Notas de un veterano del Festival

El próximo número de Ulrika esta dedicado a hacer una reseña histórica y afectiva del Festival Internacional de Poesía de Bogotá, que este año alcanza 20 años. Como abrebocas, va esta sentida nota del maestro español Jesús Munarriz, uno de los fundadores del Festival.

 

Notas de un veterano del Festival de Poesía de Bogotá

No sé en qué año coincidí con Javier Lentini en el Festival de Poesía de Bogotá. Fue en la última década del pasado siglo. Aunque nos habíamos escrito, apenas nos habíamos tratado con anterioridad (él vivía en Barcelona y yo en Madrid) pero la convivencia nos hizo amigos y dedicamos el tiempo libre a explorar juntos la ciudad. Poco después, en diciembre de 1995, Javier murió. Para un homenaje escrito que promovió para él su hija, la también poeta Rosa Lentini, escribí este poema que evoca algunos de los momentos que vivimos juntos en la capital:

 

Con Javier en Bogotá

Rescato de la niebla del recuerdo
imágenes, instantes de unos días
compartidos en la alta Bogotá:
aquel funicular que nos subió
al aún más alto Monserrate,
el Cristo al parecer
recién martirizado por sicarios,
aquellos sospechosos individuos
que atentamente nos interrogaban,
la inacabable vista
de la ciudad al pie del cerro,
el maletín de cirujano
que te fascinó tanto
y te robó un taxista,
unos tinticos en la Candelaria,
el canelazo de María Mercedes,
tus versos en la Casa de Poesía Silva,
tus poemas valientes cuando fue necesario
dar voces y las diste,
resonando en las salas donde vivió el suicida
que nos unía a todos
en la grandeza de la poesía.

* * *

A los lectores de Ulrika no necesito explicarles que Colombia es la tierra de la poesía. No tanto porque en su país haya muchos poetas, que los hay, pero tampoco faltan en Venezuela o en México, en Cuba o  en Perú, en Argentina o en España. No, los hispanohablantes somos propensos a la poesía en cualquier país, pero en lo que Colombia supera a los demás, más que en poetas, es en aficionados a la poesía. No sé si en lectores, pero sí, desde luego, en oyentes, en escuchantes, en espectadores de recitales y encuentros poéticos. Para cualquier poeta, leer sus versos ante un público colombiano es una satisfacción y una garantía. Uno tiene la seguridad de que el local se llenará, de que los asistentes escucharán con atención y de que, si tienen la oportunidad, terminarán planteando preguntas, estableciendo con quien les ha leído sus versos un diálogo inteligente y enriquecedor. El público colombiano vive y siente la poesía y con su participación en estos encuentros establece un vínculo con el autor que le refuerza en su vocación y le confirma en la validez de sus esfuerzos.

* * *

La primera vez que volé a Colombia telefoneé a los organizadores y les pregunté qué tiempo y qué temperatura se preveían para los días del festival. Entonces descubrí que en Colombia, en cada región de Colombia, el clima es siempre el de siempre, que apenas hay cambios de temperatura y que las distintas épocas del año se diferencian más bien por los diferentes regímenes de lluvias. Pero que en Cartagena siempre hace calor y en Manizales siempre fresco, y en Cali o Medellín disfrutan de una primavera perpetua.

He vuelto desde entonces muchas veces a Colombia y a la capital he regresado en varias ocasiones, como participante en su Festival de Poesía, pero también a eventos del Caro y Cuervo o de la Casa de Poesía Silva, y puedo asegurar que la meteorología de Bogotá es la menos uniforme de las colombianas que conozco. En Santafé (porque tampoco su nombre es fijo y los políticos le añaden o le suprimen el Santafé según sus gustos) he pasado frío y calor, he soportado vientos y lluvias y me he tostado y he sudado al sol, y a veces todo ello en el mismo día, de manera que he sido testigo de que del clima bogotano se puede afirmar que es uniforme, sí, pero uniformemente variado.

Lo cual no sé si tiene que ver con su poesía, con la poesía que se lee y se recita en su Festival, que es también variada, rica en formas y en opciones, sorprendente a menudo y siempre entusiasta. Para un poeta español, habituado a públicos menos fervorosos, la inmersión en el Festival de Bogotá es un baño de entusiasmo por la poesía, que se contagia y se transmite, y entre tinticos, aguardienticos y otros estimulantes contribuye a dar color y emoción a unos días fuera de lo común.

* * *

En el año del centenario del suicidio de José Asunción Silva volé dos veces a Bogotá. En una de ellas coincidí en el hotel con dos amigos, la colombiana María Mercedes Carranza y el español José Agustín Goytisolo, que integraban el jurado que había de otorgar el premio extraordinario de poesía convocado con motivo de aquella conmemoración. Era un premio al mejor libro publicado en los cinco años anteriores en toda América y fueron miles los títulos presentados. En sesiones inacabables, que sólo el trago hacía soportables, iban repasando la amplia producción lírica del continente, aunque no sé si mereció la pena tanto trabajo, ya que acabaron otorgando el premio a un ganador bastante previsible, José Emilio Pacheco, poeta indiscutible, que ha ganado todos los premios a los que se ha presentado, que yo sepa.

Poco tiempo después, el poeta barcelonés se suicidó. No tardó mucho en seguirle María Mercedes por el mismo derrumbadero. La consideración de sus dos muertes cercanas me llevó a escribir este poema en que evoco aquellos últimos días en que conviví con ellos:

Los dos

Fue en el 96. José Asunción
Silva silueteaba con bombín Bogotá
tras un siglo de vida
sin problemas.

María Mercedes y José Agustín,
con ebriedad de vates,
desafinaban juntos un Cara al sol jocoso
allá en las Residencias Tequendama.

Una semana entera sólo versos y whisky
enajena al más santo.

No ha pasado una década y los dos,
fieles al centenario,
han probado el remedio
de sus gotas amargas.

La lucidez ayuda
a quitarse de enmedio
y evita el deterioro
degradante.

* * *

Pero no todo es poesía en Bogotá. Son también numerosos los cultivadores de otras artes y estoy seguro de que en Colombia habrá grandes artistas plásticos, pero debo confesar que no los conozco. Algo parecido, supongo, les ocurre a la mayoría de los españoles. La pintura y la escultura colombianas siguen siendo dos ilustres desconocidas para el gran público europeo, aunque habrá especialistas, sin duda, que las conozcan y valoren.

Con una excepción, claro está, la de Fernando Botero. Podrá gustar más o menos, pero es evidente que Botero es el artista más universal que han dado las artes plásticas en Colombia, con una fama paralela y equiparable a la de su paisano Gabriel García Márquez en la narrativa, ambos universalmente apreciados.

La hembra poderosa de la que habla el poema que incluyo a continuación no llegó a mis ojos desde uno de los cuadros o las esculturas de Botero. No, ésta fue una joven real, de carne y hueso, con la que me crucé en plena calle, pero respondía con tanta rotundidad a las características que describo que me llevó a relacionarla de inmediato con una de esas todopoderosas damas que el artista colombiano tan bien sabe pintar o modelar. De la carne real a la soñada en los lienzos y los bronces, y de éstos a su plasmación en el poema, el canon boteriano fue rebotando, como la bola en la mesa de billar, hasta confluir en este poema que evoca y recrea esa tríada:

Opulenta

Podría con sus pechos alimentar gigantes,
engendrar en su vientre a Hércules o Sansón,
ahogar entre sus muslos lestrigones o cíclopes,
desgarrar con sus manos las fauces de un león.
Pero su piel es pálida y son tiernos sus ojos
y sonríen sus labios con un toque burlón
y sus hombros desnudos y su libre melena
despiertan el deseo con muda insinuación.

Sus curvas, sus volúmenes, sus carnes desbordadas
son, pese a su inocencia, fuente de tentación;
es tanta su abundancia cubriendo el esqueleto
que resulta difícil pensar en su extinción.
Joven, feliz, rotunda, se exhibe con esmero
y fija su belleza para siempre Botero.

* * *

El Festival de Poesía de Bogotá no se desarrolla en un solo espacio prefijado. En los diferentes encuentros en que he participado, he leído mis poemas en universidades y en bares,  en colegios profesionales y en iglesias, en bibliotecas y galerías de arte, en teatros y hasta en los autobuses articulados del Transmilenio. Y no sólo en Bogotá. porque aunque el festival tiene su sede en la capital, los invitados pueden ser enviados a Cali o a Cartagena, a Ibagué o a Valledupar, en traslados que nos llevan a conectar con públicos nuevos y a descubrir nuevos rincones de la hermosísima geografía colombiana.

* * *

Entre mis facetas poéticas está la de autor de poemas para niños. Tres libros he publicado de este género que precisa planteamientos diferentes de los de la poesía “para mayores”, aunque en ocasiones pueden coincidir. Y como autor de poemas para niños fui invitado, en mi última asistencia al festival, en 2006, a leer mis poemas infantiles y juveniles a los alumnos del Colegio Reyes Católicos. Carmen Boullosa y yo fuimos agasajados por los responsables del centro, cuyas excelentes instalaciones pudimos visitar. Leímos ante un público atento y numeroso y, acabada la lectura, cuando estaban a punto de recogernos para regresar al hotel, un jovencito, que estaba a punto de embarcar en el autobús que le devolvería a casa, se me acercó y con satisfacción y seguridad me espetó lo que el poema relata. La alegría y la satisfacción que me produjo aquel comentario tan auténtico fue lo que quise fijar y recuperar en este breve poema:

 

Un niño

“Tus poemas son chéveres, poeta”
me aseguró aquel niño
en Bogotá
después de una lectura en su colegio.

Y me llegó aquel “chéveres”
directo al corazón.
Ningún crítico nunca
me dejó tan contento.

* * *

Este año nuevamente voy a poder volar a Bogotá a participar y a celebrar como veterano el vigésimo aniversario de su Festival de Poesía. Y sé que será, como siempre, ante todo un nuevo encuentro con un país y una ciudad a los que quiero, la ocasión para volver a abrazar y a escuchar a sus poetas, ya amigos o aún desconocidos, para reencontrarme o descubrir a los llegados de otras latitudes, para recordar a los ausentes, para celebrar todos juntos esa gran fiesta de la poesía que organiza y coordina el siempre eficaz y cordial Rafael del Castillo Matamoros. Y una nueva ocasión de conectar con ese público colombiano que sabe valorar la poesía como se merece y celebrarla con su presencia y su entusiasmo.  ¡Larga vida al Festival de Poesía de Bogotá!

Jesús Munárriz

 

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