World Cultural Council, en dos ocasiones –como poeta y editor– el Barbón de Oro y el Reconocimiento Libros UANL. Actualmente es Miembro Artístico del Sistema Nacional de Creadores de Arte FONCA-CONACULTA. Entre sus libros de poesía se cuentan: Estatua sumergida, Mar del Norte, La procesión, Portuaria, Bíblica, Fábula, La Santa y Campo Alaska. Como ensayista: El oro de los siglos, Por una nueva anunciación y Las penas del guardador de rebaños. Tras la huella del Polifemo. Ha traducido a Ezra Pound, Manuel Bandeira, Oswald de Andrade, Czesław Miłosz, Murilo Mendes, Lêdo Ivo y Ferreira Gullar. Es director de las revistas Deslinde y Cathedra de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL en donde es profesor. Produce y locuciona el programa de radio “Aventuras sigilosas” 102.1 de FM para Radio Nuevo León.
 
 

POEMAS DE JOSÉ JAVIER VILLARREAL

 
 

Sin título IV

Sé que me está viendo desde el infierno de sus ojos,
que su fino puñal atraviesa todos los días mi corazón
y que afuera, detrás de la puerta, me espera con su terrible desnudez.
Sé también que puedo reconocerla en las manos apretadas del demente,
en la voz de la vieja prostituta que se empeña en ser hermosa,
en esa muchacha turbada por el ángel del deseo.
A veces la descubro en el rostro iluminado de la noche,
en el vaso con agua que el hombre se lleva a la boca,
en el disparo, en el cuerpo que cae en medio de la calle.
Pero ahora sé que se tiende en el hueco de mi cama,
que es quien cuida de la tranquilidad de mis sueños,
quien prepara el desayuno y me despide en la puerta con un beso.

 
 

Elegía frente al mar

A Genaro Saúl Reyes

Bajo esta soledad he construido mi casa,
he llenado mis noches con la rabia del océano
y me he puesto a contar las heridas de mi cuerpo.
En esta casa de cuartos vacíos
donde las palomas son apenas un recuerdo
contemplo el cadáver de mis días,
la ruina polvorienta de mis sueños.
Fui el náufrago que imaginó llegar a tierra,
el homicida que esperó la presencia de la víctima;
la víctima que nunca conoció al verdugo.
Este día el remordimiento crece,
es la sombra que cubre las paredes de la casa,
el silencio agudo que perfora mis oídos.
Este día soy la sucia mañana que lo cubre todo,
el mar encabritado que inunda la sonrisa de los niños,
el hombre de la playa que camina contra el viento.
Soy el miedo que perfora el cuerpo de la tarde,
el llanto de las mujeres que alimentaron mi deseo,
aquel que no vuelve la mirada atrás para encontrarse.
No sacudo el árbol para que la desesperación caiga,
para que el fruto ya maduro se pudra entre mis piernas
y el grito surja a romper la calma de la muerte.
No, me quedo sentado a contemplar la noche,
a esperar los fantasmas que pueblan mi vida,
a cerrar las puertas, a clausurar las ventanas.
Me quedo en esta casa de habitaciones vacías.

 
 

La santa

III

A José Emilio Amores

Sentose entre la hierba indiferente al silbido de las víboras.
Sentose con su sombra a esperar la llegada de la tarde, aunque a esa hora
el sol cayera sobre sus espaldas.
Sentose con los dedos lastimados por la angustia, heridos e insobornables
en su incesante actividad de martirio.
Sentose oyendo una música cada vez más clara y abarcadora, una concha celestial
que la iba protegiendo en su intemperie.
Sentose cansada de permanecer de pie, de sostenerse entre los pilares mudos
que la rodeaban.
Sentose para ver mejor al escarabajo que hace rodar –imparable- su bola de mierda,
las diligentes hormigas en su previsión, los insectos que subían lentos, pero decididos,
por su falda.
Sentose a la orilla de una carretera por donde casi no pasa nadie,
a no ser el camión de la coca, el de las Sabritas, o el que viene a recoger el huevo.
Sentose inclinando el paisaje que se fundía en su carne sudorosa de estar sola.
Se quedó sentada sintiendo la incomodidad en su cintura, la corona de espinas
y la herida en el costado,
callada en esa resolana que abrasaba el monte y evaporaba las lomas del fondo.
Quedose atenta al canto de la hierba, a la seriedad de los fantasmas,
sentada sin esperar absolutamente nada de su padre, sus hermanos, la madrina,
los tíos y abuelos,
del arroyo custodiando al pueblo; sorda a las campanas de la iglesia,
atenta sólo al canto que se desprendía de las flores, del verde, de los lagartos
y sus colas espinosas.
Sentose a la orilla de la carretera, a pleno mediodía, para que todo permaneciera igual,
para que su paraíso no se manchara con la jugosa fruta del deseo.
 
 
 
 

La sequía ha sido tremenda y el verano ha alcanzado temperaturas muy altas;
las bayas y los hongos escasean
y los osos buscan prepararse para su largo periodo de hibernación;
tienen que acumular grandes reservas de grasa en sus cuerpos
para intentar ese sueño tan largo que los arrulle y los mantenga fuera de este mundo.
Pero ellos, llegado el momento, la hora justa, quieren despertar, estirar sus pesados y rígidos cuerpos;
mas el verano y la extrema sequía han diezmado sus alimentos naturales
y ellos deben acumular grandes cantidades de grasa
para dormir ese sueño tan largo que deberá terminar con la llegada de la primavera.
Los osos pardos de Siberia, en su búsqueda por encontrar alimento,
han dado con profanar tumbas y devorar cadáveres de viejos, niños y enfermos,
de jóvenes accidentados,
de hombres y mujeres sorprendidos por la muerte;
quizás, incluso, de algunos amantes sorprendidos por la nota roja del periódico local.
Los osos –es un hecho- tienen que prepararse para su largo periodo de hibernación,
siempre lo hacen y, a sus ojos, no hay razón para dejar de hacerlo.
La nota apareció hoy en las noticias de la internet;
como ves esta mañana desperté pensando en ti.

 
 
 
 

Podría no amarte
e irme a la Patagonia,
entrar en una tienda de saldos
y perderme en los pasillos
confundido por las numerosas ofertas;
también podría ir a la tienda de mascotas
y comprarme un perico;
pájaro que devolvería al tercer día.
Mejor un perro, un perro que no me conociera,
un perro grande y viejo
lleno de manías;
seguramente no nos entenderíamos
pero compartiríamos la misma casa,
el mismo baño, la misma cama,
el mismo plato.
Saldríamos siempre juntos
vigilándonos mutuamente.
Llegado el caso me pediría prestada una camisa,
luego un pantalón, el cinto y los zapatos;
yo sólo sostendría en silencio
el collar en una mano
y la correa en la otra.
Las tardes en el parque
serían eternas,
las discusiones, por la mañana,
interminables.
Realmente
podría no amarte
y haberme ido a la Patagonia
en mi carro tan pequeño;
llevar muchas botellas con agua,
muchos botes de café con leche,
poca música, realmente muy poca música
y un cenicero por si aprendiera a fumar;
lo más seguro es que no fuera a ninguna tienda de saldos,
que no me estacionara
frente a ninguna tienda de mascotas,
que no comprara un perico
que después tendría que devolver;
al perro me lo encontraría
seguramente en la carretera
o en la almohada de la cama
o en el lobby del hotel
o descansando en el menú del restaurante.
El perro es una presencia
que no puedo evitar,
como no puedo dejar de pensar en ti,
salir de casa rumbo a la Patagonia,
inventarme un carro que no tengo,
comenzar a fumar a mi edad
o soltarle la correa a ese perro,
grande y viejo,
lleno de manías,
que hace tiempo camina a mi lado.

 
 
 
 

Podría hacer el experimento que un ensayista polaco propone:
hacerme pasar por un poeta danés.
En ese caso, ya siéndolo, tendría que desconocer mi pasaporte, mi visa y mi credencial de elector,
o al menos fingir que estos documentos, tan importantes,
también sufrieran una transformación.
Mi pasaporte dejaría de ser verde y tendría, forzosamente, una corona;
mi visa se me escurriría como agua entre los dedos
en el estacionamiento de un gran centro comercial
un día que hiciera mucho calor;
esto ocurriría en alguna ciudad fronteriza de Texas.
Mi credencial de elector ya no me serviría para ejercer mi voto;
un tedio inesperado, pero implacable, caería sobre mí
y ya no me interesarían las elecciones del primero de julio,
obviamente, porque el país dejaría de ser el mío.
Este es el punto que me interesa destacar de todo esto.
Al convertirme en un poeta danés un reino aparecería y otro se borraría.
Las tortugas seguirían, aparentemente, siendo tortugas:
animales verdes, pequeños y frágiles, con patitas y colita
y un caparazón que más bien parece un adorno que un escudo anti motines,
de esos que usan los policías tanto en Dinamarca como en México.
Los perros continuarían ladrando como siempre, pero yo los escucharía de otra manera;
ese es el punto: el mundo estaría aquí, seguiría aquí,
pero yo lo percibiría de otra manera,
serían otros los colores, los aromas, los sabores;
las texturas guardarían otra relación con la yema de mis dedos,
mis oídos se ofuscarían ante la confusión de vocablos daneses y castellanos.
No sabría cómo conducirme, cuándo hablar o callar,
estrechar una mano o saludar a la distancia.
Creo que los daneses no saludan de beso, tampoco se abrazan al encontrarse o despedirse
(esto en realidad no lo sé, pero se ha de esclarecer con el paso del tiempo);
mientras tanto sigo con la incomodidad del fingimiento,
con ese saco demasiado grande de pretender ser lo que no soy
o hacer de cuenta.
El mundo que deberá seguir siendo el mismo ya no lo será.
Las tortugas sólo fueron un ejemplo, pero ¿y todo lo demás?
Supongamos que llego a casa en taxi, porque se dice que hay poetas daneses que no saben manejar,
que nunca han tenido la necesidad de aprender;
no es porque sean flojos o faltos de reflejos; se debe al excelente sistema de transporte que ellos poseen
y nosotros no (aún no me he transformado del todo).
Llego a casa y no me reconoces, esperas a uno y llega otro
(aquí la relación con la Odisea es tan obvia, pero algo así sucedería);
¿dejarías de amarme y, poco a poco, te enamorarías del poeta danés?
¿Yo mismo sabría cómo comportarme? También se dice que los daneses duermen en camas separadas.
¿Las diferencias culturales serían un obstáculo o una seducción?
Ahora recuerdo que tuve una amiga que se casó con un danés,
jamás volví a saber de ella, se fue a Dinamarca;
quizá yo tendría también que irme a Dinamarca y aprender árabe o turco,
irme a esos países donde los pasaportes se extravían,
las visas son tan estimadas y los ciudadanos se plantean seriamente, y con algo de temor, sus comicios presidenciales.
El mundo sería el mismo, pero no me sabría igual.
Lo que más me preocupa –de todo este ejercicio propuesto por el ensayista polaco– es que llegaras a enamorarte del poeta danés.
 
 
 
 

Mis pies no son los pies de Jesucristo,
no caminaron sobre la superficie de las aguas,
no fueron lavados por María Magdalena.
Mis pies no son los pies de Jesucristo,
no quedaron grabados en una trágica y dolorosa imagen.
Pero mis pies (que no son los pies de Jesucristo)
fueron besados por tus labios.

 
 
 
 

Estoy viendo una silla
pero pensando en un perro.
Pareciera que afuera el viento se hubiese calmado
ahora que estoy viendo una silla
pero pensando en un perro.
Las asociaciones se me dan con cierta facilidad,
incluso al escribirlas logro imprimirles
cierto metro melódico
que las hace pasar como versos;
hay que tener cuidado –lo dijo Paz,
recordando a Villaurrutia-
de no confundir la inspiración con el facilismo
ahora que estoy viendo una silla
pero pensando en un perro.
El problema que me presentan siempre
las asociaciones
viene después
cuando tengo que interpretarlas;
es entonces cuando dejo de pensar en un perro
y sólo veo una silla –una silla–
donde tú no estás.

Cerrado a comentarios.