«Poesía y educación: puntos de convergencia», por Margarito Cuéllar

Ponencia de Margarito Cuéllar durante el seminario-taller «Poesía y educación: crítica, pensamiento y sensibilidad» de las VI Jornadas Universitarias de Poesía «Ciudad de Bogotá, intervención del miércoles 8 de octubre, como adelanto de la Revista de Poesía Ulrika 51.

Poesía y educación: puntos de convergencia

 

Margarito Cuéllar

 

Margarito CuéllarEl día que la poesía sea parte del sistema educativo en América Latina, nuestros poetas Pablo Neruda, César Vallejo, José Asunción Silva y Ramón López Velarde darán un giro feliz en sus tumbas. Y los viejos maestros, Hölderlin, Whitman, Keats, Nietzsche, Celan, Leopardi… y hasta el gran Kafka, harán lo mismo en sus respectivas tumbas.

Por el contrario, la literatura en su conjunto pierde terreno a la hora de empatar los programas docentes con la creación literaria. Aunque a la hora de repartir culpas no toda la carga recae en los arquitectos de los programas educativos. Mucho tienen que ver en ello los poetas, postrados en un ego de varios pisos y aferrados a esquemas poéticos cada vez más herméticos.

La inmensa noche de la poesía latinoamericana oscurece más cada día. O nosotros los de entonces ya no somos los mismos, obvio, nos estamos volviendo viejos.

Calasso dice que los dioses se aburren de los hombres que no tienen historias que contar. Quizá eso está pasando con los lectores de hoy, están hartos de los poetas que no dicen nada. O que dicen poco en muchas páginas. Alfonso Reyes necesitó más de treinta tomos para dejar constancia de su paso por la tierra. No le valieron un Nobel. Borges, más estricto y con menos páginas escritas, tampoco mereció el Nobel. Ambos dejaron páginas inolvidables. Algo de ellos está en las aulas.

Los poetas olvidan que la palabra poeta significa artesano, el que fabrica algo. Michel Butor se encarga de recordarnos esta vieja idea. Lo mismo hace con la palabra autor, del latín autor: el que aumenta algo. En la librería medieval, nos dice Butor, «el texto sagrado es copiado una y otra vez». Genera cuestionamientos y por ello se le hacen comentarios. Junto al copista está el comentador. El autor agrega algo al conjunto de textos disponibles. Hemos reducido la palabra autor a palabrero. Como se ve, las palabras, con el paso del tiempo también pierden peso.

Estoy muy lejos de lamentar el tiempo pasado. Pertenezco a esta época y el pasado es un referente histórico irrepetible. Al pasado pertenecerá el hoy muy pronto, así es que no hay pérdidas que lamentar. A no ser la ausencia de una actitud ética del poeta que contagie al poema de la misma vaina, hablando en colombiano.

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El primer contacto con la poesía no lo tuve en la escuela. Aunque no niego que la escuela hizo sólido en mí el pensamiento poético, así fuera de un pasado muy remoto que yo creía vigente.

Sin esa visión escolar, en los aciagos años sesenta, no habría tenido conocimiento de los 20 poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, por cursi que nos parezca ahora. Ni de El romancero gitano de Federico García Lorca ni de El cuervo de Edgar Allan Poe.

No habría recitado a Amado Nervo ni a Juan de Dios Peza, El Cantor del Hogar, ni aprendido de memoria «El brindis del bohemio» de Manuel Acuña y menos «La suave patria» de Ramón López Velarde.

Sin el aprendizaje escolar no habría pasado de los cómics, que estaban bien, eran divertidos y no exigían mucho esfuerzo, pero hay que reconocer que su alcance era limitado, y que eran más bien un punto de partida.

Los poetas nos hicimos herméticos y los funcionarios de educación se volvieron sordos y mudos, o de plano les dio por ignorar a la literatura, obligada a permanecer en los rincones de castigo con tremendas orejas de burro. Los maestros también pusieron su granito de arena: se quedaron con las viejas lecturas, ausentes a la idea de que la poesía en el mundo empezaba a hablar otros idiomas y había rebasado ya el cenáculo de las asambleas escolares. La modernidad los paralizó y la posmodernidad los inutilizó.

Debo agradecer a Simic, quien me enseñó que la tarea de poesía «es encontrar maneras de señalar a través del lenguaje lo que no podemos poner en palabras», que el poeta miente para decir la verdad y que «cada nueva metáfora es un pensamiento nuevo, un fragmento de un nuevo mito de la realidad».

* * *

Ojalá todos los poetas tuvieran la suerte de Neruda de tener un gran profesor como Ernesto Torreaba, su maestro cuando estudiaba en el Liceo. Sus orientaciones fueron una brújula para el joven Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto y le dieron una inclinación temprana hacia las letras y el idioma francés. Lo primero le fue útil para definir su vocación poética. Lo segundo para leer a los poetas franceses en su idioma. Dice Neruda:

«Mis recuerdos recorren tiernamente la vieja escuela universitaria, el Pedagógico en que conocí la amistad, el amor, el sentido de la lucha popular; es decir, el aprendizaje de la conciencia y de la vida. De aquella escuela y de mis alojamientos sucesivos de estudiante pobre salieron a la imprenta mis primeros libros.»

Desde muy temprano el joven Neruda entendió que la educación sería la epopeya en la larga noche latinoamericana. La mención de Neruda viene al caso porque su obra, sobre todo su poesía mayor, aquella que va más allá de los dogmas de la militancia, Canto general, por ejemplo, es una obra cumbre de la poesía latinoamericana. Sus versos son una avasalladora relación de la historia patria y empatarían a la perfección con los sistemas educativos de cualquier país que busque un sitio decoroso para la poesía en las aulas.

Para Mauricio Robert Díaz, «la poesía no debe ser apartada de la educación, pues es un saber crítico que ilumina la experiencia histórica y cotidiana del hombre, una metafísica que estimula lo mejor de nuestra energía moral e intelectual en la búsqueda de la verdad».

El mismo autor señala que la poesía no se toma en serio porque se le asocia al sentimentalismo. Como si la poesía se hubiera quedado en una época de liras, voz engolada de declamador sin maestro y loas a los héroes que nos dieron patria.
Rilke tiene algo que decirnos al respecto:

«Los versos no son, como cree la gente, sentimientos (que estos se adquieren demasiado pronto), son experiencias. Para escribir un sólo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y tener idea del movimiento que hacen las pequeñas flores al abrirse por la mañana. Hay que saber recordar caminos hacia regiones desconocidas, encuentros inesperados y despedidas que hacía tiempo se veían venir; […] noches de viaje que huían con todas las estrellas; y aún no basta con que se pueda pensar en todo esto. Hay que tener memoria de muchas noches de amor, ninguna de las cuales se parecía a otra, de gritos de parturientas, y de paridas jóvenes, blandas, dormidas que se pliegan sobre sí. Pero también es menester haber estado junto a moribundos, hay que haber compartido la habitación con cadáveres, ante ventanas abiertas y entre ruidos intermitentes. Y no basta tampoco con tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos si son muchos y hace falta harta paciencia para esperar que retorne. Porque no se trata de los recursos mismos. Sólo cuando se convierten en sangre de nuestra sangre, en gesto y mirada, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nuestro propio ser, sólo entonces puede acontecer que en una hora muy singular, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso.»

* * *

La educación por la que apuesta la poesía es aquella que fortalece la empatía humana, que enaltece el ánimo de vivir, siembra en la sociedad la capacidad de asombro e imaginación, busca el diálogo y se adentra en el misterio de las cosas. ¿Es mucho pedir?

La universidad, los poetas mismos, los organismos civiles, los promotores, los maestros, tenemos un reto: enseñar, difundir, editar a los poetas del país que corresponda y aún de otras fronteras; sin olvidar las culturas originales y compartiendo esta idea en todos los niveles educativos.

Los gobiernos tienen mucho que ver en esto. En tanto no contribuyan a mercantilizar ni a hacer negocio con la educación estarán dando un paso adelante para que poesía y educación, dos palabras clave en el desarrollo de cualquier sociedad, dejen de ser una isla en el más muerto de los mares muertos.

 

 

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