«Poesía y educación, una i-rreflexión», por John Fitzgerald Torres

Ponencia de John Fitzgerald Torres durante el seminario-taller «Poesía y educación: crítica, pensamiento y sensibilidad» de las VI Jornadas Universitarias de Poesía «Ciudad de Bogotá, intervención del martes 7 de octubre, como adelanto de la Revista de Poesía Ulrika 51.

Poesía y educación, una i-rreflexión

 

John Fitzgerald Torres

 

John Fitzgerald TorresLa connotación institucional que implica el término «educación» parece excluir de plano cualquier tentativa que suponga el libre discurrir del individuo o de lo sociedad, y acude de manera insistente a la organización, sistematización, normalización, aconductamiento, verificación y consolidación del proceso dialógico permanente que se establece entre los individuos y el conocimiento del mundo que los contiene y los determina.

De manera vertical su idea se erige en el seno de toda sociedad –al menos en las occidentales– como el guardián de la comunidad, como el garante de su cultura y de su desarrollo, como salvaguarda de su pasado y de su futuro, de su permanencia en el contexto de las civilizaciones. El término así entendido implica la supervivencia exitosa de tal sociedad frente al discurrir azaroso de los tiempos, y ofrece a cada uno de los individuos que la integran una suerte de tranquilidad a crédito con base en la incorporación social como actor útil y verificable en tanto adicione sus esfuerzos a los derroteros trazados por un acuerdo tácito del que, ha sido siempre así, solo muy pocos participan. Y en dicho acuerdo la idea institucional de «educación» comporta un diseño ajustado a la conveniencia de dichos pocos y a la subyugación consuetudinaria de aquellos muchos.

Cualquier sugerencia en contravía, cualquier impertinencia que atente contra dicha entidad institucional se configura en el riesgo probable de agrietamiento. Más tarda en aparecer una alternativa nueva en algún sentido –bien en las prácticas, bien en los saberes, bien en las concepciones– que en levantarse el ejército de celosos guardas a desmantelar presurosos la insólita propuesta. A lo largo de las últimas décadas, decenas de planteamientos oxigenantes se han visto proscritos como leprosos en todos los rincones de nuestra geografía –la grande y la más pequeña–, y sus exponentes controvertidos y desestimados. Bástenos nombrar como ejemplos la pedagogía comprensiva, la investigación acción participativa, las prescripciones del pensamiento complejo o las aplicaciones de la teología de la liberación.

El paquidermismo implícito en los procesos educativos –la lentitud propia de la incorporación de saberes y prácticas a través y mediante el tamiz generacional (claustros altamente tradicionalistas con docentes maniatados que imparten saberes anquilosados a través de pedagogías obsoletas que niegan las características del individuo sobre las que recaen)– pesa redoblado en los movimientos probables de la educación bajo el entendido institucional. Por demás, un modelo mastodóntico diseñado, como ya se dijo, para preservar un cierto orden y un cierto sometimiento.

De ahí que cualquier alegato en cualquier sentido dirigido a los detentadores del modelo se resuelva lánguidamente en una especie de grito en la oscuridad bajo la tormenta recia en medio del océano. Pedir a los rectores de la institucionalidad –entidades gubernamentales de diseño, evaluación y verificación, y a sus sucedáneos privados– remozar en alguno de sus ángulos la mole diseñada es básicamente una necedad y francamente una tontería.

Las instituciones educativas mismas, cualquiera sea su calado o su ruta, deben convalidar su actividad y justificar su existencia a la luz de dicho perfil a riesgo de ser sustraídas de las oportunidades que caracterizan el mercado del conocimiento (por darle un nombre medianamente respetable) o sencillamente segregadas por el usuario mismo del servicio (el padre de familia, el estudiante, el docente mismo y demás) que no suele arriesgar sus escasas alternativas en apuestas de antemano perdidas. De otra parte, son prácticamente inexistentes dichas apuestas hoy, al menos en nuestro entorno más inmediato.

Por otro lado, la recurrencia de los saberes ordenados en estructuras convenidas globalmente y convalidadas por la experticia de los más diestros y capaces –acopiados en los consabidos thesaurus que sirven de referencia para cualquier carga de contenido educativo– establecen condiciones de relación específicas dirigidas a una concepción del mundo catalogada de antemano como verdadera y cierta.

Y por su lado, el ejercicio docente –sujeto igualmente a unas directrices amañadas y empobrecedoras, en un contexto condicionado– encuentra su corsé en prácticas pedagógicas desestimulantes, reiterativas, censuradoras, adoctrinantes y sesgadas, acordes perfectamente con la lógica inmóvil del paquidermo institucional.

Y a todas estas: ¿qué con la poesía?, ¿con esa posibilidad que ella confiere de encontrar en el mundo conocido precisamente sus grietas y sus fisuras? ¿Qué con esa acción relativamente peligrosa para cualquier orden institucional porque abre las puertas a la crítica, la duda, el descreimiento y la mirada que recela de todo lo preconcebido? ¿Qué de esa señora que exhibe sus encantos más turbios en medio del espejeante salón de las reuniones de la imaginación? ¿Qué con esa suerte de subvertidor soterrado que suele deslizarse como un virus íntimo por el entramado nervioso de una sociedad?

Pues que precisamente por todo lo que ostenta, a conciencia o no de sus escribas, no encuentra allí acomodo alguno. Ni siquiera en los escenarios formales en las que se le disecciona y estudia. A la pobre se le escatima cualquier participación en las aulas por su tenor desmañado, sus atavíos impertinentes, su mácula de inoportuna, su fama de inútil, su insuficiencia de cordura, su gesto lacrimógeno, sus devaneos impúdicos, su curiosidad insatisfecha, su arrogancia imprevista, su velo pendenciero, su actitud insumisa… con semejantes atributos no hay institución, aula o docente que fácilmente se la soporte o justifique su presencia.

Y sin embargo, la aridez de los escenarios educativos pareciera no resentir otra cosa, más aún en estas épocas en las que se reclama el sentido meramente pragmático de la institución y se arremete sin escrúpulo contra cualquier atisbo humanista o estético. ¿Valdrá de algo el argumento de que todo proceso educativo implica necesariamente un proceso creativo, es decir, es una poiesis? Y lo contario, es decir, ¿que toda poiesis es un proceso educativo?, es más, ¿que no son asuntos disociados sino, por el contrario, como lo entendió Heidegger, rostros de una misma criatura bifronte? No, no vale el argumento, la dama indeseada puede seguir de largo. Allí, en los escenarios de la pedagogía institucional, tal parece, no se le necesita realmente.

Pero así es, no otra cosa se extraña con más urgencia en las atmósferas académicas de toda índole y nivel, que la presencia de la poesía. No como materia de examen o didáctica eventual, sino como inmanencia de un acto humano íntimo: la comunión con ese mundo que acoge y preserva sus criaturas. Expuesto así a cualquiera puede antojársele una cursilería no exenta de cierta aura religiosa y alguno habrá que no entienda que se alude al conocimiento (esa misma argamasa que sustenta la idea de la «educación» como institución), puesto que, de nuevo, propio de estas épocas, es entenderlo como apropiación y dominación. ¿Qué otro sentido tiene el esfuerzo por conocer, por saber, por aprehender, por aprender?

Resultaría injusto no reconocer que de cuando en vez hay quien le cursa invitación a aquella indeseada para que asista –en la doble acepción– al proceso educativo, convites que emergen de un docente sensible o sensiblero, las más de las veces un tanto desorientado y a contracorriente de sus colaterales; pero son esfuerzos aislados, tímidos, con frecuencia insostenibles, casi inofensivos, valiosos sin duda alguna pero episódicos. Y más episódicas aún resultan las bienintencionadas acometidas de los poetas para que el golpetear de sus nudillos en las puertas de las instituciones obtenga algún eco. Valiosas por supuesto que sí, también, pero por sobre todo insólitas. E impregnadas hasta la médula de una mezcla de ingenuidad y heroísmo.

De manera que, en lo personal y por lo pronto, parece que más vale abstenerse de insistir en el reclamo a los poderes institucionales, por sustraerse del espectáculo de los restos aún liados y a la sombra del jumento que ha sido destrozado por las dentelladas y los zarpazos de las fieras en festín. Y acaso conviene más y resulta más asertivo para suplir la urgencia propia, el sumarse al esfuerzo aislado de los que sin esperar mayor retribución ni impactos trascendentales, pero a sabiendas de que la persistencia de la gota horada por fin la roca, cursamos día a día la invitación para que la dama ausente nos acompañe en ese diálogo con la luz y con las sombras.

Para terminar, este curioso artilugio de uno de nuestros más célebres poetas, estudiosos y estadistas nacionales en el que se materializa aparatosamente ese prodigioso matrimonio del que hemos venido hablando –y que quisiéramos posible–, en un resultado que no deja de ser divertido a la óptica actual pero que, en su momento –hace cien años casi–, constituyó una alternativa didáctica ampliamente utilizada para el aprendizaje de las reglas ortográficas, y que se infligió durante décadas para la memorización de las mismas en nuestras escuelas, colegios y universidades, y que aparece incluido junto a varias bisuterías similares en el famoso Tratado de ortología y ortografía de la lengua castellana, redactado por el ilustradísimo José Manuel Marroquín (el mismo aquel que nos devolvió dos repúblicas al término de su presidencia y que por ley dio nombre y apellido a la mole educativa colombiana):

Con v van aluvión, mover, aleve,
Desvanecer, agravio y atavío,
Maravedí, desvencijar, relieve,
Aseverar, averno, desvarío,
Aviar, úvea, averigua, ávido, larva,
Avispa, avilantez, avisor, parva.

Avezado, civil, revoloteo,
Cervuno, acervo, envío, cerviz, ovado,
Prevaricar, convexo, chichisveo,
Desvío, aviso, curvo y estevado,
Obvio, extravío, longevidad, ovillo,
Malévolo, avispado y revoltillo.

(¡Y siguen 15 estrofas más en endecasílabos perfectos y rima consonante!)

Por supuesto que si de esto se tratara, mejor sería apagar e irnos.

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