Alex Fleites Rodríguez

17 de abril de 2021

(Caracas, Venezuela, 1954). Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Poeta, narrador, editor, periodista y curador de arte. Es autor, entre otros, de los poemarios Ángel con ala rora (2020), Un perro en la casa del amor (2004), Omnibus de noche (1995), De vital importancia (1989) y A dos espacios (1981), todos publicados en La Habana. Además ha publicado las antologías La violenta ternura. Antología personal (Ed. Letras Cubanas, 2006) y Alguien enciende las luces del planeta. Antología (2015, publicada por la Universidad Veracruzana). Su libro de relatos Canta lo sentimental apareció en 2011 bajo el sello editorial de la Universidad Veracruzana, México, y la segunda edición vio la luz en la colección Contemporáneos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 2012; además cuenta con una edición española: Guantanamera, 2016.

Poemas de Alex Fleites Rodríguez

caída de la casa

al techo de la casa
le han salido manchas de humedad

si se miran bien
dos rosas inconclusas
dos rostros
dos pámpanos marinos
y hasta dos soles negros
sobre nuestro breve cielo
de estar cómodamente acongojados

mañana alguien  diligente
va a reparar las lozas
que la lluvia cincela
y cobrará por ello
un precio intolerable

nada va a quedar
del presagio de las floraciones

olvidaremos por un tiempo
el inaplazable comienzo del derrumbe

⟨⟩

⟨adentro era un domingo
sin palabras

había poca luz

el salmón que escapó
de casi todo
vino a encallar
en nuestra mesa

brad mehldau
amenizaba
la carrera de hormigas
pésima elección
las locas se ponían
a marcar el ritmo

afuera el mundo
era un acuario
la gente respiraba
la brisa incendiaria
quería decirnos algo
pero se marchaba
nadando el resplandor

tú jugabas a ordenar
rostros vencidos
hechos al arte de la espera

yo me daba palmadas
en la frente
por un verso feliz
que a otro se le había revelado

después de comer
tradujimos
de dylan el “desaire”

estábamos podridos de amar
lo incomprensible

aquí se podía besar sin previo aviso
aquí se podía ejercer la desnudez
y ungirla con vino rojo
y briznas de tierra lloviznada

al cerrarse el símbolo
quedaron limitados los espacios

no me habría importado
permanecer del otro lado
si hubiera podido impedir
una vez más
la disolución de tu sombra
de espaldas
alejándose⟩

inukshuk

sobre la mesa
de trabajo
amaneció
una piedra

es sencilla
silenciosa
distante

no sé
si alguien
la lanzó
desde el jardín

si nadie
la olvidó
en la última
estampida

si es resto
de uno de
los tantísimos
derrumbes

una piedra
que no irá
a dar
al fondo
del pozo
para
romper
su sombra

ni servirá
para
el dolmen
que
cobije
a mis
muertos

ni marcará
la cota
precisa
por los senderos
de mi alma

ni calentará
las noches
cociéndose
en la hoguera

ni será
utilizada
para
ensangrentar
una sonrisa

ni estará
a los pies
de la presuntuosa
catedral

una piedra
humildísima
que ha
venido
hasta mí
desde
un
tiempo
sin
tiempo

rotunda
la piedra

áspera
la piedra

cargada
con
los signos
que le
fueron
labrando
los insectos

una piedra
que
se alza
en medio
del caos
que
todo
lo devora

beber café en la oscuridad aleja el miedo

adentro de la taza
también está la noche
que diluye
hasta los pensamientos

beber café en la oscuridad
es como aspirar
la niebla
echar leños
al cráter de un volcán
lanzar los ojos
a las aves que han bajado
trinando
a comer de tus despojos

quien se bebe la noche
despertará
sangrando
en una noche
de otro tiempo

quien se bebe la noche
desciende
sin miedo
a la gruta
donde se guardan
los cuadernos y los signos
los talismanes y las fotos
el aire denso
de aquel amanecer
en que toda posibilidad
temblaba de rocío

beber café en la oscuridad
apaga los rezos
las canciones
que se pretendían
amorosas
sella el rumor
por donde tratara
de deslizarse la luz,
la caricia furtiva,
cualquier palabra
que no volviese
a herir

que no volviese