Luis Thenon

29 de octubre de 2021

Luis Thenon

(Buenos Aires, Argentina, 1955). Se radicó en Canadá en 1979. Obtuvo un Doctorado en Letras y una Maestría Es Arts en la Universidad Laval. Ha realizado un Posdoctorado en Historia. Es Catedrático universitario. Profesor Titular en el Departamento de Literatura, Teatro y Cine, Universidad Laval. Integra la Red de estudios transculturales de Centroamérica y el Caribe.

Entre su obra poética se encuentra: Memoria de los mares (Costa Rica, 2018), Las casas en silencio (Costa Rica, 2013), Para decir la paz (Canadá, 2011), La paz también se puede (Canadá, 2011), mares extraños y El trapecio del mundo (Italia, 2009), La mancha del incendio (Costa Rica, 2007), Trayectorias fortuitas de la muerte (Argentina, 2007), Terra Promissa (Venezuela, 1998), Selección de poemas (Madrid, 1996, Ce mot silencieux (Canadá, 1995).

Ha publicado novela y obras dramáticas que ha presentado en los Festivales Internacionales de Puebla, de Liège, de Casablanca y de Cracovia. Premio especial del jurado en el 10e Festival International Francophone de Sanscoin, Premio Gobernación de Mérida (Venezuela, 1998). Ha escrito un gran número de artículos y textos académicos sobre arte y literatura.

 

Poemas

 

 

VI

 

Así nace mi cuerpo penitente

destrozado en el alma

roto a golpe en la noche que se prolonga

de vientos ascendentes

la pura resonancia en cada piel marcada

tan viva y sola

tan dejada en el vientre de los pueblos

tan encallada en sus costas y arrecifes

que nace de la tierra una marea inmensa

una ola determinada

una constelación brillando en la bóveda turbia de mis ojos.

 

 

VII

 

Tolvanera de brazos al unísono resonando en la tierra

la airada tierra del pasado

reconozco la aurora que despierta

la vasta soledad de tus estirpes

cargada de hermandades y silencios.

Ese día comienza a despertarme.

Y así desde la única soledad que puedo

vuelvo al mundo marchito de mis ojos

porque todo renace en este encuentro

y el campesino que mi memoria nombra

se heredó de todas las multitudes asombradas

para decir al viento la dimensión de la mañana.

Rústicas voces en el principio de los labios

fecundo y perentorio sufrimiento cargado de secretos

o de místicas lunas

de ríos generosos en la planicie como una médula de azúcar

una semilla blanca cayendo al infinito lugar donde la siembra.

Ese hombre y esa mujer tienen en sus manos el origen de la primavera

la ofrecen al sol del mediodía

la distribuyen entre las hierbas abundantes

para que nazca el pan

la carne de los hornos

la espiga que amanece de estar el rostro impávido

y la cintura férrea dibujando una aurora con soles y con lluvias

y un porfiado legado de horizontes

en el mismo lugar que les dijeron.

Qué lucha interminable la vida en cada surco

en cada tierra ajena y arbitraria.

Y el labrador que lleva con sus manos

sin destino ni lumbre su mancera

busca un despertar de savias en su sangre madura

una cálida mesa en que sentarse a amar.

y muere en su desencajada procedencia

que baja hasta la noche

y se estremece en vidas nuevas

un páramo de cunas abandonadas

sin preguntar siquiera la distancia del viento.

Pero esos labradores

el campesino austero

la mujer de los hornos

llevan también entre sus manos una lumbre final

un perentorio acuerdo de sentarse a la sombra

para excavar terrones abandonados y resecos

hasta el máximo intento que la cosecha aúna y determina.

Presentes en la hilera

una mujer y un hombre

tejen la imagen de tu aurora

Una mujer callada la siembra entre los vientos

un hombre la acaricia en la frente de cada sol ardiendo

hasta quedarse para siempre en la tierra fecunda.

La huerta tiene apremio de manos

la siembra suma en la vertiente de sus vidas ese amargo mandato de cosechas.