Gabriela Vargas Aguirre

(Guayaquil – Ecuador, 1984)

Mención en el V Premio Nacional de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño. Ganadora de los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura y Patrimonio 2016 – 2017 con los que publica su primer poemario “La Ruta de la Ceniza” con la editorial ecuatoriano – argentina “La Caída”. Ha participado en la Feria Internacional del Libro de Quito y de Guayaquil; VI Festival de Poesía de Lima; Festival Latinoamericano de Poesía Tea Party en Chile, entre otros. Ha sido publicada en las Memorias del Festival Internacional Desembarco Poético (2012, 2013, 2014); Bandada: Actualidad de la Poesía Ecuatoriana (2014); Mujeres que Hablan (2015); Antología del Tea Party (2016). Otros textos suyos aparecen en editoriales cartoneras de Bolivia, Perú, Ecuador y México y revistas digitales e impresas.

 

 

 

 

10 mg.

Alguna vez el movimiento circular del cielo marcó la medida del tiempo

y sobre cada minuto se alzaron cientos de alas como un gran cruce de cometas redentoras

Quien mejor para circundar el aire que los pájaros de cartón que dejamos cultivar

debajo de nuestras lenguas esas noches de intenso calor de mayo

y ciertamente era mayo y era tarde

y ciertamente los pájaros en llamas se llevaban nuestras partes que aún quedaban

con vida y tejían una luna borrosa sobre el río, que era la única entrada al paraíso

que nos quedaba.

La dormidera avanza como un tropel de aves sin memoria

hacia ese nido estelar de glifos desenfocados que es el sueño

se desinflan los cuerpos como un balbuceo

Con toda la bandada que se deja morir bajo las sábanas

Dejamos los ruidos alejarse para apagar la luna con un leve movimiento de muñeca.

 

 

Plana

Los poetas caminan entre la gente y la gente los mira con cierta falla

Los poetas caminan dejando un murmullo detrás nuestro que luego es pájaro y luego un dragón de papel en llamas.

Los poetas caminan con una convicción rabiosa hacia un nido de palabras detrás de todas las constelaciones.

Los poetas caminan de espaldas porque siempre están mirando el pasado.

Los poetas son como dioses envidiosos aun cuando cada uno NECESARIAMENTE ve la poesía de una forma distinta.

Los poetas caminan por encima de todos los cielos y muy por debajo, donde viven.

Los poetas caminan por las paredes por una cuerda floja de caramelo.

Los poetas caminan soñando porque de chicos les cortaron las alas.

Los poetas caminan, se pisan entre ellos, caminan y se pisan caminan y se pisan,

caminan se chocan se pisan.

Los poetas caminan alucinando con que serán inmortalizados.

Si usted va caminando y de pronto se le ocurre una idea que piensa puede ser poética,

cambie de idea, ser poeta hoy está mal visto.

 

 

 

 

Contemplación

 

Siempre estabas mirando por la ventana

el edificio naranja que en las mañanas se desarma

en distintos tonos naranjas cuando el sol golpea.

Siempre, de afuera se acercaba remando un ruido

que burlaba las espirales del incienso

(a veces jazmín, a veces mirra, a veces rosa)

que invadía tu cuerpo de nave

que se parqueaba siguiendo otros itinerarios

con otras familias

en una quinta luna

celeste luna (en otros dialectos: CHANDRA)

mientras con mis pies chuecos

intentaba colarme en tu viaje.

 

Siempre estabas mirando por esa ventana,

precisamente aquella ventana

con toda la cabeza envuelta en chales

para amarrarte de alas al nido.

“Es para no dejar que se salga el cosmos”, me decías

encaramada en la persecución de una excusa para matarte(me)

para pensar, indagar, creer y aferrarte

a un mantra que está detrás del vapor de una nube

en el altar de Dios con cabeza de elefante

lejos, donde las estrellas se vuelven azules

se enfrían

titilan y mueren.

***

Cualquiera que nos hubiera visto

desde afuera habría creído que éramos felices

 

***

 

Anochece y sigues pegada a la misma ventana

y a veces está cerrada

y a veces su reflejo te aclara y me deja verte más adentro

y te miro por encima

y te ves más distante que otro planeta

y te miras en el espejo

y la cara te cambia

como si te hubieran apretado lo que te quedaba de alma

en otro pedacito de espacio en el que te deformas

y se te caen las manos

y la boca

en la contemplación de tu ser de agua

que busca fundirse con dioses vestidos de seda

(a veces índigo, a veces celestes, a veces azules)

de múltiples manos

y uñas pintadas

(a veces rosas, a veces rojas, a veces dedos en llamas)

que entonan flautas y danzan al ritmo de tambores

y entonces mi corazón se apaga

porque no contemplas tu sangre

derramada en el piso,

y mis manos te buscan y solo siento

 

el sonido primordial que eres y somos:

la nada y el blanco.

 

***

He querido saltar por esa ventana

todas tus ausencias

todas las veces.

 

 

 

 

 

 

Los insomnios o del miedo a la luz

 

Una madre aprende a conocer a sus hijos cuando duermen. No me gusta la luz, le dije.

Los niños sueñan con un sitio en el que los colores hablan,  le dije.

Tengo insomnio madre, el peso de una cascada en llamas me parte la espalda.

Tengo insomnio madre, el pasar de un jaguar es la inquietud que habita mis rodillas.

Tengo insomnio madre, todos los guerreros a mi lado están poblando las cruces, que también son sus camas.

La madre no puede conocer a un hijo que no duerme, porque mis ojos se cierran cuando aparece un punto rojo en la ventana.

Yo veo cómo descansan los muebles de la casa en las sombras, yo veo apagarse la ciudad y el drenar de las calles, y todo se vuelve pardo y quedan solo sus verdaderos habitantes: yo habito en una cabeza que puede ver en la noche, la bruma y el humo, yo habito bajo la piel que se muda del calor al frío cuando los días están soleados, yo habito en la ceguera cuando las balas perforan mis pupilas y me dejan a tientas, no duermo en las noches, madre, no me conoces, madre, me perdiste cuando hiciste un pacto con los cuervos, ahora ellos cubren mis ojos con sus alas cada vez que amanece.

De La Ruta de la Ceniza (2017)

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