«Una posible síntesis terrestre», por Osvaldo Picardo

Ponencia de Osvaldo Picardo durante el seminario-taller «Poesía y educación: crítica, pensamiento y sensibilidad» de las VI Jornadas Universitarias de Poesía «Ciudad de Bogotá, intervención del martes 7 de octubre, como adelanto de la Revista de Poesía Ulrika 51.

Una posible síntesis terrestre

(Poesía y ciencias)

 

Osvaldo Picardo

 

Osvaldo Picardo¿Qué tiene un poeta para decir de las ciencias? ¿Qué puede decir un científico de la poesía? En esas dos preguntas se pueden resumir algunas de las muchas razones por las que hemos ido abandonando el delicado y viejo diálogo; tan viejo y persistente que para un lector curioso no será nada difícil de verificar, desde el antiguo poeta Lucrecio al contemporáneo escritor Hans Magnus Enzensberger, atravesando una vastísima región poblada por la ciencia ficción y la divulgación científica.

Uno de los primeros autores que yo recuerdo sobre este tema fue Aldous Huxley quien publicó en 1963 Literatura y ciencia, dos meses antes de morir de un cáncer que le había afectado la lengua. Exponía ahí un análisis del conflictivo debate entre el mundo de las humanidades y el de las ciencias, aquello que otro científico y narrador, C.P. Snow, había llamado unos años antes el problema de «Las dos culturas»1. Huxley, por su lado, advertía que «la condición previa de cualquier relación fructífera entre literatura y ciencia es el conocimiento». Lo hacía preocupado por encontrar alguna conciliación posible entre la postura del «mundo objetivo» y racional con la del «mundo de la vida», amenazado por la industrialización y la biotecnología. Desde una posición de escepticismo radical hasta un riesgoso misticismo científico (o no tanto), Huxley cae indudablemente en errores reduccionistas que en su novela La isla (1962), como contracara de Un mundo feliz, le abre la puerta al movimiento de la «New Age», entre otras variantes de la religiosidad contemporánea.

Desde entonces han venido sucediéndose innumerables trabajos en los que no se disimulan los intentos reduccionistas que se prestan a la mala interpretación, tanto de las ciencias como de la misma poesía, cuando una u otra se atreven a profanar sus respectivos santuarios. Muchas veces citados, los versos de «Lamia», ese largo poema que John Keats escribió hacia 1820, representan un extraordinario ejemplo. Richard Dawkins, zoólogo y académico de la Universidad de Oxford, publicó hace unos diez años su libro Destejiendo el arco iris en el que hace un raro homenaje al genio sensible de Keats y en especial a este poema, de donde procede su título. Dawkins, así como muchos científicos contemporáneos, tiene una ambiciosa formación que le ha permitido gozar de las virtudes de la literatura, tanto como de las ciencias, hasta haberse vuelto él mismo un escritor de varios libros como, por ejemplo, el incómodo y vendidísimo Gen egoísta (1976).

En el prólogo de Destejiendo…, afirma, sin la menor duda, que el poeta inglés «creía que Newton había destruido toda la poesía del arco iris al reducirlo a los colores prismáticos» y, de inmediato agrega: «no podía estar más equivocado, y mi propósito es guiar a todos aquellos que se sientan inclinados como él hacia la conclusión opuesta. La ciencia es, o debiera ser, una fuente principal de inspiración poética…».

Estamos ante una de esas lecturas que producen cascadas de opiniones y se transforman en estereotipos repetidos hasta el cansancio. No es justamente por «Lamia» que recordamos a John Keats. Ni tampoco fue aquella la única réplica anticientífica del romanticismo contra el positivismo racionalista del siglo XIX. Pero, sobre todo una parte del poema se ha vuelto una cita obligada para tratar la tradicional oposición entre ciencias y poesía. Ese fragmento es el que sigue:

¿No vuelan todos los encantos
con el simple toque de la fría ciencia?2
Había una vez en el cielo un tremendo arco iris;
ya conocemos sus cimientos, su textura; forma parte
del aburrido catálogo de las cosas comunes.
La ciencia puede coser las alas del Ángel,
conquistar todos los misterios con reglas y líneas,
vaciar al aire de su hechizo y a los gnomos de sus tesoros,
destejer un arco iris, como hace poco hizo
que la tierna Lamia se fundiera en una sombra…

Julio Cortázar, que tiene un personalísimo libro sobre John Keats, ha dicho irónicamente que este poema es breve: sólo 700 versos. Se trata de «un cuento en verso» muy propio del gusto del público de aquel tiempo. Vale la pena resumir la trama. Lamia es un ser mitológico, una ninfa con la sugerente forma de una mujer y también de una serpiente. Este dulce monstruo, según cuenta el poema, logró que el dios Hermes le diera forma humana. Y Lamia va de Creta a Corinto en busca de Licio, de quien está totalmente enamorada. Sin embargo, la relación entre Licio y Lamia está amenazada y finalmente será aniquilada por Apolonio de Tiana, el maestro filósofo de Licio.

Es innecesario decir que Dawkins no sólo ha leído en clave, sino que además corrobora lo que había explicado con una deslumbrante erudición, M.H. Abrams en su clásico libro El espejo y la lámpara de 1953: «Al sostener que Newton ha destruido toda la poesía del arco iris al reducirla a los colores del prisma, Keats incurre en una falacia, la de que, cuando un fenómeno perceptual es explicado correlacionándolo con algo más elemental que él mismo, la explicación desacredita y reemplaza la percepción…». Pero también es necesario saber, como nos aclara Abrams, que la contextualización histórica de estos debates y conflictos entre la visión del poeta y el riguroso escrutinio científico suscitaron la cuestión no simple de la supervivencia de la poesía. Hasta el conocido John Stuart Mill tuvo algo que decir entonces. El utilitarismo racionalista opuso la poesía a la verdad y alimentó la sospecha de que ninguna persona civilizada podía escribir o gozar de la poesía «sin una cierta falta de salud mental». Seguramente más de uno de mis amigos poetas podrían corroborar que esto no está lejos de la verdad; pero volviendo a Keats, no deja de ser algo ofensivo y hace entrever algo más que la falacia anticientífica.

Son demasiadas todas las citas críticas que la poesía de todos los tiempos ha forjado contra las ciencias. Y, por supuesto, no dejaron de tener su respuesta desde el otro lado.

Hay una anécdota, si no verdadera, al menos famosa, que cuenta una charla entre dos hombres de ciencias: uno era Julius Robert Oppenheimer, el padre de la infausta bomba atómica, y el otro Paul Dirac, que con sólo 31 años obtuvo el Premio Nobel de Física y anticipó la existencia de la antimateria. Ambos estaban cursando, bajo la supervisión de Max Born, en la Universidad de Gotinga. Oppenheimer, sorprendido de que Dirac escribiera alguno que otro poema, no podía entender cómo alguien que trabajaba en los límites de la física podía simultáneamente escribir poesía. Según parece, el tímido y callado Dirac le contestó con un juego de palabras: «En ciencia uno intenta decir algo que nunca nadie supo antes, de una manera en que todos lo puedan entender. En poesía es exactamente al contrario».

Sin entrar a debatir qué cosa entiende Dirac por «poesía», la broma, muy citada en el ambiente científico, deja al descubierto una dificultad para entender uno y otro universo cultural. Al menos en este caso, la diferencia estaría del lado del uso del lenguaje, en lugar de desestimar a un sector en beneficio del otro. Dirac reconoce la complejidad que existe entre lo conocido y lo desconocido, y siempre –como un buen matemático– la complejidad está en proporción directa con sus modos de expresión. La poesía, por lo tanto, produce el extrañamiento de lo familiar y de lo conocido, como pensaba Shelley; mientras que las ciencias, en procura de la demostración de sus teorías, terminan volviendo familiar lo desconocido.

Desde hace mucho, los científicos serios y los escritores no se llevan nada bien. Unos y otros parecen mirarse con recelo y desconfianza, aunque ninguno de los dos ha podido divorciarse. Este conflicto podría dibujarse con una línea de tiempo comenzando en Platón, que expulsó a los poetas de su República, hasta los debates de fines de la década del noventa del siglo XX, sobre «las imposturas intelectuales», cuando Alan Sokal y Jean Bricmont reaccionaron –hasta con una burla famosa– contra el abuso del lenguaje científico que venían haciendo pensadores y críticos literarios tales como Lacan, Kristeva, Latour, Baudrillard, Deleuze, entre otros.

En el capitalismo tardío, el lenguaje de las ciencias ha sido numerosamente sacado de su contexto y manipulado caprichosamente; así se instaló una mirada relativista en que las teorías científicas no serían sino un constructo social tan variable como el contexto del que emergen. No fue raro, entonces, que Sokal asumiera el protagonismo de una comunidad que, no sólo exigía una reparación, por cierto algo exagerada, en sus derechos de propiedad, sino que también acusaba recibo de las múltiples contradicciones entre su práctica diaria y su representación social.

Una de las causas y razones históricas de esas múltiples contradicciones no habría que buscarla demasiado lejos de la misma época en que Oppenheimer y Dirac se encontraron en Gotinga: apenas unos años después de aquella anécdota que acabo de referir, se puso en marcha el secreto y luego penoso Proyecto Manhattan. Con eso, se dio inicio a la pesadilla atómica y a los genocidios de Hiroshima y Nagasaki.

Como vemos, el problema tiene sus vueltas y no puede reducirse respectivamente a los límites de la subjetividad o de la objetividad. Mucho menos a los prejuicios supersticiosos que oculta el fascinante «velo de Isis», ese velo del que hablan Novalis o Schiller y con el que cubrir la verdad resultaría mejor que desnudarla. Los misterios de la naturaleza, si son reales, no pierden su enigmática e inquietante belleza cuando se intenta conocerlos. La explicación científica también puede llegar a sumarse a la intensidad plena de la poesía.

La espiral logarítmica que entrama el caparazón de un nautilus, es al mismo tiempo la forma de los brazos de las galaxias tanto como de los pétalos de una rosa. Esa magia de la simetría fue contemplada por un matemático italiano del siglo XIII, Fibonacci, y en su idioma de signos y cifras demostró la correspondencia entre el reino abstracto de la matemática y la palpable realidad de la naturaleza. Podría abundar en ejemplos, pero voy a citar uno que fue, si no el primero, el que mejor me marcó con esa otra dimensión de la belleza. Me refiero al poeta argentino Joaquín Giannuzzi. Él tiene un poema cuyo título es la fórmula de Einstein: e=mc2 (energía igual a masa por velocidad al cuadrado). Imagina a Einstein como cualquier hombre, abriendo la ventana de su casa una noche de verano, y a partir de esa situación, comienza a reflexionar:

El universo era demasiado
aún para un hombre como él.
Qué difícil meternos en el cerebro;
los delicados muros
del cráneo le rompía, estremeciendo
los agudos, dramáticos finales
de los restantes huesos.
Extrañamente en ese andar había leyes,
pero la Ley era un escándalo secreto
una remota lucidez
cuyo sentido estaba huyendo
desde cualquier lugar hacia ninguno.
Se reveló, no obstante,
por gracia de ese hombre
que abría su ventana hacia la noche
una posible síntesis terrestre:
cabía en cuatro cifras tan culpables
que hacían sospechosa la inasible
profundidad del cielo: la muerte
quedaba desde entonces liberada
como esencial finalidad del cosmos.

La poesía puede beber de las fuentes de la ciencia y asombrarse no sólo de la equivalencia entre masa y energía, sino de cómo la cabeza de un hombre determina «una posible síntesis terrestre», por la que las condiciones de la época cambian para siempre.

Cuando las lenguas y las culturas logran una suerte de amistad y equivalencia suplementaria, cambia el mundo que cabe entero adentro del lenguaje: el mundo lingüístico de Ptolomeo, fijo, único y finito, no es el universo de Galileo construido de las lenguas europeas que se reflejan la una en la otra y que son capaces de encerrar los siete anillos de Saturno sumado al universo del Quijote. Ni hablar entonces del cambio inconmensurable que va desde el paradigma de Newton a la Máquina de Dios.

Es impensable hablar de cultura sin involucrar los contenidos de la ciencia. La influencia que proviene del ámbito científico, sus efectos sobre nuestras existencias simplemente pueden comprobarse cuando entregamos el cuerpo y el alma al sillón del odontólogo o a las manos de un cirujano.
Creo que se pueden establecer relaciones profundas entre las ciencias y la poesía, sin caer en el error de una poesía cientificista al tono de Erasmus Darwin o del neoclasicismo americano de Andrés Bello. No existe una metodología científica para escribir poesía, por mucho que la poesía explore, experimente, investigue, estudie, etc.

Cada poeta, en este sentido, funda su propia ciencia y recorre de uno a otro lado el viejo y frágil puente del arco iris.

CITAS

  1. En mayo de 1959, C. P. Snow dictó en Cambridge una conferencia en la que desarrolló la noción de «las dos culturas» para aludir a la creciente separación entre los saberes de los científicos y los saberes de los humanistas. C. P. Snow reconocía la dependencia cada vez mayor de la civilización respecto del desarrollo científico, pero también afirmaba la fractura creciente entre los dos saberes a lo largo del siglo XX. En la segunda edición de 1963, Snow agregó un nuevo ensayo –«Las dos culturas y un segundo enfoque»– en el que anunciaba «una nueva tercera cultura» que habría de tender un puente. En efecto, otros científicos comenzaron a popularizarse en la historia o la filosofía de la ciencia antes que en los respectivos campos científicos en los que se habían formado, pensemos en los casos de T. S. Kuhn o de M. Bunge. Tal vez el mayor fenómeno en ese sentido ha sido, en las últimas décadas, el auge de la divulgación científica, que recibió una promoción editorial equivalente a la de las estrellas literarias, así fueron apareciendo los trabajos de autores como C. Sagan, S. Hawkins, S. J. Gould, entre otros.
  2. Me tomé la libertad de traducir «philosophy» por ciencia, teniendo en cuenta el contexto cultural y que recién en 1840, William Whewell, en el prefacio a The Philosophy of the Inductive Sciences, generaliza el empleo del término «scientist» y se certifica realmente la separación entre Filosofía y Ciencia, cuya brecha ya se había abierto en el siglo XVII. Desde entonces, la figura de los que habían sido considerados como filósofos naturales –Newton, Lavoisier o Lyell, por mencionar algunos– desaparece para dar paso a la figura del científico.
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