Fredy Chicangana

(Comunidad Yanacona del Sur-Oriente del Cauca, Colombia, 1964)

La poesía de Fredy Chicangana es una interrogación constante acerca de su cultura, de su espiritualidad y de su devoción a la naturaleza. Sus textos hablan desde la memoria de sus antepasados, pero también desde la incertidumbre del encuentro con lo urbano. Pájaros, ríos, sonidos y espíritus de la selva se mezclan para rescatar la oralidad y la verdad propia de su pueblo. Ha participado en múltiples encuentros de Escritores en Lenguas Indígenas (México, Venezuela, Chile, Ecuador y Perú). Con su trabajo literario además ha contribuido al fortalecimiento de la cultura Yanacona, a partir de talleres de “recuperación de lengua propia” y de los “cantos de nuestra gente”. Es miembro fundador del grupo Yanamauta, “conocimiento y saberes yanaconas”. Entre los trabajos de su autoría se cuentan: Cantos de amor para ahuyentar la muerte; Yo Yanacona, Palabra y memoria; y El colibrí de la noche desnuda y otros cantos del fuego. Sus poemas han sido publicados en diversas revistas y periódicos, así como en la Antología de Literatura Indígena de América (Chile, 1998). Actualmente trabaja en talleres relacionados con la reivindicación de la palabra y la hoja de coca, y en la propuesta sobre “Oralitura y resistencia desde las comunidades indígenas del Cauca”.

Poemas

Nadie oyó, nadie vio, nadie sintió

Mataron a un muchacho en una fría mañana,
entre silencios y sombras de la oscuridad
dicen que un gorrión cantó en las altas horas de la noche
y que en algunas chozas el humo salía anunciando tristezas
pero nadie oyó, nadie vio, nadie sintió
y todos preguntan
¿quién diablos mató a este muchacho?

Corre el rumor por entre los cerros y las veredas
corre la gente, corre ese aire de muerte
que ya parece tan normal…
lloran los taitas y las mujeres
pero nadie oyó, nadie vio, nadie sintió.

En lo alto de la quebrada yace su cuerpo
su ruana rota, su mano inerme,
sus dientes bien ajustados
y una bala entre su cuerpo

En los caminos sueltan palabras de amor al muerto
palabras que recuerdan “la bondad de los muertos”
pero aquí nadie oyó, nadie vio, nadie sintió.

Algunos se preguntan:
¿por que debió madrugar?
¿por que debió salir tan solo en este aire de muerte?
otros dicen que los perros sí lo sabían
que estos merodeaban por la plaza del pueblo
mostrando sus dientes y desafiando a la gente
y que alguien sabe quién lo mató
pero nadie oyó, nadie vio, nadie sintió.

Ya llevan a este muchacho entre un cajón
mientras todos se miran sintiendo que
cada uno tiene su culpa
cuando no se oye, no se ve, ni se siente.

 

Palabra del abuelo

Palabra de abuelo —no sigas a ese pájaro gris—,
que es espíritu y lleva al despeñadero,
es pájaro de muerte.
Palabra de abuela —no juegues con fuego—,
que hace orinar en cama,
es frío dentro de cuerpo.
Palabra de Taita —haz caso al abuelo—,
hay que pagar pa‘ cazar.
Palabra de mamita —haz caso a la abuela—
hay que pagar para jugar con el fuego.
Palabra de pájaro gris —abuelo de mal agüero—,
es hombre desconfiado.
Palabra de fuego —abuela de mal presagio—,
es mujer maliciosa.
Palabra de mi corazón —bienvenido el misterio—,
alienta este canto.

 

Tiene vida

Tiene vida nuevamente el pajonal untado de rocío de mis sueños

Tiene vida nuevamente el pájaro desterrado de su nido

Tienen vida nuevamente las dulces palabras de noche florecida

Tiene vida nuevamente la duda del hermano

Algún día hablaré.

Diré:
No estoy solo entre nosotros
Estoy aquí a la vista, buscando en el pajonal,
Buscando en los cantos de los pájaros
Desnudando dulces palabras en la noche
Despertando al desmemoriado,
Floreciendo,
Floreciendo,
Floreciendo…

 

Todo está dicho

No tengo nada qué decir sobre el tiempo y el espacio que se nos vino encima;

Todo está dicho.

Que hablen los ríos desde su agonía, que hablen las serpientes que se arrastran por las ciudades y los pueblos, que algo digan las palomas desde sus ensangrentados nidos;

Yo, Hijo de las tierras ancestrales, no tengo nada qué decir;

Todo está dicho.

Esos soles transcurridos también algo tendrán en su memoria

Aquellas lunas que lloran con la lluvia algo tendrán en sus recuerdos de amargura

Los árboles, los peces, el último arco iris dorado
Ellos tendrán algo entre sus quejas

Yo, hijo de los dolores y esperanzas, nada tengo que decir;

Todo está dicho.

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Espíritu de pájaro

Estos son cantos a la madre tierra en tono mayor
son susurros que vienen de bosques lejanos
aquellas palabras esquivas que buscan ser gota en el corazón humano
Son tonos suaves como si dijéramos:
“Vamos en silencio por los caminos húmedos de la vida
la hierba de la esperanza nos saluda entre la noche y sus sombras
nuestras huellas se abrazan a la tierra y el granizo canta
entre las hojas del árbol
somos el fuego de estrellas que se desprenden de la bóveda azul
anunciando el nuevo tiempo
aquí estamos tejiendo el círculo de la mariposa amarilla
sembrando agua en los lugares desiertos
en fin somos espíritu de pájaro en pozos del ensueño”

 

Gota de la noche

En aquella gota de agua cristalina
que se desprende de una hoja al amanecer
se van las preguntas y enigmas de la noche
los amores escondidos,
los susurros y poemas de algún enamorado
que se creía solo
bajo la luz de la luna
aquella gota de agua cristalina
rueda sobre una verde piedra
y toca mi alma roja
de donde brota una flor del color del firmamento;
aquella gota de la noche
es mi alegría y mi pena
es la niña que cuido
en ella vive la flor que
acompaña estos silencios.

 

En mis sueños

Así como la sombra va pegada a mi cuerpo
alargándose y constriñéndose
tu vas adherida a mis sueños
partiendo y llegando por los caminos confusos, opacos,
desiertos;
te diluyes a veces en mi memoria
pero tus labios rozan el cuerpo de mis ensueños
y solitario en el mundo
me aferro a tu aroma
de aromáticas hierbas.

 

Sueños

Dichosa la noche
dueña del sueño desnudo de la hierba de páramo
porque es libre en lo alto de la montaña.
Dichosa el agua
que hace crecer las flores de esta tierra amenazada
porque ante la muerte otorga la belleza.
Dichoso el abuelo
que tuvo tiempo de morir y cantar en medio de la guerra.
Dichosos los sueños de la gente de la tierra azul
porque son de tambor, de río, de pechos de mujer,
de terca raíz que esquiva la muerte…

 

Cantos de arco iris

Mis cantos son de arco iris
Y llegan desde el palpitar de la montaña
Vienen envueltos en lluvia menuda
Que golpea en el rostro
Como agujas
Mostrando los duros caminos de la vida
Los que debemos transitar
Antes de llegar a la posada eterna
en donde no hay luz ni camino.

 

La cabeza

Y desde la madre tierra hablo…
No hemos muerto dijo una cabeza
Estamos en el silencio de las estrellas
En el cielo azul y la nubes rojizas
En el silencio de la noche
En la pluma que habla sobre el agua
En la cascada que golpea la piedra
Estamos como ayer
En lucha interminable.

 

Cantos de la tierra

De maíz son mis cantos y de agua mi esencia
canto hoy como antes cantaron
como terca semilla que se niega a la muerte
así como gota que alimenta la fuente.
De maíz: cantos, agua, esencia…
vivo hoy con la siembra de ayer
como espiga madura que florece en la tierra.

 

El pájaro color arco iris

El pájaro color arco iris, surcador de los urcos
cantador de la lluvia
partió del nido y no ha vuelto aún. No hay canto
sobre los altos jiguas, ni colores fugaces sobre el firmamento;
sus nidos de redondas puertas se enfrían cada noche y
árboles lloran el tamborear de los picos.
Qué triste es partir de la tierra que nos dio comida,
del viento que nos vio jugar sobre las verdes pambas
de la noche y la luna jugando con nuestras sombras
de aquellos caminos que agitan el alma.
El pájaro color arco iris, tú y yo
y otros yanaconas se fueron del nido
emigraron buscando nuevos caminos o
huyendo de la escasez de la chagra;
partieron sin partir de la madre
huyeron sin huir del fuego hecho placenta.
Algún día volveremos desde el techo de hierro;
huyendo del áspero sabor del aroma y
el ruido que carcome el cuerpo. Volveremos cantando
como el pájaro color arco iris que nos mira desde la distancia,
volveremos para besar los tapukus, para animar la vida de Jukas
que en los bosques gime,
para irnos a buscar la serpiente que bulle sobre los Yakus
para seguir siendo pájaros que anidan el alma.

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