«De la sofisticación… de la poesía… de la vida universitaria», por Darío Sánchez Carballo

Ponencia de Darío Sánchez Carballo durante el seminario-taller «Poesía y educación: crítica, pensamiento y sensibilidad» de las VI Jornadas Universitarias de Poesía «Ciudad de Bogotá, intervención del miércoles 8 de octubre, como adelanto de la Revista de Poesía Ulrika 51.

De la sofisticación… de la poesía… de la vida universitaria

Darío Sánchez Carballo

Maestro, son plácidas
todas las horas
que perdemos,
si cuando las perdemos,
son como en una maceta,
donde ponemos flores.

Ricardo Reis (F. Pessoa)

Darío Sánchez Carballo Poner flores, buscar placidez al perder las horas, sembrar algo que luego se reflejará en la mirada de aquel o aquella que pasa a tu lado por la calle; en ese instante te miraron de tal manera a los ojos que no sabes bien cuál fue tu delito, porque esa mirada te da señal de culpa, hasta que él o ella te saludan efusivamente con un «¡hola profe!» y descansas un poco, sólo un poco. Luego, durante el resto del día, recuerdas con agrado cómo te observaban esos ojos y en el fondo te hacían el autor de algo que, ni ellos ni tú, precisas, que ni ellos ni tú saben si estaría para bien o no. Pero más allá de estas alusiones en verdad maniqueas, conciliemos en establecer que la poesía en las aulas de la universidad procura, a quienes la reciben, una suerte de alivio. Trataremos aquí de ir de lo frugal a algo un poco más elaborado en términos del para qué la poesía en la universidad. Desde la función de un texto literario, pasando por las ideologías en una obra de arte, hasta llegar a un concepto más contemporáneo sobre la estética. Finalizando con la posibilidad de sofisticar el uso pedagógico de un texto poético, en el aula universitaria al día de hoy; uso insertado a los procesos comunicativos. Por supuesto a manera de paneo, pues para profundizar en cada línea habría cómo y de qué manera. Mas para el caso, puede resultar la mirada general acorde con lo que pretende este escrito.
Para empezar, la idea de la función social de la poesía, tan retocada y a veces gastada, alcanza a venir a colación. Con todo, al decir Eliot que esa función en cuanto a la diversidad temática del género en

[…] suficientes clases de poesía como para dejar en claro que la función específica de cada una se relaciona con alguna otra función: la de la poesía dramática con la del drama, la de la poesía didáctica de información con la de su tema, la de la poesía didáctica filosófica, religiosa, política o moral con la del asunto respectivo.1

Cabría perfectamente expresar aquí dos relaciones de la poesía con la vida universitaria. Una primera dada por el asunto de orden gramatical, en cuanto a la especificidad del lenguaje y su correcto uso, que como es bien sabido por nosotros es una de las falencias más sustanciosas entre los jóvenes que inician la vida académica. Y por otra parte, la de orden semántico, en cuanto a la construcción de significantes y significados.2

Como excusa, la primera funciona para, por ejemplo, conseguir trabajo en la universidad. Vinculándose a esa idea de los programas en las facultades, que buscan entroncar la pedagogía con la literatura por medio del pensamiento institucional y estadístico que mide cuántos jóvenes se apropian o no de la lectura y su interpretación. No es del todo cierto que uno llegue como profesor, bajo la égida del correlato entre poesía y saber escribir, aunque en principio funciona como enganche. Salvo los programas especializados en el área de las letras y la lengua que, por supuesto, profundizan en el objeto de estudio desde diferentes perspectivas. La segunda instancia, en cambio, sí suministra, desde el capital poético, una serie de reflexiones netamente humanísticas en cuanto al significado de la vida y su condición cultural en los grupos sociales. Desde allí se pueden establecer bases sólidas, en todo lo que a la generación de un conocimiento, en el campo de las humanidades podría ser. Nociones posteriormente volcadas a la comunidad.

De otra parte tampoco es cierto, a la luz de hoy, que Eliot tenía del todo la razón al afirmar que la poesía y su función tenían más que ver con la idea primitiva de la existencia y desarrollo del género mismo en relación a la trasmisión de un conocimiento específico, que con algo más allá en la vida moderna de su época, pues él mismo afirmaba que el placer que provee un buen poema, en cierta medida, cambia la vida y la sensibiliza. Considero que se ha desestimado la sensación de placer, en tanto que éste no cumple, supuestamente, una función.

Al desechar, en los siglos posteriores al inicio de la era cristiana, el concepto profundo epicúreo del placer referido no sólo a lo corpóreo sino a lo intelectual, se desestimó su poder en busca del aprendizaje. Relación aún más golpeada en los siglos subsiguientes, sobre todo en el Renacimiento, donde el concepto del cuerpo y sus placeres, que en la precedente Edad Media tenían cierto valor, se ridiculizaron y se cargaron con el paradigma de la maldad. En gran medida y por la relación de lo divino referido solamente al espíritu y no al cuerpo grotesco del que hablaba Bajtín.3

El placer puede ser causa de un tipo de conocimiento profundamente espiritual. Nada más placentero y útil en cuestión de la formación humanística que indagar sobre el espíritu de las épocas y de quienes las viven, por medio del poema o por supuesto de un buen texto literario.

La comprensión sistemática y positivista de pretender que el uso pedagógico de las herramientas de aprendizaje, debería ser valuada, si sólo si las respuestas aplicasen dentro de las categorías del pensamiento cartesiano, explicitadas en la acumulación o no de conocimiento medible por vectores referidos a lo positivo o lo negativo, tiende a ser obsoleta. Esa correspondencia con el «plan de estudios» tendría que ser ya reevaluada del todo. «A veces se tiende a olvidar que el arte es una forma no-racional de aprender –pues contiene un enigma que se resiste a la interpretación– y que allí radica su potencia», según el museólogo José Roca.4

La poesía, por supuesto dentro de la condición de la creación y el arte no será ajena a esta idea sobre una forma no-racional de aprender.

Por otra parte es necesario abordar el tema de las ideologías. Desde los conceptos de orden netamente cultural porque refuerzan o afirman los significados. También alejándonos de las ideologías al servicio de proyectos políticos en particular. Conocemos de aquellos poetas que, muchas veces interiorizados en el campus universitario, tienden a usar al poema en pro de la condición política de un momento.

Ese es por supuesto un tema profundo a discutir, y no es la primera vez que se aborda, sin embargo, para el caso tomo un par de ejemplos. En el año 1970 en la Habana, Julio Le Parc proponía y enumeraba algunos parámetros sobre la función social del arte en la vida contemporánea. Entre ellos uno que establecía que la creación artística nunca tiene un carácter políticamente neutral. En esa especie de manifiesto, Le Parc deja ver una clara tendencia política de izquierda y considera que el arte debe ser un vehículo de ese pensamiento político. Ahora bien, habrá quienes defienden hasta el día de hoy esa postura y no en pocos casos existen escritores que usan su creación para abanderar tales consideraciones. Uno de los casos más conocidos el suscitado por Neruda, quien independiente de su posición política fue grandioso. Con todo, en su Canto General deja ver la intención de usar a la poesía en formas directas y acusadoras, crítica que no menoscaba en la grandeza de su obra, pero que en ese poemario en particular lo deja no tan bien parado como creador frente a los poemas de Residencia en la Tierra, por ejemplo. Hay que subrayar que esta idea está tocada por posiciones personales de quien escribe, que no buscan polemizar la cuestión de la verdad en el tono poético de un autor, ni mucho menos. Por otro lado, cuando uno observa la obra de Nazim Hikmet, siendo él de la misma línea política de Neruda, difícilmente encuentra uno en su tono un sentido político, sino más bien un sentido ideológico en cuanto a la relación de la historia y un pueblo. Explico la diferencia entre la ideología política y la referida a las condiciones culturales de las comunidades, a partir de Estanislao Zuleta: «una característica típica de la ideología: se funda siempre en las tradiciones, en los modos de vida, en una autoridad de cualquier tipo que sea y deja de lado la demostración como fundamento de su validez»5. En cambio, las ciencias se fundan en la demostración, y no existe autoridad de ningún tipo que actué sobre la ciencia.

Incluso el científico no tiene autoridad sobre su ciencia, la única autoridad es la demostración, según Zuleta. Así mismo la ideología-política en cuanto a ciencia política, pues es más valioso lo que se demuestra, que inclusive sus autores. En la otra ideología existe una autoridad: la tradición, la cultura, el mismo pueblo y sus saberes. No es concebible un arte alejado de ideologías, pues no es un arte que exprese el sentir de un pueblo en su respectivo espacio y tiempo. No en vano un autor como Noe Jitrick, al construir un ensayo sobre la escritura de Borges, observa dos cosas al pensar lo que Borges vio cuando empezó a escribir: «una, cómo surge eso que llamamos escritura […] dos, ciertos núcleos ideológicos que penetran toda su obra ulterior y que se refieren a cuestiones tales como el origen (propio) la nación, la sociedad […]»6.

Desde la estética, existen consideraciones vinculadas a cada época. Hoy en día en medio de las múltiples interacciones comunicacionales, existe la posibilidad como nunca en la historia, del concepto y uso de lo local. La noción de ideología y de placer en nuestro contexto contemporáneo, se asocia también a la imagen de inestabilidad, laberinto y caos. Esas teorías del caos que surgen a mediados de la década de 1970 y que muy bien define Omar Calabrese7al categorizarlas en dos estadios científicos: uno, en las ciencias de la naturaleza; dos, en las ciencias humanas. Para el segundo caso, relacionar esa idea de caos, desorden e inefabilidad, se traduce en la era contemporánea en un principio de complejidad, lo cual implica un desafío para indagar sobre esa complejidad insertada y reconocida en el campo de la cultura. Posteriormente relatada en las estéticas propias. La imagen del laberinto, en principio asociada al caos, tendrá entonces una explicación no lineal. Ahora bien, si en algún momento no es discernible, no importa, recordemos que en los modelos no lineales de los procesos comunicativos al día de hoy, no importa tanto la efectividad del mensaje sino lo que sucede en el proceso comunicativo y ello es el espabile de la misma cultura. Es decir, no importa a la larga salir del laberinto, importa estar y ser en él. Estos conceptos de Calabrese, sumados a las famosas seis propuesta de Calvino, recordemos entre ellas la levedad, la rapidez y la multiplicidad8, y fortalecidas con la noción de lo etéreo como valor de nuestra cultura en el siglo XXI, a partir de las disertaciones de Bauman9, sobre el amor líquido y la sociedades líquidas, vienen a conectar las ideas arriba expuestas con la coherencia entre el correlato del ámbito académico y el pulso de la cultura vigente. Así lo semántico, que incluye la cultura y el contexto de los significantes, en el orden del aprendizaje a partir del texto poético, será más valioso que la mera concatenación de la lógica de un discurso escrito en lo referido a lo estrictamente gramatical.

En mi caso particular, como profesor catedrático de la materia «Procesos comunicativos», en varios programas de una universidad pública, no concibo la idea de utilizar a la literatura y a la poesía con el ánimo de enseñar algo específico, sobre todo sesgado al concepto meramente gramatical, pues las posibilidades de observar uno o diferentes universos desde el campo semántico que transmite la poesía, son por mucho, superiores. Aprender a escribir, como en la vieja usanza donde el maestro imbuido en su luz trasladaba esa gracia a sus alumnos o iluminados, obedece más a un proceso técnico que no a la idea de generar un profesional cuya capacidad humanística le permita indagar, investigar y criticar tanto al mismo conocimiento como a sus gestores. Más bien, a partir de un grupo de estudiosos en un tema cualquiera, lograr con el mecanismo de lo poético y sus sustancias, generar pensamiento a partir de la reflexión creativa y no sistematizada que provee una buena lectura de poesía, sin pretender entenderla del todo. Nada más molesto para el desarrollo final de una tesis que dar la tan anhelada respuesta, ya que es en el transcurso de la investigación donde se despliegan interrogantes antes insospechados e inesperados. La demostración científica, en donde la lógica es responder a preguntas cuya base implica ya unos resultados esperados, y en ello no importa el cuerpo o la cuestión del asunto, que en buena medida es lo sustancioso, se aleja de la creatividad, del goce y del placer en los términos antes expuestos. Es decir, importa sobre todo el resultado y no el camino recorrido. La poesía no tiene respuestas, ni las busca, pero sí provee nuevas preguntas en el devenir del ser humano, que le ayudan a poner su mirada en lugares donde nunca hubiese imaginado.

Implicar, no solamente para una materia como «Procesos comunicativos», sino para otros espacios del pensum académico, un enfoque que dinamice la cuestión del aprendizaje obviando ideas conmensurables, sino abordando los temas desde la multiplicidad, la heterogeneidad y la levedad puede resultar de mayor provecho. Se propiciaría así cierta sofisticación en cuanto al conocimiento generado en la comunidad académica. Allí la poesía es lo que se siembra, pero también la maceta, la mano que la riega y claro, la persona sujeta al hecho particular que a la vez observa para narrar, e incluso refutar desde diferentes ángulos la geometría euclidiana que nos enseñaron.

Espero que las formas de ver esa universalidad del conocimiento, tan practicadas en la academia, se aviven por medio de la poesía desde las instancias que aquí se han propuesto. El placer de la lectura indagando en los significados de cada contexto cultural, teniendo en cuenta nuestro momento en la historia. Siendo conscientes de las estructuras laberínticas del caos, de la velocidad y la levedad del bit; de las manifestaciones culturales desde el ámbito de lo local. Ojalá al final no nos echen poetas, de la comunidad académica como en La República de Platón, porque no convenimos a los, en algunos casos, ejercicios dogmáticos. Y si al final lo hacen, que sea como en La República de Platón: con perfumes y guirnaldas.

 

CITAS

  1. Eliot, Thomas Stearns, Sobre poesía y poetas, Icaria, Barcelona, 1992, pp. 12-13.
  2. Recordemos que la estructura del signo se compone de significante y significado, donde el primero es la forma material que toma el signo y no siempre es de orden lingüístico; podrá ser una imagen. El significado será la imagen mental, la cual varía de acuerdo con la cultura, el espacio y el tiempo.
  3. Para Mijaíl Bajtín, el cuerpo en la Edad Media era valorado en su dualidad entre lo espiritual y lo físico; lo bajo en correspondencia con lo genital y el estómago y su correlato con el infierno; lo alto en correspondencia con la cabeza y su correlato con el cielo. Esa conformación de lo espiritual a través del cuerpo y sus placeres se explicitaban en la cultura y las tradiciones de la Edad Media, luego satanizadas en el Renacimiento. La Cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, Alianza, Madrid, 1999.
  4. Roca, José, Museología, curaduría, gestión y museografía. Notas sobre la curaduría autoral, Mincultura, Bogotá, 2012.
  5. Zuleta, Estanislao, Elogio de la dificultad y otros ensayos, Fundación Estanislao Zuleta, Cali, 1994.
  6. Jitrik, Noé, La vibración del presente, Fondo de Cultura Económica, México, 1998, p. 15.
  7. Calabrese, Omar, La era neobarroca, Cátedra. Signo e imagen, Madrid, 1999, p. 134.
  8. Calvino, Italo, Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela, Madrid, 1994.
  9. Bauman, Zygmunt, Modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.
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