Raúl Henao

(Colombia, 1944) Poeta y ensayista. Vivió en Venezuela, México y los EE.UU. Durante dos décadas colaboró en los suplementos literarios más importantes del país. Ha sido invitado a más de quince Congresos y Festivales Internacionales de poesía, entre ellos, al Festival de Curtea de Arges, Rumania (2001), El Salvador (2002) y Venezuela (2004). Y acaba de ser invitado –por cuarta vez- al Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua, a realizarse en febrero del año próximo. Entre sus libros de poesía publicados se destacan Combate del carnaval y la cuaresma (1973), El bebedor nocturno (1977), La parte del león (1978), El dado virgen (1980), Sol negro (1985), El partido del diablo (1989) y El virrey de los espejos (1996), una recopilación de su prosa poética.

 

Poemas

 

Don Quijote de La Mancha aconseja a un poeta
hispanoamericano del Siglo XXI

Rescate en el aire nocherniego del barrio
el perfume de la pomarrosa, un nido de torcaza
en el entrepaño de la ventana.
Y luego ponga alto en la mañana
la música de un tango o una guaracha
mientras termina de bajar de la cama
para ir al baño en el corredor del hotel.
No importa que a su paso se interpongan
molinos de viento, rebaños de carneros
galeotes encadenados o toneles de vino.
O que de vuelta en la habitación
se aventure en sus brazos
alguna Maritornes, enemiga y hechicera.
El mundo, ya se sabe, es del color conque se mira
y hasta la bacía del barbero puede parecerle
el yelmo de Mambrino.
La Edad de Oro no tiene pasado ni futuro
porque a cada instante se levanta de sus ruinas
en el corazón humano,
aunque su Frestón cotidiano —cordura o cobardía—
no le permita apreciarlo de ese modo,
al subir a diario al autobús.
In memoriam Mario Cesariny

 

Amores malhumorados

Todo lo que restaba al día era una carta lacrada
la burbuja de tus labios siempre a flor del deseo.
Se oía el ronroneo de una abeja pero la miel
se hacía de rogar más que la escarcha
QUE CUBRÍA CON ANTELACIÓN EL COMERCIO
donde solías ir de compras en las mañanas.
Tan disímiles eran el paisaje y su marco,
la almohada y el sueño,
que a diario te ponía mala cara el paso del tiempo.
Yo escuchaba a mi vecino cantar las letras
de un tango a tus espaldas,
pasar al sereno en bicicleta,
pero no conseguía conciliar la realidad.
Me resignaba a esperar a solas tu ausencia
a contarle por teléfono mi malhumor a la noche.

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