Wilson Díaz Rodríguez

WilsonDiazRodriguez2016C(Bogotá, 1978). Cursa Estudios Literarios en la Universidad Autónoma de Colombia. Ha sido promotor de literatura infantil y juvenil en espacios no convencionales desde el año 2006. Ha desarrollado talleres de lectura para niños y jóvenes. Algunos de sus poemas han sido publicados en la Fundación y Editorial DomingoAtrasado. Obtuvo el segundo premio en la categoría de ciencias humanas por su ensayo Ojos erectos, presentado en el Vigésimo Sexto Concurso Estudiantil «Fernando González» en el 2011 y el segundo premio en la categoría de ciencias humanas por su ensayo La apocalíptica Yoknapatawpha County, en tres relatos del escritor William Faulkner, presentado en el Trigésimo Concurso Estudiantil «Fernando González» en el 2014. Su poema «Locomotora- Film» fue seleccionado en el segundo semestre del 2013 en la revista cartagenera Cabeza de Gato. Ha sido uno de los ganadores en el primer Slam de Poesía en el Ring realizado por el colectivo Las Desobedientes en febrero de este año. Su libro de poesía Las heridas del ruido fue publicado por la Editorial y Librería La Valija de Fuego en diciembre de 2015.
 
 
 

POEMAS DE WILSON DÍAZ RODRÍGUEZ

 
 
 
Las heridas del ruido

Hemos abandonado a nuestras novias
en un festín de perros degollados.

Enrique Gómez-Correa

La noche ensangrentada
duerme entre mis viejas manos.
 
Sus estrellas mutiladas
clavan en mi cuerpo
los ruidos fragmentados
Desdibujados en las muros del olvido.
 
Ruidosas vienen las heridas al festín de los cuchillos tuertos.
Las bisagras de las puertas copulan ruidos arrugados,
amputados girando en la tiniebla.
 
Degollados yacen los sueños de los perros.
Degolladas corren las ansias del sexo.
 
Nuestras novias caminan de la mano
entre las cenizas polvorientas de la vía.
 
Las heridas del ruido
engendran las tristezas de los vidrios quemados.
 
Degollado camina este poema
sufriendo los ruidos heridos
de los perros.
 
 
 
Réquiem

In memoriam a Lêdo Ivo

 
I
Desde el océano, mis dedos lluviosos lloran.
Huyen entre la arena al convertirse en cenizas.
Otro ser de uña encarna el dolor del poema
los labios de las sílabas desembarcan hacia la otra orilla.
El viejo vidrio de mi tristeza se agita.
 
II
Ladran a lo lejos los arrecifes moribundos,
al escuchar la noticia que lanzan las piedras
ellas dicen que las nubes han muerto de un infarto.
La gaviota de las palabras, naufraga entre los desastres
en la oscuridad.
 
III
El azul difunto del océano pasea sobre sus hombros,
otro amanecer viene nadando desde lejos
trae la sonrisa avinagrada, los versos desde su lecho
del poeta que falleció con la hermosura de las lagartijas sagradas de Maceió.
 
IV
El luto de mis pies se enreda
con las huellas trazadas del viento.
La tristeza del océano se hunde en el cielo,
los cantos del murciélago al soltarse de las amarras
son heridas viajeras hacia el piélago del dolor,
cuando dejan de ser cenizas.
 
 
 
La luna abre la habitación perdida

Yo mismo me convierto en este oscuro incógnito.

Georges Bataille

Un cuerno
negro
cuelga de su frente.
Arrastra pedazos de pestañas
que se encuentran entre los ojetes
de sus zapatos
rojos.
La luna pisa un grito tembloroso
de agujas oxidadas
lanzadas hacia lo incógnito.
Las piernas enmudecen
al sentir el hielo
en la oscuridad.
El tiempo seturba
entre sus uñas sin luna.
Espera ciega un rostro
afilado, joven
cuando soy luna.
 
 
 
Arteria artificial

A Henry Miller y Brenda Venus

Siempre enamorado.

Luis Cernuda de Tiziano

Ella es una belleza del Sur.
Piel roja instalada en dieciséis horas
su rostro pierde la quietud en las fotografías
es la actriz dramática, atrevida, oscura.
 
En los escenarios su único ojo
baila con malvivientes que gritan su llegada.
 
Ella es arteria artificial apasionada y solitaria
de versos besos escondidos, detrás de las medrosas
tarimas de la seducción.
 
Ella es la biógrafa de tu semen
Miller
iluminado en la nevisca sexual del otoño.
 
 
 
Carl sandburg en la ventana
 
El humo de la calle trae en los dientes
 
pólvora de tus ojos errantes.
 
Caminas sobre un cable extendido desde Galesburg hasta tropezar con el ruido
agrietado de mi ventana.
 
Esquivas al conductor de leche, al ayudante en la barbería y a la terca
máquina prometiendo tiquetes sin regreso a los trigales.
 
El cuello de la camisa marcha tiznado entre las honduras de tu niñez.
 
Pistoleros, trompetistas entre la libertad de los lagartos, van pintados de calor en tu pecho.
 
El tiempo emigra.
Y las limaduras de tu viaje bailan con las heridas afiladas de mi raza.
Sombras desterradas se hospedan como cuervos inseparables en mi ventana
 
 
 
Los cuatro costados

A Norman Paba Zárate y María Consuelo Gracia

Esta cama de pobre es
el lugar de nuestro amor

Leopoldo Pinzón

Observo la moneda de cobre muerta sobre la mesa.
Avisa la ruina de los días.
Las palabras arrastran los anuncios
y solo el cuadro de la entrada
muestra,su risa apolillada.
Dos cuerpos desnudos,
el tuyo, el mío, calcinan la rutina.
Las cuatro piernas cansadas de vivir
tragan la sórdida sombra y escupen la sopa de sus propios fantasmas.
Hacemos de nuestros órganos cuatro costados de la excitación,
Inflamándonos y huyendo hacia el centro de la cama, para amarnos humedecidos,
olvidados de pobreza, hasta que el agua seca del grifo se convierta en arena.
Las bocas vomitan dentro de nosotros
los meses que se oscurecen entre los dedos
bebemos sus pequeños infiernos después de besar la zozobra.
 
Odiamos las horas en que pasamos enfermos
porque los gritos sucios de la calle nos laceran.
 
La moneda regresa al cementerio
y abrazados descubrimos los colmillos huérfanos
clavados en las heridas del otro
en la noche deshabitada, entregada al silencio.
 
 
 
Contraluz
 
Las hojas desnudan el ruido azulino
la inquieta piedra cae al golpearse
contra la voz amarilla del escarabajo.
Otra mirada tacha el verde del viento
abrumado por el humo rojizo de la tierra
la piedra gira y se calienta hasta envejecer
una sombra remendada de vino se precipita en
neblina trazando un camino de plumas en
el cielo
las flores cantan entre los grillos y una mancha
de relámpago zumba en el centro de la fétida
pared
que se desploma
a pedazos.
 
 
 
Las tinieblas de Avantcarga

Sobre la cuerda no haré más el tonto.

Raúl Hernández Novás

Canta enfebrecido
 
El disparo
funámbulo en el cráneo de Raúl
aledaño al tímido ruiseñor.
Pronto la ávida sangre
alumbrara las noches.
de su boca saldrá el rugido de las
palabras
el frío tintineara la nostalgia de las
calles
rebeldes en brumosas mañanas.
 
Cantan conmovidas las alas del ruiseñor
en su pecho, saltarín de trapecios
burlándose de la vida
a espalda de las tinieblas de avantcarga.
 
 
 
Cortinas puntilladas
 
Sin ninguna esperanza
la carnaza se anida
en la herida del ruido.
 
El ojo sucio sin aturdirse persigue
las patas de moscas atrapadas
en las cortinas.
 
La sombra decapitada del pájaro
rasga el infotunio de luz.
Ella, parpadea detrásde sus vísceras.
 
Clavados los blancos
huecos de la ventana
contemplan al ángel
masturbándose con sus alas arruinadas.
 
 
 
El hellhole del Pacífico
El puerto de los desesperados

Si vives en las colinas, eres alguien,
Si vives en la parte sur o en el lugar llano
Eres una basura.

Leland Kobain

Refugiado en el tráiler de mi abuelo.
Me inyecto la risa de las colinas.
La lluvia nace entre los rieles desheredados
próximos a desaparecer del óxido intruso
cobrador del tiempo.
 
Aberdeen cada diez segundos es el desierto
de los desesperados, del progreso tardío
que graba en un vinilo los gritos sumergidos
en la avenida.
 
las prostitutas ondean los sueños
entre las lámparas vírgenes del Motel.
 
Besan las copas invertidas
al desplomarse el sol gris del puerto.
 
La cuerda desconocida de la guitarra
pierde el brillo del sonido, se azota
con la angustia de los días vagabundos
en los autos, en el tráiler de mi abuelo.
 
en la escopeta despidiéndose del futuro
amordazado entre los rostros flaqueados.
 
 
 
Orishas
 
Al dorso de la página
zumba ¡Écue-Yamba-Ó!
e imagina en rústica línea
cocuyos y bibijagua.
 
El comején cava la palabra
la convierte en sonoridad incisiva.
 
Las letras son mordidas por la luz descolorida
del espacio en ruinas.
 
Enjalbegadas de tinta, de cal,
las divinidades del verso alejan las tachaduras
hacía la carretilla doméstica de la espera.
 
Orishas santifica el ritmo como insecto fosforescente
que aún no brilla en el centro
del poema.
¿Acaso el aleteo de sus alas, no dinamita en excrecencias
los bordes invitados al banquete de la muerte?
 
De soledad y sonoridad espera el verso
el milagro embrujado entre el bronce de sus alas.
 
 
 
«El verso del pescuezo»

Legit o non legit

El primer verso del salmo cincuenta y uno
sentencia la tonsura afeitada.
Prueba de la marca indeleble
de los colgados.
 
El verso del pescuezo lleva fundida
la fealdad roja del hierro en la cruz
vertida entre el salterio iletrado
del hechizo salvaje del cuerpo.
 
El músculo del pulgar izquierdo
débil, graba en su carne la palabra
limosnera ávida de caminos.
 
Los salteadores examinan las marcas segregadas
de aventuras entre las ruedas babeantes
brillos de incorrectas destemplanzas.
 
La cuchilla de la cuerda pasea la manzana
de luz luctuosa.
Reflejo atenazado
refinando las líneas infamadas
del grito.
 
El madero ahorquillado
ojea al revés las lubricidades trashumantes,
descalzas en el travesaño.
 
Ahorcadas gimen las cicatrices
trabadas del verso moribundo
cuando se desmigajan las palabras
en las innumerables tintas de la muerte.
 
 
 
Rumor extraño
 
Era un susurro grisáceo, espinoso,
claveteaba lejano.
Los negros espejos mudos, inocentes
de las orquesticas barrioteras del ansia.
 
Era un gran peso de blasfemias con zapatones de hierro.
La felpa de la risa fantaseaba mentiras de harina.
 
Disfrazada la humedad en polvo
daba bocados arruinados a los huesos debilitados.
 
Era un rumor extraño
mendrugo de lengua al hundirse
en la sequía del dolor diario.
 
Era un agujero de ratería
enjuagada de sal, a la espera de la alucinación sancochada.
 
Era la angustia de morir sin los pedazos
de hablilla en los labios.
 
 
 
Agitación
 
Entre el sudor y la circulación de vías adelgazadas
emerge la intimidad del zancudo que agujera tu pubis.
Riñe, cae frente a tu acorazado triunfo de seducción
entre el dedo y el flujo sospechoso, fragoso al descubrir mi ojo histérico.
 
Sólo hay una oportunidad para confesar tu última rugosidad.
Hendidura de caudales perfumados, espermáticos, diamanticos de otros perfumados, rojizos, desolados que van mudos hacia las riveras de tu sexo.
 
Y este Lázaro
podrido de deseo
roza la ardiente curvatura de tu mirada
cortada sobre mi agitado párpado.
 
Más que una manifestación es la plegaria de abrazar
cada partícula bañada de palabras incendiarias
buscando crucificar el néctar salvaje de tu piel, al enmarañarse con otros fuegos,
diamanticos, espermáticos, desolados y suicidas al encontrarse con tu mirada
para después llevar también el castigo de tus ojos que alguna vez estuvieron enamorados.
 
 
 
Manifestación

…tocada por la gracia
del abismo…

Enrique Molina

En el momento en que el gusano
tapia el último respiro del cerezo
afloran los mandobles de la ira
entregada a la congoja de la piedra.
 
Apelotonados los golpetazos de la envidia
se lanzan como buitres socarrones a los amuletos
inútiles del arrepentimiento.
 
Envueltas en cortinas inoportunas
desfilan las ficciones tuertas de la luz.
 
los portones traban el sudor
sitiado entre el orín punzante del trinquete.
 
Mohosos los cubiertos y el apetito en la mesa
esperan las plegarias de la piedra violentada
de raíces larvadas, tocada por los parientes
soterrados en las sillas.

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