Robinson Quintero Ossa, poeta homenajeado por el XXIX Festival Internacional de Poesía de Bogotá 2021
Para el 2021, el Festival Internacional de Poesía de Bogotá, en su versión XXIX rinde homenaje al poeta colombiano Robinson Quintero Ossa. A continuación presentamos una aproximación a su obra.
El 15 de mayo se presentará, además, la antología que de su poesía ha preparado el Festival y que publica Ulrika en coedición con el Instituto Caro y Cuervo, con el patrocinio del Ministerio de Cultura: Por la poesía. Poemas y otros textos.

Robinson Quintero Ossa. Foto: Jáder Rivera Monje, 2015.
Robinson Quintero Ossa nació en Caramanta, Antioquia, en 1959. Es poeta, ensayista y periodista literario, y licenciado en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad Externado de Colombia. Libros de poemas: De viaje (1994), Hay que cantar (1998), La poesía es un viaje (2004), El poeta es quien más tiene que hacer al levantarse (2006), Los días son dioses –antología– (2013) y El poeta da una vuelta a su casa (2017), Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus 2016. Textos de investigación literaria: Colombia en la poesía colombiana: los poemas cuentan la historia (2010), Premio Literaturas del Bicentenario del Ministerio de Cultura 2010. Obras de ensayo: «Un panorama de las tres últimas décadas» para el libro Historia de la poesía colombiana (2009), junto a Luis Germán Sierra; Libro de los enemigos (2013), Premio de Ensayo Alcaldía de Medellín, 2012, y El lector que releyó a Eugenio Montejo. Arte poética de la lectura (2020). Libros de periodismo literario: 13 entrevistas a 13 poemas colombianos [y una conversación imaginaria] (2014), El país imaginado: 37 poetas responden (2012) y El primer libro del poeta (2017). Libro de lúdicas literarias: La máquina de cantar: colección de juegos literarios del profesor Rubén Quirogas (2015). Como cantante, en 2018, publicó junto al poeta y pianista Fernando Linero, Bar 2 Tango (11 tangos inéditos colombianos). En 2020, la Universidad de Antioquia publicó su poesía reunida con el título Invitados del viento.
Poemas de Robinson Quintero Ossa
Aparición
En una pausa de la conversación en la cocina, alguien señaló que una sombra pasó por la puerta hacia los cuartos. Todos nos contemplamos en la media luz, azorados por la imagen de un espanto desandando corredores y piezas. “Tal vez equivocó el camino, tal vez saltó por los muros del patio”, dice la madre después de avistar en la oscuridad. Yo temo que todavía acecha por los bajos de las camas, por los guardados de los armarios o en los retiros de las puertas.
Hacia los cuartos de la casa, con la penumbra de la tarde, buscando no sé qué escondite, pasó una sombra.
Pintura con pájaro
Todo el color del lienzo es nieve.
Nieve sobre las cumbres, por las colinas, en los bajos tejados de la casa solitaria.
En el camino que se curva y que nadie recorre, nieve.
Y en el recodo de un río, un árbol pelado de hojas sostiene apenas sus varas.
Y sobre una de las varas una pequeña mancha roja.
El miedo
1
Para el miedo que cierra la noche, la memoria de la lejanía. Para el aguacero del zarzo, la fábula del pájaro de tres alas. Para el silbido de los fantasmas, la cruz de sábila y sombra. Para el silencio de las puertas, la música aduendada y la ventana. Para la intemperie oscura, la imagen del guayacán de flores blancas.
2
Al alba, cuando me olvido al sueño, espantan murmullos tras las ventanas, alucinan mujeres peinando sus cabellos con agujas. Al alba, la ventana miedosa mira el amanecer, el silencio que la vigila de los pájaros.
Los que viven en los retratos se ahorcan con la luz de las hendijas.
El poeta da una vuelta al jardín
El fantasma limpia de hojas sucias el jardín. Donde la tierra es húmeda barre el ramaje escurrido y hace con él un montón junto a la tapia; donde la hierba es alta, arrastra malezas flojas y espartos y hace con ellos otro montón junto al estanque. Y así, con el resto de la hojarasca, tan reseca que cruje, hace otra pila junto a la baranda, pequeña, aunque más indócil.
Tal vez no le alcance la noche para juntar en un solo cerro todas las hojas.
Espejería
En la noche peina el espejo, le alarga los cabellos, una y otra vez le alarga los cabellos. Acodado sobre el tocador, absorto en el reflejo, el niño se pregunta cuánto tiempo más demorará alisando el pelo, cuánto tiempo más quitando por las puntas las horquillas. Sueño tiene en los párpados, sueño tiene en los ojos que no están en su rostro.
Cimas
Para Milcíades Arévalo
En un cuento corto de andanza, por días más claros que el agua más clara de las fincas, voy yo, la cabeza en alto, el paso firme sobre las tramas de la hierba, saltando cercas y alambrados, trepando lomas hasta las trochas de los voladeros –cuando se distinguen abajo, sobre la anchura de las corrientes, los charcos de aguas brillosas, y en la pendiente, los senderos de Caramanta–, voy en este cuento corto de andanza hacia donde alcanza el empinado el firmamento, lejos de sombras y nublados, para sentarme en las salientes de las cumbres, para hablar la luz más alta de las cordilleras.
Cimas de elogio: pastos y cielos.
Baile
Ya casi medianoche, en la alcoba de puertas entornadas –sin que crean ser vistas–, las hermanas bailan con las batas blancas de tiras azules, las batas de finos prenses que rodean sus cinturas, las suaves telas que insinúan sus hombros y sus pechos.
Las prendas bordadas con menudas filigranas que las ciñen y desciñen, que las transparentan.
El poeta da una vuelta al cielo
Surcan el bajo cielo de mi casa multitud de pájaros: bajan a los muros o se ponen a hacer nada en los árboles. Trotan sobre la hierba, pican el plátano de los cebaderos, vuelven al aire y se esfuman. Algunos se extravían buscando la ruta de la bandada y otro –como este– se estrella en el abismo de la ventana.
Un copetón alebrestado pegó hace días contra el remate del muro, rozó en su caída los palos del arbusto y dio pleno contra el piso. Lo miré: quiso embuchar aire abriendo el pico, pero algo que no sé decir con palabras lo impidió.
Pasado un día se hinchó de agua; luego descuajó la entraña.
La anciana
Primero desconoció las voces más cercanas, los rostros seguidos en la luz. Después erró el camino a los patios, y si iba en sentido al comedor tomaba el camino a las albercas, de donde volvía perdida en entresijos.
Habló del agua, que le supo limpia, en una palabra perdida.
Tras los muros, en los balcones, por las ventanas, en las alcobas oscuras donde se dicen los nombres de los muertos, olvidó las horas, barajó los días con las noches.
Y confundió los olores, así que, al aroma de las siemprevivas en las vasijas le asignaba el del laurel. Y erró también los sabores, que desaprobaba con sus comisuras resecas.
Al mediodía o en la alta noche, las mujeres gritaban: «¡Madre, otra vez se hizo encima!». Y el trajín a prisa por la casa.
Los pastizales
Hacia las autopistas del altiplano, por parajes sucios de lluvia y de neblina, suben los camiones de ganado después de recorrer las rápidas planicies de los valles. Conducen desde las ferias de los pueblos hasta los mataderos de la ciudad las reses marcadas para el sacrificio. De día y de noche trepan morosamente la cuesta, sus carpas azotadas por los ventarrones de la montaña y sus carrozas sacudidas por los resaltos del pavimento: los novillos, en el encierro sofocante, se empujan unos a otros, se atropellan contra los barrotes de las jaulas, escarban el cisco maloliente y, tal vez excitados por las fragancias que llegan del campo, embisten con sus astas las compuertas.
Desvelo
El hermano yace del otro lado de la cama. Alta noche y con la luz apagada, hablamos mientras llega el sueño. La madre ha puesto en orden las cosas que compartimos: cobijas, almohadas, las cortinas descorridas. Muy pronto, uno de los dos dejará la casa. ¿Cuál primero? Esta noche el hermano descansa del otro lado de la cama y, ceñidos los dos por la misma sábana, calentados por la misma manta, estamos desvelados bajo el mismo techo. (Ya crecimos: es preferible envejecer por separado, lo más distantes posible). Uno de los dos dejará la casa. ¿Cuál primero? Siento de pronto cómo oprime su sien la almohada; su cara medio oculta por la cobija es sueño y sombra. No tiene todavía el rostro pálido el orificio de la bala en su frente.
Todavía hablamos mientras llega el sueño.
Una historia
Y aprendimos del yolofo, el pájaro azul turquí que canta sólo cuando vuela, nunca posado en los árboles.
Del pájaro ubus-ubus, de una sola ala, que para volar necesita del ala de su pareja.
Del pájaro de siete colores, de tramadas transparencias en el viento de un poema.
Del pájaro Gipaeto, cuyos ojos son escarapelas.
Y sentados, le oíamos largamente, mientras de su boca volaban más pájaros extraordinarios. Y entre más maravillosos parecían, más felices escuchábamos…
Y aprendimos que, si alguien dice algo según su sueño, alguien otro lo oye desde el suyo.
El poeta da una vuelta a una palabra
Mientras camina, dice la palabra en voz alta, la lleva al paso, templa su melodía. Mientras camina, antes de cantar en el poema, canta a la intemperie, la palabra,
canta antes de que sea sueño.