Miguel Maldonado

MiguelMaldonado2015C(Puebla, México, 1976). Poeta, diplomático y editor. Doctor en Teorías de la Cultura y maestro en Ciencias Políticas. Premio Nacional de Poesía Joven Gutierre de Cetina 2005. Fue agregado cultural en Kenia. Fue jefe de redacción de la revista Revuelta y ahora subdirector de la revista UNI, revista de pensamiento y cultura de la Universidad Autónoma de Puebla. Ha publicado los poemarios: Poesía Magia corriente (Estraza ediciones, 2004), La carne propia (Colibrí, 2006), Ciudadela (Conaculta 2008), Los buenos oficios (Conaculta, 2010), S´attarder aux détails (Canadá, Écrits de Forges-Mantis Editores, 2011), Una gota (Tokio: One stroke, 2012, con diseño de Katsumi Komagata), Lobos (Taller Ditoria, 2012), 420 golpes / 420 Strokes  (Book Thug, 2012), Octavio Paz: Hommage et profanation (CNRS 2014), El libro de los oficios tristes (Monte Carmelo / Destrazas Ediciones, 2015), Bestiario (Aldus, 2015).

 

Poemas

 

El lavaplatos

Es el último
en la cadena alimenticia
Se come a veces
las mitades de pastel
dejadas por muchachas
arrepentidas del azúcar

De los arrepentidos es el pan del lavaplatos

No le preocupa
si han dejado sobras
porque están rancias
ni que se contagie
alguna enfermedad
por comer segundas

Su tristeza es otra
acariciar a su mujer
con las yemas de los dedos
arrugadas por el agua
sentir las cosas
con el tacto de un viejo

Solamente una vez a la semana
las cosas que él toca
las siente a su tiempo

De un día por semana es la juventud del lavaplatos

 

El artesano del vidrio

La flama del soplete
lo va dejando ciego
se promete renunciar
cuando falle la vista
No cumple

Si se protege con lentes parasol
enceguece a fuego lento
Le espera un cuarto oscuro
amarillo, decía Borges

¿Qué fuerza lo sostiene en la tragedia?
Si él no pretende la obra maestra
sus miniaturas no llegan a subasta
son para vitrina y esquineros

¿Lo ha hipnotizado
el fuego fatuo
causante de toda industria?

La graduación de sus lentes
aumenta cada tanto
cuando cambia de anteojos
funde el vidrio de los viejos
y lo usa en sus paisajes

Continúa hasta que el vidrio
encarna en sus entrañas:
sus ojos también
ya son de vidrio
uno que ya no sirve
para ningún paisaje

 

Lobo de mi?

Me soy por las tardes
sobre todo las tardes
un lobo
Me vuelven la mirada oblicua
la turbiedad que hay en los lugares de oficina
el despeinadero de banquetas
Me empecino en una blusa
en un misterio de las máquinas
Me vienen todos los olores a la cabeza
a limones los poetas

Me soy lobo
No el terror de los muchachos que juegan frisbee
no el que pone a temblar a las magnolias
Crecí en hocico para ocuparme de otra circunstancia
descifrar las intenciones del hijo de la mierda
del ilustre con sarna
¿Cuántos hijos de mierda tiene un hijo de mierda?
Como huelo doy

Me soy lobo
por las tardes, sobre todo las tardes
Ennoblezco a veces y acompaño al campo
Me río de las balas de plata:
cómo gasta la gente matando así a un lobo
que igual muere de mal golpe o de infección

 

Lobo de peluche

Señores,
Hay veces que el feroz se afelpa y duerme sintético contra un pecho adolescente que lo mima y acicala. Sus días se acomodan sobre la almohada, mirando inmóvil el techo. En esas horas botarga, recuerda heroicidades, noches en que corrió la falda de las tres de la mañana, rones famosos, vueltas rapaces a la esquina, yendo siempre hacia el origen de la música.
Envuelto en las cobijas, el lobo de peluche se conforma con enseñar audacias al gato de la casa, lo instruye en las posibilidades oceánicas de una madrugada y lo manda a practicar cada noche la lección.
El gato a su regreso le cuenta sus triunfos de barda y alcornoque, riñas y conquistas de tejado, y los ojos del lobezno de cuanto escucha se iluminan, se llenan de ilusión, mientras una quinceañera lo aprieta en su regazo, y no llora. No llora porque los lobos de peluche tienen ojos de plástico.

 

“Entrega?ndose, da?ndose a cada rato”

Saben que cuando intercambian
un chicle de boca a boca
han dado un gran salto

Pierden el miedo a los contagios
Se enferman

Tienen que verse a cada rato
porque ella olvida pronto
la elevación exacta de las puntas
para alcanzar un beso
y él su ángulo de inclinación

 

“Los amorosos son locos, so?lo locos”

Hay un embone perfecto
de la mano de él
en los entrededos de ella
El intercambio de salivas
la dirección hidráulica perfecta

Pero de pronto se sueltan
como si faltase
ese último apretón
ese ajuste
¡trik!
que uniría las piezas

Y andan como locos
su corazón se oye
como ruido
de pieza suelta

Lo intentan de nuevo
él entra a presión
pero vuelven a soltarse
y sufren
sufren de leves engranes
de acoplamientos fugaces
sufren

 

De la avispa

El aire viciado cristaliza a veces en agitadas y pequeñas partículas llamadas avispas. Los malos olores, las malas vibras se anudan hasta hacer avispas. La avispa es el dardo, el cielo es el odio. La avispa el colmillo, el aire la rabia.
Todo el odio vuelto grano, todo lo malo que se reconcentra, brota en avispa. La avispa es el agravio, el aire la intriga. También lágrima de una libélula recelosa. Acné de un canalla que se contiene.
Tirria de a gramo, astilla de enojo, miga de venganza. De avispas se infesta el ambiente si se concentra el insidioso en su maledicencia.
Poco sirve prevenirse de esta munición del mal aire, nos convencerán su contundentes curvas, sus líneas irrefutables. Más bella que ruinosa: pólvora caderona, perdigón cachondo, bala que salva.

 

Del rinoceronte

A Hugo Gutiérrez Vega

Cuenta la leyenda que a causa de esa piel pastosa, el rinoceronte perdió vuelo. Se dice que era un unicornio con serios problemas de peso, que dotado de enormes y relucientes alas y tras fallidos intentos, renunció al sueño de volar. Desde entonces, se amalgamó, hizo votos de tristeza ensimismada. Se sabe un Pegaso encadenado, un pichón que sufre encierro en pieles de alta seguridad.
Para que no se pegue un tiro, ciertas aves hacen compañía; se compadecen de su implume pariente lejano y fingen encontrar sustento en el cultivo de insectos sobre su lomo. Cuando un rinoceronte se decide a embestir, no hay quién lo detenga. Los locales del Gran Valle del Rift aseguran que lo único que podría contener el embate es una pareja dándose un beso —de las formas del besar, recomiendan el tipo apasionado, deep throat—; su rostro se agarza, sus entendederas tiran peso, el laminado se acebra, admite que no todo en él es masa corporal. Después de mirar el besamiento con curiosa inquisición, recula con vuelta a tres cuartos, sin causar esta vez estropicio alguno con el latiguillo de su giro. Se aleja meditabundo con un trepidante cabeceo a cada apisonamiento.

 

De la cebra

A Juan José Arreola

Nunca falta la gordita simpática del reino. Entre los félidos, la grupa de la cebra es la más preciada. Su cadera suculenta, la latiniza. Nada la salva del piropo: quién fuera garras para apretarse en esas ancas. Equivocó lugar, su natural era un juego de ajedrez o un recinto bicolor para pasar inadvertida. Pero el caballo injusto la despojó de su casilla en el tablero. El sueño de la cebra es de pastizales doble raya.
En la era a color, enemiga del blanco y negro, la de franjas delira con naturalezas de mosaico padece de nostalgia blanquinegra. En la planicie de la estepa, la damera siempre es carne a la vista, la mujer de la discordia. ¡Este muslo es mío!
Nunca se sabrá el color de fondo. No triunfa el color sino la mezcla, esta es su parte más latina.

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