Lucy Cristina Chau

(Panamá, 1971).  Poeta, narradora, docente e investigadora en la Universidad de Panamá, además de traductora y locutora independiente. Escribe una columna semanal de literatura y temas socio-políticos en periódico El Siglo y colabora con diversos proyectos artísticos y sociales a nivel nacional e internacional.  Ha participado en distintos encuentros y festivales literarios, así como en antologías y revistas literarias en América, Asia y Europa.

Ha publicado los poemarios Mujeres o diosas de la editorial Casa de Poesía en Costa Rica (2011), La Casa Rota (Premio Nacional de Poesía Ricardo Miró 2008) y La Virgen de la Cueva (Premio Nacional de Poesía Joven Gustavo Batista Cedeño en el 2006) de la Editorial Mariano Arosemena del Instituto de Cultura de Panamá,  el libro de cuentos De la puerta hacia adentro  (Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2010) de la Universidad Tecnológica de Panamá y el poema IndiGentes de edición propia.

 


Poemas

 

Migración

 

Las aves migratorias no son ilegales,

porque los pájaros no pagan impuestos,

ni levantan estructuras que se hipotecan

o devengan salarios que se embargan.

 

Los delfines viajan libremente por los mares

hasta que el acuario de la Florida

los necesita para el crecimiento

de la siempre frágil industria hotelera.

 

Los monos aulladores viven entre los árboles,

construyen comunidades de aullidos feroces,

hasta que la industria maderera exige que se muden

y dejen su hábitat en lo profundo de la selva noble.

 

Las palomas habitan los campanarios y los tejados

hasta que un edificio más alto les corta el vuelo cotidiano

y subyacen en las plazas con semillas bondadosas

y restos de agua contaminada.

 

La gente, que no sabe todas estas cosas,

piensa que las aves han enloquecido,

que los delfines quisieron conocer la costa

y que los monos aulladores

no conocen las reglas de la convivencia.

 

Por eso, cuando emigran los pájaros,

los peces y las mariposas,

en mi país olvidan,

que la abundancia

reside

en la mente

de quien la imagina.

 

 

 

corazón

 

ese niño va

con el corazón a la vista

a todos lados,

se le notan los latidos cuando camina

 

si se descuida, uno puede

hasta contar sus sobresaltos

 

todas sus taquicardias

se reconocen desde lejos

 

me dijo – con manos temblorosas

y pupilas dilatadas –

que el amor es terror

que ni el cine

no pudo imitar

 

los expertos coinciden en la perplejidad,

pero no se atreven a confesar la melancolía

 

no me queda más remedio,

verlo llorar será un abismo

que debemos cruzar

con los ojos cerrados

 

no habrá manera de prepararse

para las tempestades,

será la forma en la que cruce sus caminos

 

pero su risa,

drakkar bañado en verdad

abrirá los puertos prohibidos para los navegantes

y retornará, delirante de gozo

el sentido verdadero

de estar con vida.

 

 

 

El altar

 

Si yo hiciera para mi un altar

en una esquina de la casa

–  visible, claro está –

para poderlo ver

desde la entrada

y al cerrar la puerta;

 

si estuviera obligada

a colocarme flores,

frutos frescos,

vasos con agua, joyas,

y una que otra seña

de las cosas que quiero;

 

si yo me viera forzada

– por razones de culto –

a mantenerlo limpio,

asumiendo a la vez

la tarea de hacerlo

un altar envidiable,

una parada obligada

y que los visitantes

mirasen de reojo,

con cierto respeto

y reverencia

ese altar

endiosado

conmigo en el centro;

 

si yo lo hiciera,

me rendiría el tributo cotidiano,

me pediría cosas imposibles;

si me las concediera,

me daría las gracias

incontables veces

me compraría regalos,

me otorgaría un diezmo,

saldría a buscarme más flores,

más candiles,

no dejaría que nadie

ignorase mi presencia,

mucho menos negarme,

descreerme,

insinuar que no existo,

dudar de mi poder,

olvidarme.

 

Si yo creyera que existo

que soy

por lo menos una diosa,

viviría en ese altar,

pero saldría

todo el tiempo a pasear

entre los vivos.

 

 

 

Puntualidad

 

Mi padre me enseñó  a no ser puntual,

he llegado tarde

a todas las cosas importantes de mi vida;

 

pero todas

– sin excepción –

me han esperado

puntualmente.

 

 

La casa que fui

 

La casa que fui

no tiene puertas,

ha dejado salir

al habitante.

 

 

 

La negra

 

Hay una negra detrás de mis años

que mueve mis caderas cuando bailo.

Hay un hechizo que sucumbe a mis ojos:

la magia de la isla y el continente.

 

Me rindo con mi pelo rizado,

no le doy vueltas a mis labios carnosos.

Cualquier clase de tambor me pone el toque,

yo le contesto con aromas diferentes.

 

Diosa, cumbia, samba, mambo,

no tiene nombre todo el ashé que enciende.

 

Acá llegó mi máma diciendo que era blanca,

y nadie le creyó cuando nació la negra.

 

 

 

 

El tren que perdí

 

Era yo,

de pie junto a los rieles del tren

que había perdido.

Lo perdí ayer, cuando dieron las doce

y nadie había tocado mi puerta;

lo perdí siendo niña, frente al príncipe bueno

del libro de cuentos;

lo perdí la noche en que el hombre

me negó como su huella.

 

Mi madre jugaba a las muñecas

con calcetines viejos,

pero las abandonó

por la penumbra de su herencia,

y otra vez perdí.

 

Hace tanto tiempo

un barco sombrío encalló en la arena,

y mi abuela fue expulsada con rabia de ese vientre

que sólo paría desconsuelos.

Allí perdí no sólo el tren,

sino el camino a la infancia.

Yo, que venía esperando nacer en la llanura,

iba a perder sin saber

por qué Ikele no se despidió de su Yimbé.

 

La noche empezó llevándoselo todo

(sólo en la punta de mi dedo

encontrarán la clave),

el frío se apiadó y me hizo compañía,

hasta que fue creciendo el sonido de los rieles.

 

Hoy he sido yo de pie frente al tren,

lo vi partir

no tuve miedo,

porque sé

que hace más de un siglo

lo perdí.

 

 

Adioses a las diosas

 

La presintió diosa

y tuvo miedo;

 

la descubrió rotunda,

la intuyó perfecta,

y quiso encarcelarla bajo el tono de su voz.

 

La sombra de su cuerpo infinito

lo sumergió en el miedo.

 

 

Toda su fuerza poca

ante el destino,

yugo maldito de sus labios,

perdición de mirarla,

voz arrogante – aún cuando tierna –.

 

Muerte a cada momento en ella,

muerte con su orgullo,

con su ardor de estrella;

contra su llanto, piedra

sus hijos han de ser también

su condena.

 

Ya están en casa,

odiando a sus ancestros;

ella cocina entre culpas,

él mata cada instante

con indiferencia,

ella acaba por negar su origen,

él ha matado a la diosa,

y oculta su llanto

debajo la mesa.

De Mujeres o diosas (2011)

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