Pablo Molinet

PabloMolinet2015C (Ciudad de México, 1975). Autor de Cautiverio (ILV, Ciudad de México, 2013) y Poemas del jardín y del baldío (alforja, Ciudad de México, 2002). Preparó las antologías Dentro de mí dos voces. Doce poetas mexicanos contemporáneos (U meni glasa dva; antologija savremene meksi?ke poezije, Asociación de Escritores de Voivodina, Novi Sad, Serbia, 2014, trads. Bojana Kova?evi? Petrovi? y Dragana Baji?); y Familiaridades / Extrañamientos. Muestra de literatura joven de México. Poesía (FLM / Ediciones sin Nombre, col. Cuadernos de la Salamandra, Ciudad de México, 2013). Ha publicado traducciones de Barry Carr, Eric Hobsbawm, Galway Kinnell, Robert Frost, Sara Teasdale, Dora Sigerson Shorter, Samuel Ferguson, Leonard Cohen y Patti Smith. Textos suyos aparecen en Caravansari (Barcelona), Casa del Tiempo, Confabulario, K., Tierra Adentro, México Kafkiano, La Nave, La Otra, La Palanca, pliego16, Sin Embargo, Timonel, entre otras publicaciones periódicas. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM) en los periodos 2004-2005 y 2005-2006. Obtuvo el Premio nacional de poesía Ramón López Velarde en 1998. Pertenece al consejo editorial de La Otra. Revista de Poesía. Es coordinador de medios digitales de la FLM y editor de Fundación, su revista en línea.

 

Poemas de Pablo Molinet

La máscara de llorar

Para entrar donde habita mi asesina
prendo una veladora y me pongo la máscara
de madera musgosa, casi tierra.

Mansión sin techo, muros fracturados.
Vigas llenas de hongos se pudren en el pasto.

Se acerca mi asesina.
Huele a pájaros muertos en el ático.
Por la ventana rota de su cara
veo ese patio donde siempre llueve.
No tiemblo cuando roza mis mejillas
ese tacto tan húmedo y tan ávido.
El capullo vibrátil de la llama
es más firme que toda fortaleza.
Este filo brillante,
mi sonrisa debajo de la máscara,
de todo me resguarda.

Así armado le digo:
“Presencia de las ruinas,
rapaz, depredadora,
no me doy a tu pálido resplandor
ni a tu perfume negro,
no me trajiste tú,
comedora de lágrimas,
mi voluntad me trajo,
no soy más tu presa.
Si vine de tan lejos
fue para oírte cantar.”

Responde con los pájaros del ático
que añoran para siempre
el emplumado corazón del viento:
Morí. Morí. Morí.

Calla. El canto se sostiene solo,
después se desvanece.

Para volver de ahí
aferro a la veladora mi atención
como hacen los muertos en su día.

La máscara se cae.
Los pájaros del parque
destellan en mi oído
como el último Sol
sobre la fuente quieta.
 
Águilas

Charcos en el cemento donde lavábamos la ropa.
Charcos sobre liquen marrón
que el primer Sol transfiguraba.
Escamas de una bestia fabulosa
en cuya presencia el clan del box
cumplía su ceremonia
a cinco pasos del cemento,
sobre un pasto tan verde
como el paraíso.

Arroja una moneda al polvo.
Agáchate hasta tocarla con el índice
y gira muy rápido hasta que todo
se vuelva un cono acuático.
Para. Respira. Anda derecho.
Gánale a tu vértigo.

Ponte en cuclillas. Abre los brazos.
Avanza a saltos:
en ese andar con piernas
cortadas, vuelo.
Se llaman “águilas”.

En guardia zurda la pierna izquierda
es la pata picuda del compás;
el brazo derecho jabea al frente
para que el zurdo sea
mayal del gancho
filo del upper
lanza del cross

Sumérgete y pega abajo,
emerge de repente y dale arriba,
encaja su revancha de cruzados y directos.

Si te adivina a la izquierda
aparécete fantasma a su derecha,
si te sabe a la derecha asáltale la izquierda;
si se aleja acércate,
si se acerca aléjalo
cánsalo, sacúdelo,
“¡tiempo!”, grita el réferi.
Eres una cosa de poleas e ingenios giratorios
lanzada al abordaje
y si los puños del otro desbordan tu torpeza
repliégate e inténtalo otra vez,
no anheles el tercer minuto,
no desees que todo acabe,
suplica que siga para siempre.

Y así cumplía su ceremonia sudorosa
el clan del box.
Irreales en la luz acuática,
erguidos sobre el altozano bermejo del dolor.

Brillaba la malla ciclónica como recién escupida
por una araña de metal.
Y estar presos
era escalar un guijarro de ocho mil metros.

Así nos abandonaba la mañana
y el mediodía se desplomaba
casa de vidrio sobre la tarde
y nosotros andábamos
con sus escombros en los ojos.

Hoy era hoy y mañana igual.
Las celdas como grutas submarinas,
los pasillos acechados por murenas.

Hoy. La columna de Sol y de aserrín
que descendía por la claraboya del taller
como una niña que bailaba sola.

Hoy. Los baños
donde el dios de las violaciones
levantaba la cabeza.

Hoy. El gigante acorazado
a las puertas de la vida.

Y la tarde era un ternero degollado
cuya sangre nos bañaba.

A esa hora en que todo el negro del mundo
se agolpa en el cielo y la garganta,
un cetrero soltaba sus dos águilas
en el baldío junto a los muros del penal.

Arrojadas a la inmensidad,
boomerangs angélicos
giraban sobre el patio.

Y a esa hora en que el encierro avanzaba en guardia,
todo se desvanecía, salvo las águilas.
 
Una pistola, una pluma, una cajita

Hace veinte años, mi perro,
con sus músculos de héroe,
llevaba días tumbado en la perrera,
respirando sangre, las costillas rotas.
 
El otoño del Golfo:
Un pez muerto. Dos jaibas,
a medias enterradas.
Es tiempo de abandonar, dice el océano.
 
Mi hermano mayor trajo su Ruger .22;
tomándola por el cañón
me la tendió sin decir nada.
Yo negué con la cabeza.
Él me encajó la culata en el pecho,
suavemente.
 
Lanzo la pluma de cerámica,
de tonos tierra y tonos rosa.
Se vuelve un destello
que cae entre las olas.
 
“Hola, Luke”, le dije, y cerré la puerta.
Atravesado de dolor, me vio con sus ojos de Dios.
Sólo podía acariciarlo entre las orejas:
el lomo y los flancos estaban llenos de fracturas.
 
Tomo la cajita metálica de Kisses,
impresa con besos rojos.
Le pongo una piedra
para que no flote.
 
Me alejé diez pasos y corté cartucho.
Todo el amor del mundo
me contemplaba.
 
Mi pulso no era firme.
Sostuve el arma con ambas manos
y le disparé en medio de la frente.
 
La cajita traza un alto, veloz
arco plateado,
y cae donde rompe la marea.

 
Declaración del peregrino

Me contaron que Jesús
juega con los pájaros en el desierto,
por San Antonio del Coyote,
bajo una acacia florecida.

En San Antonio del Coyote no hay acacias.
Me volví a la cama de sanguijuelas de mi vida.

Una tarde vi dragones en las nubes.
Sopló el viento; los oí cantar
en las campanas chinas de un jardín a solas
y volví a buscar la escalera de cuerdas
que el zeppelín de Dios arrastra
todo el tiempo en todas partes.

Me he muerto y he nacido tantas veces.
Le he bailado al fuego.
He visto el claro vientre escamoso de la primavera
en su descenso hacia costa y serranía.

Distingo el infierno por su grave ceño,
el paraíso por la sonrisa
que me pone en la boca cuando estoy allí;
distingo a los demonios por su caridad,
a los ángeles porque no esconden las zarpas.

Lejos de luces y veredas la libertad huele a sudor.

En San Antonio del Coyote,
cerca de El Fénix y de El Cambio,
seguí a los pájaros hasta una capilla rota;
en un muro alguien pintó una acacia florecida.

El Jesús de los Pájaros es sólo un hombre enamorado, por eso los pájaros se posan en sus hombros.
Cantan los gorriones, cantan en mi oído.

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