Lucía Estrada

(Medellín, Colombia, 1980). Ha publicado los libros de poesía Fuegos nocturnos (Medellín, 1997), Noche líquida (colección del Ministerio de Cultura, San José de Costa Rica, 2000), Maiastra (El Tambor Arlequín, Medellín, 2004), Las hijas del espino (1a ed.: Cobalto Ediciones, Medellín, 2006; 2a ed.: Hombre Nuevo Editores, 2008), El ojo de Circe (antología, Colección Un libro por centavos de la Universidad Externado de Colombia, 2006), El círculo de la memoria (selección, 1a ed.: Lustra Editores, Lima, 2008; 2a ed.: Festival Internacional de Poesía de Costa Rica, San José, 2008), La noche en el espejo (Fundación Gilberto Alzate Avendaño, Bogotá, 2010), Cenizas de Pasolini (Editorial Pequeña Alejandría, Medellín, 2012), Cuaderno del ángel (Sílaba Editores, Medellín, 2012) y La noche en el espejo y otros poemas (Letra a Letra, 2015). Con Las hijas del espino obtuvo el Premio de Poesía Ciudad de Medellín (2005). Formó parte del comité organizador del Festival Internacional de Poesía de Medellín entre los años 2003 y 2007. Miembro del comité editorial de la revista Alhucema de Granada (España). Sus textos han sido traducidos al inglés, alemán, francés e italiano y difundidos en diferentes antologías de Iberoamérica.

POEMAS DE LUCÍA ESTRADA

El círculo del poema

Cada poema abre otro silencio,
recorre las estancias últimas
de la palabra
para volver al todo.

Se precipita en el vacío
después de circular
de mano en mano,
de labio en labio
hasta que no queda ningún vestigio
de la sangre que acuñó su moneda.

Cada poema
un desafío al ojo atento
en el instante justo
de la caída.

Éxodo

Aquello que no ha sido tuyo, la palabra que pudo ser y escapó del poema, la mirada vuelta hacia el muro que te separa de la otra orilla, el gesto efímero, las visiones suspendidas en el vacío bajo un sol de mercurio, es lo que ahora llevas contigo en la huída: tu equipaje.

Tras la nube de fuego, en el polvo, volverás a tu centro.

Maiastra, XXI

Entro en la fiebre. Desde mi ventana veo el nacimiento de los mares, colinas que la espuma reviste, novias muertas, sumergidas. Temo ser encontrada con esa visión, que descubran mi deseo de correr tras una legión de ahogados. El cuerpo se pre-cipita, resplandece. Soy una con el todo; los pies me liberan del camino. Convulsa la espada, el oro del estanque. La llama va en ascenso, corta el hilo de la resistencia. Hay una mano perdida para la escritura, otra que la rescata. No la teje, sólo cuida de la verticalidad del sueño. No paro de caer. Mira esta lluvia malva: ha encontrado otro linaje, un anticipo místico, un animal de fondo que se recuerda y nos recuerda.

Es el frío, la exaltación, la mano que te abre, y el goce.

No sueltes la flor.

Maiastra, LVI

Separo por un momento el agua del pozo: no quiero más su reflejo, su caravana espectral. Al fondo, una legión de aves desconocidas inicia el canto de las formas que no se repiten, y quieren enseñármelo, liberarme de mí en la espiral que conduce al propio abandono. A lado y lado están los seres reunidos en sabias jerarquías. Van quedándose con mi cuerpo: primero un pie, después los brazos, la cabeza y el cuello en la vasija de los más jóvenes, y el lugar del corazón, el centro, bajo la corona del águila. Al buitre reservan mi vientre. Hay en esa labor de condena una música que debo conocer.

Seré pájaro como ellos, mitad vacío, mitad intemperie, mas, en mí, también serán los otros.

Pregunto el nombre de esta unión, de la gran sinfonía que comienza y vuelve a comenzar, y como respuesta, el agua se arquea sobre el pozo, clara, brillante, más allá de mi deseo, y me permite, nos permite cruzar.

Cósima Wagner

Ofreceré mis ojos
al paso de la yegua nocturna,
ofreceré mi fiebre,
el arco de la medianoche;
porque tú estás al fondo,
porque es tu imagen
la que se oculta bajo el yelmo.

Una danza mortal
en el vientre blanco
de los sonidos que se cruzan.

Somos ángeles enraizados
allí donde nadie sueña.

La casa está vacía
y el oído.
Puedes entrar a galope
en el reino de los timbales
y las flautas.

Puedo morir
para que la música
siga en ascenso.

Zelda Sayre

Como no vendrás a la cena de mis muertos,
ni sabrás para quién cavo esta tumba,
pongo desde ya
bajo tu lengua,
la hostia viva de mis alucinaciones.

Cada quien tomó su camino,
de izquierda a derecha
el más profundo.
Cada quien siguió atado
a la cinta mortal de su locura.

Escribe para que no vuelvan,
que yo comeré y beberé, como Alicia,
el rojo resplandor de la fiesta,
mientras el mundo termina de cerrarse
sobre mí.

No te asombre
si nuestras palabras
no son las de antes,
si nuestro destino, tal como se construye,
nos golpea el rostro y nos hiere
y nos deja completamente ciegos.

¿Qué hacer cuando ellos nos empujan?

Esa legión de ángeles ebrios,
terribles como el rostro
que se refleja por última vez.

No tardes.
Ya nadie nos espera.

***

Sólo un gesto para saber que todo se corresponde,
que no estamos en orillas opuestas.
Que todo nos viene de nombrarlo,
de creer en lo que no se conoce,
en lo que juzgamos niebla y abismo.

Que todo huye de la muerte y así va por el mundo.
Que la vida es lo que siempre queda al final de la página:
ese temor de sabernos, de insistir en el vacío que se deja
entre una línea y otra
para señalar lo imposible.

***

Cuando la noche se inclina y parece que pronuncia tu nombre,
hundes tus manos en la oscuridad
y buscas a tientas el cuerpo inabarcable de tu memoria.

Ese pálpito en la punta de los dedos,
la densa respiración de todo cuanto existe, te obliga a permanecer en la sombra.

Ninguna imagen tiembla en el espejo. Ninguna superficie se apiada de ti.

Todo está vuelto sobre sí mismo
y nada consigue reflejarte. Una pausa, y el tiempo detenido
cae sobre tu silencio.

Cuántas palabras a punto de oscurecerse bajo tu lengua.
Cuánto deseo en los ojos que se abren por última vez.

Apártate un poco y comprende que nada podría ser el inicio ni el centro
en este cuarto cerrado. Que todo será dicho de golpe
en mitad de la sombra
y muy lentamente.

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