Enzia Verduchi: La creación de la tierra nativa. Dos lenguas, dos continentes

I

Cuando emigré con mi familia a sur de México, en la Península de Yucatán, a fines de 1973; Eugenio Montale recién había publicado Diario del ’71 y del ’72 y Pier Paolo Pasolini daba a conocer su obra de teatro Calderón, unos mesese después, ya en 1974, aparecerían los libros de poemas Week-end de Antonio Porta y Le mie poesie non cambieranno il mondo de Patrizia Cavalli. Por su parte, unos jovencísimos Gianni D’Elia, Valerio Magrelli, Patrizia Valduga y Fabio Scotto, entre otros, empezaban a arrastrar la pluma, a crear sus primeros versos, pero no seria hasta la década de los ochenta que aparecerían sus primeros títulos.

De Eugenio Montale se difundió su obra en las traduccciones de los años sesenta y setenta de Nicolás Guillén, así como a la labor titánica de Guillermo Fernández en México, quien vertió al español prácticamente la obra completa de Montale en los años ochenta y noventa; y recientemente le debemos a Fabio Morábito su magnífica traducción de la poesía completa del bardo genovés. Por su parte, Calderón de Pasolini se puso en escena por primera vez en 1981 en España y en 1992 en México. En el caso de Week-end de Antonio Porta, se tiene registro que en 1989, en la traducción también de Fernández, aparecieron algunos poemas de este libro en la revista Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana y Le mie poesie non cambieranno il mondo de Cavalli serían trasladadas por Morábito apenas en 2008 en la antología Yo casi siempre duermo, editado por la UNAM.

Con esto, deseo reflejar dos tiempos sincronizados a destiempo: las novedades de la literatura italiana de los años setenta se convertían en novedades editoriales latinoamericanas, específicamente mexicanas, mediando en ocasiones más de una o dos décadas. Y aún en la actualidad, no contamos con un panorama amplio de la poesía italiana aunque la era de la Internet ha acercado ambas orillas.

Como relato en 40º a la sombra, apenas en la primaria en Campeche me enseñaron a pronunciar y trazar las vocales y el abecedario, mi padre alarmado decidió que debía recuperar la lengua materna, lengua que no había extraviado pero que fusionaba notablemente con giros lingüísticos locales. De esta manera, papá inició por las noches un extenuante programa educativo sobre linguaggio e lingua con el apoyo de viejas ediciones de gramática italiana que contenían unos ejemplos extraños: “Bacco, tabacco, Venere —Riducono l’uomo in cenere”.

Al igual que un Virgilio trasterrado, mi padre me guiò por los recovecos del idioma: del género al sustantivo, del plural al singular, a los signos ortográficos y la puntuación, del artículo al sujeto y el predicado; aún recuerdo la lección versada en la antonomasia que repetí hasta el cansancio:

 

Il gran Genovese = Colombo

Il Segretario fiorentino = Machiavelli

Il Cigno di Busseto = Verdi

Il Giovenalle toscano = Giusti

Il moderno Cincinnato = Garibaldi

Una Lucrezia = una moglie onesta e fedele

Un Nerone = un tiranno crudelissimo

Un Giobbe = un uomo paziente

Il Cantor di Laura = Petrarca

L’itala Atene = Firenze

Una Siberia = un paese freddissimo

Una torre di Babele = una gran confusione

 

Supe que las ideas se forman con el lenguaje propio que es consecuencia del intelecto y el lenguaje metafórico fruto de la fantasía, comprobé este hallazgo con la lectura de la hermosa colección la Scala d’oro. Mientras que con el librito Poesie varie, muestra del cavaliere Angelo Maria Ricci, editado por Rieti en la década de los treinta, mi padre concluyó su curso con la exposición sobre la métrica y el ritmo, la figuras métricas, el acento rítmico y los principales versos italianos que varían de tres a once sílabas así como il metro nuovissimo o verso libre.

Por otra parte, mi abuelo materno era un asiduo lector de poesía, especialmente de los modernistas: Rubén Darío, Amado Nervo, José Martí y Díaz Mirón, así como de Ramón López Velarde. Con singular alegría declamaba en las tertulias familiares, con copita de oporto en mano: “La sal del mar en nuestras venas / va a borbotones; / tenemos sangre de sirenas / y de tritones”. Recitaba con un dejo tan peculiar que lograba que las estrofas del poeta, ya fuera nicaragüense o cubano o zacatecano, sonaran a “auténtica” lírica campechana.

Es evidente que soy deudora de dos grandes tradiciones: la italiana y la hispanoamericana. De la italiana retomo la capacidad narrativa del poema y de la hispanoamericana el arqueo de la síntesis, de ambas la lucidez y el asombro ante la cotidianidad y la elasticidad de la palabra.

 

II

Si el estilo de Fabio Morábito, con quien comparto el italiano como lengua materna pero escribimos en español, se destaca por tener como tema recurrente lo cotidiano, el cual explora de una manera original ofreciendo al lector nuevas formas. El estilo que Morábito inauguró con De lunes todo el año, Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1992, no dista de los versos de Alberto Pellegatta (Milán, 1978) en Hipótesis de la felicidad, Premio Cetonaverde 2017: “No salgo de casa por días, catalogo / los golpes a las paredes de los vecinos. / Si no lo hubiera inventado / negro y húmedo como una tumba, sólo sería amor.” Así, hallo vasos comunicantes entre la poesía de Luigi Amara (1971), nacido en México de padres italianos y quien empezó a leer al mismo tiempo en ambas lenguas, y quien comparte el tono con Eleonora Rimolo (Salerno, 1991) sobre la contemplación y reflexión de los detalles: “Los que por trabajo no tienen meta / pero guardan para sí mismos un gran viajar / llevan en los bolsos una muda de ropa, / alguna historia ajena: uno se sienta de frente, / se quita las gafas, sus gestos lentos / no detienen la tensión de los cables, / el roce de los kilómetros no esborrega / por los hombros tan retraídos en sí mismos.”

Desconozco si Pellegatta ha leído la prosa y los versos de Morábito, y estoy prácticamente segura que Rimolo desconoce la existencia de Amara, pero en ambos ejemplos permea una tradición en el decir así como una estructura en el momento de intuir el poema.

Los nacidos en la década de los sesenta asimilamos el orden de un mundo heredado por la Guerra Fría que, en noviembre de 1989, tras la caída del Muro del Berlín tuvo un reacomodo. En América Latina en los años setenta vimos el alzamiento de regímenes militares y su caída a partir de mediados de los ochenta. En los noventa los poderes fácticos empezaron hacer de las suyas en Centro América y en México. En México llevamos doce años inmersos en una espiral de violencia, corrupción y desplazamientos, temas que han sido ampliamente abordados en la narrativa mexicana y en poesía sus más altas expresiones se encuentran en Los muertos de María Rivera, Antígona González de Sara Uribe, Filipo contra los persas y otros cuantos epigramas de Víctor Cabrera y el Libro centroamericano de los muertos de Balam Rodrigo.

La violencia, la corrupción y las migraciones son también temas abordados por los poetas italianos desde una perspectiva quizás menos tensa pero no por ello acrítica, como es el caso de Gabriele Favagrossa (Casalmaggiore, 1970) en Milano, colloqui de lavoro; Francesco Filia (Nápoles, 1973) en Il margine di una città; y NeMo (Milán, 1998) en Generazionale.

 

III

Concluyo, cuando pienso en Fabio Morábito que nació en Alejandría, pasó su infancia en Génova y tomó el español como idioma creativo; en Luigi Amara que es un italiano nacido en México, y en mi caso que nací en Roma pero crecí en la zona indígena maya de la Península de Yucatán; que uno va adquiriendo la nacionalidad nómada del trasterrado, se construye la tierra nativa con imágenes y costumbres de dos continentes, se escucha el ritmo cotidiano de la palabra y la reflexión halla sus cimientos en la fusión de las sílabas latinas. Uno habla y escribe como piensa; por momentos se puede pensar en dos lenguas.

Constantino Cavafis inauguró el demótico, uso del habla popular en la poesía griega contemporánea. Cabe señalar que Cavafis escribía sus diarios en inglés y su poesía en griego, pero en la calle hablaba en árabe. De manera inversa sucedió con Giuseppe Ungaretti que nace en Alejandría convirtiéndose en un italiano de Egipto, describe la experiencia de los años y el paisaje desértico de Oriente en el idioma familiar, aunque su formación fue en francés en la Écolle Suisse Jacot. Podríamos enumerar ejemplos al infinito de autores de todas las latitudes que realizan su obra en idiomas que originalmente no son suyos pero los hacen suyos y transitan por un universo que edifican a través de esta experiencia.

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