Gerbasi, el inmigrante

por Hellman pardo

La llegada del surrealismo a Venezuela comienza con el grupo Viernes, tan influenciado en los años 30 por el movimiento literario francés de aquella época. Luis Fernando Álvarez, José Ramón Heredia y Vicente Gerbasi fueron sus integrantes más representativos. Sin embargo, es Gerbasi quien logra verdadero reconocimiento más allá de las fronteras de su país. Poeta de la desolación, de la memoria en la infancia, somete el lenguaje a un estado de calma, como si las palabras pasaran por un viento insomne. De su bastísima obra, me detendré en el libro que “conmociona a cualquier idioma”, en palabras del crítico Iribarren Borges, y es Mi padre, el inmigrante.

Hijo de inmigrantes italianos, Vicente Gerbasi llevará el peso de una nacionalidad que no es la suya, pero que le pertenece. De esa pertenencia ajena, de aquella condición de “venezolano con aires de Italia”, como diría en algún momento su entrañable amigo Otto de Sola, perduran los diálogos con su padre Juan Bautista, quien muere en Canoabo, en el estado de Carabobo, donde nació Vicente. Es el primer gran golpe para el poeta. Aquel dolor perdura para siempre. Estallada la Segunda Guerra Mundial, Gerbasi siente a Italia por todas partes y, con aquella nación distante de él, vuelve su padre como la transfiguración de un mundo perdido. Al terminar la guerra publica, con la desesperanza a cuestas, un libro que emociona a la literatura venezolana, y que sin duda lo sigue haciendo. Mi padre, el inmigrante, es un extenso poema dividido en treinta cantos. Obra fundamental de su poesía, es un libro del dolor transformado. No hay angustia en sus líneas; la punzada de la muerte no se asoma. Venezuela está en cada palabra, en cada imagen sostenida. Leyendas, mitos, espantos, aldeas con su aroma a luciérnagas. Así anuncia Gerbasi su tristeza, entonces, al recordar la ausencia de su padre y no contemplar de nuevo esa nueva patria “la frente va perdida, como ráfaga fría / por la humedad nocturna de los espantapájaros / ¿Cuándo sale de ti mi oscuro andar?”.

En otros apartes, más festivo, nos dice que “tu aldea en la colina redonda bajo el aire del trigo / frente al mar con pescadores en la aurora, / bajaban por el césped los almendros de la primavera”.

Algunos críticos anuncian de Mi padre, el inmigrante, que es un libro lleno de apuestas fáciles, plagado de reiteraciones. Penosa lectura, respondería sin aspavientos. Las aliteraciones y otros recursos, aparentemente elementales, responden a una necesidad de su lenguaje interior.

Obra de una belleza inusual en la poesía venezolana, sin componentes efectistas, es Mi padre, el inmigrante, un hondo poema que cuestiona la mirada del hombre en su realidad equívoca, en la deformación de su simple permanencia. Para Gerbasi, en Venezuela “un viento vegetal lame las peñas, / húmedas lumbres vagan por el río, y tensos pasos hunden / las flores de la noche en la memoria”. La memoria de lo perdido, el recuerdo de lo indecible.

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