Mauricio Contreras

MauricioContreras-C(Bogotá, 1960). Poeta y ensayista. Fue por varios años director de publicaciones de la Cooperativa Editorial Magisterio. Es autor de los libros: Geografías (1988), En la raíz del grito (1995) y De la incesante partida, Devastación y memoria (antología). Su libro La herida intacta, obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Ciudad de Bogotá-2005”. Como traductor ha publicado los libros La poesía está muerta Juro que no fui yo, del poeta portugués Jose Paulo Paes; Dos poetas en lengua inglesa, versiones de los poetas Owen Sheers y Vikram Seth, y Dos mujeres y una lengua, versiones de las poetas Menna Elfyn de Gales y Tishana Doshi de la India. También ha escrito y publicado en diversos medios de Colombia y el exterior numerosos ensayos. Además se desempeña como investigador en pedagogía, campo en el que ha publicado varios libros. Ha publicado también libros para niños y adolescentes, entre otros, Roger, el Tigre que perdió sus Rayas; Camilo, el Caimán Llanero, y Alicia y el dragón que moría de amor. Con el poema aquí publicado obtuvo el Primer Premio en el Concurso De Poesía Casa Silva-2015.

 

 

POEMAS DE MAURICIO CONTRERAS

 

 

Desierto delirio

 
I.

 
“¿Con qué albedríos viaja este muchacho?”, preguntan los guardianes de la esfinge cotidiana.

“No viaja. Se fuga por entre pasillos, cuartos, ventanas y genuflexiones que se repiten incesantes. Huye de su casa, de su infinita casa de ausencias y de su ejercicio minucioso por echarla abajo”, dice alguien a su paso.

Quizás una mujer que aún lo acuna entre murmullos y plegarias.

Huye el muchacho queriendo borrar las fronteras que lo alejan de su padre, una sombra inmensa. No está por demás escapar de esas redes prioritarias, descansar bajo altas techumbres de paciencia, atracar en playas de espasmos tiernos, de aguas fértiles a la intemperie del dolor.

Quizás se aleja entre jadeos de dios como el sol yaciendo en sembrados de granizo, chapoteando hacia orillas lejanas de palabras sin certeza.

¿Con qué albedríos viaja este muchacho entre limoneros y desastres?

Sentado en las escaleras del parque el muchacho es un colibrí inmóvil en su aleteo. Cansado de hablar consigo mismo sabe que no hay respuesta. O que simplemente yace en el nombre ausente del padre.

“Si el horizonte reclama aclaración y la vida es una larga tira que si no la cortas se pudre o se quema, ¿por qué siempre el rumor aquel de ser furia que suele reír ante el espejo?”

“Usaremos la herramienta de espera”, dice y el colibrí se desvanece en el rojo de la tarde.

“Cuando llegue el tren lo hemos de ignorar para que se lleve su camino de inmensidad. ¿No ves que pronto comenzará lo interminable? y ni qué decir de esta lujuria que deambula por las callejuelas del dolor y se echa a dormir como un perro en los rincones de mi cuerpo”.

Sofocado por la resaca de la fiesta siente que el mundo vacila y vislumbra en el aleteo del colibrí el destello de un dios aún sin nombre.

De sus labios fluye una canción que escurre por su cuerpo de piel alucinada.

“Apúrate mujer que la muerte ha de llegar y quiero besar tus senos flotando como dos gaviotas morenas”.

Sus manos se abren derramando puñados de cielo.

“Apúrate muchacho que la muerte ha de tornar y quiero gustar tu aliento voraz”.

Un griterío de mirlos huye hacia las lomas cercanas y ahoga su canción amarilla como la sustancia viscosa que espuman sus labios exhaustos.

“En medio de la devastación no intento salvarme, sólo jugar a la tempestad”.

 
II.

 
De tanto hablar consigo mismo el muchacho se ha vuelto muro. Una voz honda, un dolor atávico que no puede ahogar en alucinógenos, tatúan su piel tersa.

“Ignoro lo escrito en mi cuerpo. ¿No lo sabes? Estoy huyendo de la memoria mi único argumento. ¿Dónde la entrada lejana y un poco humilde de mi extravío? En las orillas de tu cuerpo será más cálida”.

El júbilo y la nostalgia arden como fósforo encendido y el muchacho mea en la esquina arrojando su epitafio.

“¿He de conversar con los dioses en otros tiempos? ¿Siempre hay horas más exhaustas? ¿Otros límites codiciados por el placer?”

Bajo la sombra inmensa de un urapán, creciendo solitario en la madrugada como el mar, arroja volutas de su pipa delirante.

“¿Cuál es mi nombre?” balbucea tropezando en sus enormes alas y la respuesta es la voz ausente de su padre en la casa de cuartos altos a punto de venirse abajo.

Los vientos alisios avientan la plegaria de sus labios exhaustos.

“No me des verdades hostiles ni prólogos de fantasía ligera, lamentables son las horas de intemperie donde galopan mis lebreles y en algún final de pasillo los roedores gimen. Compartir el dolor, el goce, los bordes inciertos”.

 
III.

 
Como un delfín el cuerpo del muchacho se agita en aguas de madrugada y los paramédicos no encuentran dónde aposentar tantos sueños turbulentos.

“Penumbra insobornable déjame que te esculque”.

Los segundos se desvanecen en sopor de cloroformos y las horas son bestias lerdas. Los médicos corren sudan intentan apaciguar el quebranto, entran en el éxtasis de sus propias medicinas.

Una arteria que remendar, gestos amables, una fístula que drenar.

Entre tanta devastación quirúrgica un delfín se agita en aguas de madrugada. Cuerpo inmaculado entre gasas y ortopedias.

Y las enfermeras locas de un poema hospitalario se enamoran del muchacho.

 
IV.

 
Un caballo habita el cuerpo del muchacho, en su grupa la noche desata una antigua cabellera de lenguajes mientras recorren la carretera circunvalar de la madrugada.

La ciudad es invadida por la hierba imperceptible que crece en los bordes del asfalto caliente, por cigarras sonámbulas que ocultan sus violines en apartamentos cegados de persianas, por gaviotas de un mar inexistente disputando con las olas de silencio, golpeando los arrecifes de su corazón.

La memoria refresca el parque tumbado en el regazo de las montañas que se prolongan
hasta el centro de la ciudad, con aroma de eucaliptos lavados por la lluvia.

Sus palabras vagabundas en el atardecer los conmueven.

Lo que quieres de nosotros nunca podrá ser, tus palabras son de madera resinosa, son de un árbol diferente. Nacen, crecen lejos, en los minutos que desatan los lazos del pensar”.

¿Es que acaso el sosiego encarna en el emblema virtual de mi delirio? ¿O en la apariencia no soportada que me arrebata?

¿Ser la exhalación de un dialecto nuevo rico en vetas luminosas como las mesas que salen de las manos de mi abuelo carpintero?

¿Desplegar rizomas memoriosos entre los altos árboles que se elevan enfermos en el cielo abierto de mis voces?

¿Era un caballo o un muchacho habitado por caballo o un caballo con cuerpo de muchacho sonando sus fuertes pasos en la ciudad abandonada?

En la grupa del caballo escapan la noche, el muchacho, la realidad mortal de mirar, tocar, ser sin entender ese son que cabalga en el estribo de su corazón solitario.

Dime muchacho, ¿cuál es el olvido que aflige tu memoria y se escapa en la timidez del encantamiento?

 
V.

 
¿Con qué albedríos viaja este muchacho por entre limoneros y desastres?, preguntan los guardianes de la esfinge cotidiana.

“Puedo sentir la marea que se aproxima para todos desigual, relampaguea sobre los techos como águila pescadora entre los desechos de la imaginación exhumados por los vientos alisios azotando los urupanes donde se enredan tus plegarias y mis cabellos, madre”.

“Tus manos dan lustre a tantas palabras arrojadas al borde de esta calle. Sigo sus huellas de tigre, aguas memoriosas, desvaríos de niña ciega persiguiendo el amarillo limón en los vitrales de sombra, en las duras facciones de mi nombre sin rostro picoteado por el águila incesante”.

“¿Será que por cosas inesperadas llueve fuego?”, susurra la madre mientras limpia el solar de escombros desde el inicio de los tiempos.

Me acerco a la orilla de tu noche y puedo ver el águila pescadora que huye sobre los dolientes arrecifes con las entrañas de mi nombre en su pico de olvido.

“Madre, ¿de qué instantes provienen esos destellos pregonando sabiduría?”

Si alguien me hubiera dicho que la infancia era este incesante acarreo de cántaros vacíos, este odio sordo por la abuela, este pájaro que surge y desaparece aleteando la infinitud de lo que no me habla.

O ese refugiarnos en sombras memoriosas de dioses que castigan o el hacer enmienda de rituales y abluciones sobre el asfalto o mirar la ventana vacía donde se afana una muchacha pecosa agitando en las sábanas el crepúsculo que se afana.

Larga calle en extramuros donde lo inerte, lo insaciable, derrama sus historias como quien saquea los bolsillos de la noche.

Si me hubieran dicho que esto era la infancia, siempre este vientre de amparo, sólo, siempre…

 
VI.

 
Si no es la nodriza de mis sueños ¿Quién peina mis cabellos con manos lentas y olorosas a esencias?

Si no es la muchacha que guarda las llaves de la noche ¿quién desnuda mi cuerpo entre bosques de niebla y limoneros floreciendo?

Si no es el aliento voraz de tus cinco lebreles desatados ¿quién alivia los cansancios de este cuerpo que ya no me pertenece?

¿O es preciso comenzar de nuevo a profanar la tradición, sentir el pasado por delante del presente y viceversa?

¿Quizás descubrir el asombro de ciertos rituales con los cuerpos viriles?

La multitud de generaciones azuza la esfinge cotidiana, desata su jauría de acertijos tras mi sexo que cabecea como un pájaro ebrio, vertiginoso y viceversa.

Si no el deseo ¿qué había entonces allí que no hay ahora?

 
VII.

 
Desnudo en un paraje yermo de la vida circunvalar, oculto entre los hierbajos que avanzan imperceptibles ladera abajo, cordeles voraces tatúan el cuerpo del muchacho.

Un negro cortejo de hormigas carga con sus ojos alucinados abiertos a la inmensidad de la nada. ¿O son los paramédicos y su cortejo de ambulancias? Advierte ese gesto irónico y se echa a reír a carcajadas.

Soy el pasado que ríe en las lágrimas de mi madre. Soy la estruendosa carcajada cuando la muerte suena su toc toc en esta puerta imaginaria.

En torno a la muerte podremos hablar siempre, taciturno el día en que la conocí lejana y tardía aullando en mi garganta. ¿Para qué llorar ahora que comulgamos la hostia de nuestros cuerpos inmaculados, tan humanos, tan vejados?

Mal habidas, estrictas, incoherentes, las normas de la impunidad indagan nuestra participación en frecuencias alternas. Verán que no hay tal luz. Sólo animales voraces no diestros para la embestida diplomática de cloaca, echados en la orilla de prioridades coherentes y perfiles lujuriosos, ataviados por un sinfín de pasos y de voces cálidas.

¿Encontrar la realidad es poder estimar este silencio que ya oscurece? ¿Es acaso la libertad eso que nos prohíbe ser más fuertes cuando la vida se desnuda.

¿O exclamar con sonoros brinquitos por el solar entonando verdad y devastación? No por idolatría, por pensar los énfasis.

Explicar y modificar. ¡Qué palabras!

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